La desigualdad, junto con la inseguridad y la corrupción, es uno de los principales problemas del país. A pesar de las abrumadoras cifras de pobreza en el Estado de México, apenas se habla de ellas en la campaña electoral. Para el PRI, esa pobreza es el combustible que desde hace décadas alimenta su formidable maquinaria clientelar – es sabido que el clientelismo prospera más en aquellas regiones en las que existen a la vez amplias bolsas de votantes con pocos recursos e instituciones políticas cuyo control garantiza un apetitoso botín para los gobernantes. Está por ver si Delfina consigue convencer a los votantes mexiquenses de que la abultada pobreza que sufren no es plaga bíblica sino consecuencia directa de las políticas desarrolladas durante décadas por los familiares políticos y sanguíneos del candidato Del Mazo.

Si hay un tema político que está monopolizando la discusión intelectual en la actualidad es el tratamiento de la desigualdad económica. Desde la trinchera académica, los éxitos editoriales de Thomas Piketty y Walter Scheidel han contribuido a que se acelere la investigación sobre las causas de la desigualdad, así como sobre la efectividad de las distintas fórmulas públicas utilizadas para aliviarla. Ambos autores apuntan en una dirección clara: la creciente desigualdad económica es consecuencia directa del capitalismo global y esta sólo se reduce cuando se producen catástrofes, revoluciones, o surgen mayorías electorales con suficiente legitimidad como para reformar la estructura fiscal del país en una dirección más redistributiva. Todo esto no es mera discusión de café de académicos ociosos. Recordarán la campaña de Oxfam sobre la desigualdad extrema en México, que destacaba cómo el 10 por ciento más rico de la población mexicana concentra el 60 por ciento de la riqueza. Si uno se fija en el coeficiente de Gini (que mide cuánto se acerca la distribución real del ingreso en un país a una hipotética distribución en la que todos los ciudadanos dispusieran de los mismos recursos), la cifra de México es la más alta de la OCDE, con la excepción de Chile, un país que no se jacta precisamente de contar con un estado amplio dedicado a reducir las desigualdades entre sus ciudadanos.


La desigualdad tiene consecuencias, no sólo económicas. La desigualdad extrema es muchas veces promovida y protegida por el poder político, interesado en crear una clase empresarial fácilmente sobornable.


Los ciudadanos son conscientes de que la riqueza no se gana de forma limpia, y eso genera ciudadanos cínicos, desafectos, conscientes de que el poder político, lejos de ser una palanca para reducir la pobreza a través del gasto redistributivo, es todo lo contrario: un instrumento discrecional de reproducción de desigualdades. Ese cinismo debilita la dimensión cívica del acto de votar, y abre la puerta a la abstención, la compra de votos y el clientelismo.

A pesar del raquítico crecimiento económico del país en las últimas dos décadas, la desigualdad y la pobreza se han incrementado, y el Estado de México va en la vanguardia de estos rezagos. Si a contar con la mitad de la población en pobreza relativa le sumamos un 91 por ciento de mexiquenses que se sienten inseguros en el estado (veinte puntos por encima de la media nacional) y añadimos la corrupción y el obsceno dedazo sucesorio familiar, todo este cóctel explica que Del Mazo Tercero esté apenas por delante de la candidata de Morena en las encuestas, cuando hace seis años el abanderado priista le sacaba más de veinte puntos al segundo. Pero el hecho de que el priismo cuente con un cuarto de las preferencias electorales muestra también la desgraciada fortaleza del cinismo en un contexto de alta desigualdad. Para los políticos priistas, ya se sabe, el que no transa no avanza, los que se quedan abajo son unos flojos a los que se “convence” a base de cañonazos de despensas y tarjetas monex. La desigualdad para el priismo del Edomex no es cancha inclinada ante la que algunos ciudadanos disponen de más y mejores oportunidades que otros sino el reparto natural de la riqueza, por el que los más listos tienen derecho a monopolizar el poder político para perpetuar la pobreza de sus votantes.

Por primera vez, sin embargo, ese monopolio está en el aro. Si Zepeda deja de trabajar por el árbol caído y apuesta por el que está creciendo, las izquierdas podrían llevarse la elección con una diferencia lo suficientemente amplia (tres o cuatro puntos) como para imposibilitar la amenaza del fraude. Y ahí toma sentido la verdadera revolución de AMLO. El prianismo, incapaz de elegir a políticos ejemplares, ha recurrido a la inflación institucional (a tejer auténticas madejas griegas de instituciones que se pisan unas a otras) para dizque que atarse las manos a la hora de meter la cuchara al presupuesto. Sin ningún resultado, o peor: con el resultado del cinismo ciudadano. El puro acto de derrotar al PRI en su feudo histórico señalará a los ciudadanos que es posible ganar sin clientelismo y, por extensión, que es posible reducir la corrupción. Frente a la inflación institucional, AMLO propone la ejemplaridad pública. Seguramente no sea suficiente para resolver los graves problemas del país, pero es una fórmula inédita en la política mexicana y que quizás, al menos, sirva para erosionar el caduco cinismo priista que lo embarga todo.





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