Luego del inesperado y sorprendente triunfo de Trump –contra todos los pronósticos y el consenso de los analistas y generadores de opinión pública y publicada– no se ha dejado esperar un caudal de interpretaciones sobre los efectos, notoriamente adversos desde la percepción de muchos, del resultado de las elecciones del 8 de noviembre pasado. 

 

Las primeras expresiones de los protagonistas de este “cisne negro” -como define Nicolás Taleb a un acontecimiento notoriamente inusual de consecuencias extraordinarias- no han bastado a fin de generar la calma que los mercados y la comunidad internacional necesitan para pensar que esta elección no es el fin del mundo; al contrario, se hacen todo tipo de pronósticos -generalmente fatalistas- sobre las declaraciones de la candidata perdedora, del presidente electo y del presidente en funciones y extrapolan las implicaciones de la elección.

 

En México no han faltado las voces que acomodan las lecciones de la elección a su conveniencia, sea para justificar sus pronósticos fallidos o para reencauzar sus estrategias políticas domésticas y/o diplomáticas en la relación bilateral. Tampoco han faltado las manifestaciones de repudio en los Estados Unidos y en otras partes del mundo, en particular de los seguidores de Clinton así como en las zonas con mayor influencia de las minorías latinas y de grupos de interés temático, ante la amenaza de la discriminación. 

 

Lo cierto es que a ocho días de la elección y más allá de la fatalidad, el sistema político norteamericano comienza a ejercer sus funciones de contrapeso sobre las declaraciones del candidato en campaña y las pretensiones del presidente electo. De hecho, el mismo Trump ha matizado sus posiciones al igual que sus más cercanos colaboradores, tal como ocurrió en la muy comentada primera entrevista post electoral concedida a Lesley Stahl de la cadena CBS donde se consideró “no tal salvaje”, endulzó sus opiniones sobre Hillary Clinton y Obama, suavizó su concepto sobre el sistema de salud y, en especial, moderó su idea del muro fronterizo al considerar que los dos mil kilómetros faltantes se pueden construir como cercas o vallas. Con todo, lo más escandaloso y preocupante es la idea de deportar a dos o tres millones de personas indocumentadas – lo que se dice fácil- que tienen antecedentes delictivos o graves irregularidades, según lo ha expresado.

 

Desde luego que no faltan razones para preocuparse y ocuparse de la radicalidad con la que Trump enfrentó la elección, pero de ahí a hacer de la fatalidad un destino concediéndole al presidente electo un poder omnímodo, hay una distancia considerable.  

 

Asumir la fatalidad es, entre otras cosas, renunciar a nuestra capacidad y fuerza como nación para enfrentar el desafío de la adversidad; es rendirse a las expresiones de odio o desprecio en contra de nuestros connacionales y de millones de migrantes en situación forzada que hoy buscan una oportunidad para vivir con dignidad cuando en sus países se han cancelado las opciones. Es decidir, ser indiferentes ante la expresión del odio y la belicosidad de los nacionalismos de corte populista, como es el caso de Trump, que gesticula ante el mundo buscando reivindicar la supremacía de la hiper-potencia.

 

Adoptar el fatalismo significa descontar toda posibilidad de que la comunidad internacional ejerza su influencia para atemperar los ánimos aislacionistas, en detrimento de las mínimas condiciones de estabilidad, para que transitemos de la globalización indiscriminada -que a muchos ha excluido- a un mejor equilibrio y orden en la convivencia internacional. Es declararnos derrotados ante la barbarie y negar todo impulso civilizador y de verdadero progreso.

 

Pasada la elección norteamericana conviene analizar cuál será la posición de México ante la nueva realidad, ya que hasta ahora, independientemente de quién gobierne en los Estados Unidos, México y Latinoamérica han recibido trato de zona de indiferencia de parte del Departamento de Estado de la nación más poderosa del mundo. Y no falta quien piense que eso sería mejor habida cuenta de los resultados. Para resolver el enigma no nos sirven las predicciones absurdas de los futurólogos, muchos de los cuales anunciaron con bombo y platillo la derrota de Trump, y que ahora le pronostican un periodo acotado por su conflictividad. 

 

Requerimos de una política exterior con visión de Estado que esté mirando el bien del país por encima de las coyunturas de ambos países – tal como lo mandata el artículo 89 constitucional en el apartado sobre política exterior – y de un gobierno que ofrezca alternativas para enfrentar las amenazas económicas, políticas y de movilidad humana.

 

El Partido Acción Nacional ha llamado a la defensa de nuestros compatriotas como el mayor bien a tutelar, no sólo de los 11 millones de indocumentados, sino de todas las personas que sufren de abusos y graves violaciones a sus derechos fundamentales a causa de la migración forzada. También ha convocado a repensar la relación bilateral desde un enfoque global, a fin de darle visibilidad a las oportunidades y de garantizar el flujo ordenado de capitales, bienes y servicios en el marco de una relación justa, digna y equitativa. 

 

Procurar una política exterior de Estado es hacer prevalecer el interés general por encima de los intereses particulares; es hacer posible lo necesario para privilegiar la unidad en la diversidad y es convocar genuinamente a todos los que auténticamente estamos comprometidos con México. Esta es una responsabilidad exigible e irrenunciable del gobierno actual y futuro. 

 

@MarcoAdame 

@OpinionLSR


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