Hillary Clinton está a punto de convertirse en la primera presidenta de Estados Unidos. Eso si nos atenemos a lo que dicen de manera casi unánime las encuestas más reconocidas. El sitio Real Clear Politics calcula que la demócrata tiene en el bolsillo 260 votos electorales, dejando rezagada a la fórmula Trump/Pence, la cual tiene asegurados 170. Según esta proyección, todavía hay 108 votos por asignar provenientes de estados como Ohio y Carolina del Sur, cuya población blanca ha perdido sus empleos y niveles de vida a raíz de las deslocalizaciones industriales y las estafas de los bancos del 2008. Aunque este sector poblacional tiene las mejores razones para buscar una revancha en contra de las élites responsables de su infortunio, la manipulación aventurera de Trump está a punto de perecer. No así las divisiones, prejuicios y agravios que dieron forma a su candidatura y que explican su asombroso ascenso.

 

En el tercer debate, Trump desaprovechó la última oportunidad de tender la mano a la mitad del electorado: las mujeres.  En vez de ello, fue consecuente con su actitud de “estoy en mi derecho de manosearlas porque soy una celebridad”, frase que al ser exhibida en la televisión, selló su sepultura. No deja de ser curioso que el escándalo y el espectáculo mediático que lo llevaran a su auge, lo condujeran también a su perdición.

 

Desde su atrio en Las Vegas insistió que no hay nadie que respete más a las mujeres que él. Acto seguido, le espetó a su rival el calificativo nasty woman.  Si lo que pretendía era reconciliarse con el voto femenino, cometió un grave error al asumir una actitud condescendiente cuando no de ninguneo a Hillary. La interrumpió, la insultó y como máximo ponente del mansplaining insistió: “Hillary, you have no idea, you have no idea, you have no idea.”

 

Cuando tuvo que fijar postura sobre la interrupción del embarazo, fingió demencia y propuso trasladar la decisión a cada estado confederado. Desde luego Trump es incapaz de pronunciarse a favor de que las mujeres decidan sobre su propio cuerpo, pues quiere que estén a su disposición a toda hora y en función de su antojo. No es exagerado afirmar que en esta ocasión las mujeres van a salvar a Estados Unidos –y al mundo entero– de un megalómano frívolo e iracundo.

 

La buena noticia es que salvo que pase algo extraordinario, Trump va a perder. Pero también hay una mala noticia, sobre todo para nuestro país: Hillary Clinton va a ganar. Cuando se trata de política exterior, republicanos y demócratas no dejan de actuar como potencia hegemónica. México lo sabe mejor que nadie.  

 

Quizás de los pocos consensos que aún no se han terminado de resquebrajar en el país vecino es el papel extraordinario que en la arena internacional se sienten llamados a cumplir. Como potencia hasta no hace mucho unipolar, se encargaron de moldear y mantener un orden global. Un orden en el que a nuestro país se le ha asignado el papel de proveedor de trabajadores mal pagados que viven con la angustia de ser deportados y separados de sus familias en cualquier momento; de tierra rica en petróleo, minerales y recursos naturales que son extraídos para provecho de otros; de economía desindustrializada dependiente de exportar materias primas. Nuestro gobierno se ha vuelto el gendarme que hace el trabajo sucio en el patio trasero: perseguir y maltratar a migrantes centroamericanos, de modo que no alcancen a cruzar la frontera norte.

 

Todo esto mantiene sonriente a Obama. ¿O acaso su discurso progre ha disminuido las deportaciones o cambiado un ápice la política de drogas que promueve afuera de sus fronteras? En los ocho años de su gobierno, ¿ha habido un comercio más justo entre nuestras naciones? O para no ir más lejos: ¿ha habido agenda bilateral en la que más allá de la seguridad en la frontera y el control de los flujos de migración, también se incluyan las prioridades de México?

 

La elección del próximo noviembre es uno de esos momentos en que el electorado está obligado a elegir el menor de los males. Para la relación México-EUA el triunfo de los demócratas no significará cambio, sino continuidad. Si al establishment norteamericano le pusiéramos rostro, sería el de Hillary. Su trayectoria lo encarna fidedignamente. Por si fuera poco, luego del bochornoso paso de Trump por Los Pinos, la interlocución con la Casa Blanca estará en sus peores niveles. Quien gane en 2018 estará a cargo de reconstruir una relación crucial partiendo de escombros. Haríamos bien en irnos preparando para lo que sigue.

 

@EncinasN

@OpinionLSR


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