El 4 de junio más de 10 millones de mexiquenses serán llamados a votar para elegir a su próximo gobernador. Las primeras encuestas retratan una elección muy competida entre los abanderados de Morena (Delfina Gómez), PAN (Josefina Vázquez Mota) y PRI (Alfredo del Mazo). La clave principal de la elección será si la campaña se enfoca en la arena nacional (más concretamente, en la fracasada gestión de Peña Nieto) o en las complejidades de la política local.

 

Si la discusión nacional centra la campaña, Delfina estará en una posición inmejorable para llevarse la elección. El PAN, que fue crítico implacable de la corrupción priísta en las elecciones estatales del año pasado, irónicamente lleva a una candidata que tiene pendientes con el gobierno federal. Y el PRI, que debería enfocarse en la política local, lleva a un candidato cuya gestión más exitosa es ser primo del actual inquilino de Los Pinos.

 

Como es bien sabido, el Estado de México es uno de los pocos territorios de la República en los que nunca ha perdido el PRI. Como en otras entidades, el margen entre el gobierno y la oposición ha ido menguando, pero el PRI ha sido capaz de explotar las diferencias entre los partidos de oposición para mantenerlos fragmentados y evitar así su derrota. Sin embargo, es posible que por segunda vez tras el fracaso de Veracruz, el PRI tome de su propia medicina y pierda la elección por la elevada fragmentación del voto. Veamos algunos números.

 

En la serie histórica de votaciones a gobernador en el Estado, la elección de 2011 supone una excepción. Los números de Eruviel en la última elección (63 por ciento de apoyo para el PRI, con tres millones de papeletas) están en la línea del resultado de Emilio Chuayffet en 1993, quien ganó con más del 60 por ciento de voto. Si dejamos a un lado ese resultado excepcional del PRI en 2011 (cabe recordar que Eruviel, el popular alcalde de Ecatepec, ya iba 10 puntos por delante en las encuestas en febrero de ese año), la dinámica electoral ha sido de achicamiento de las diferencias. En 1999, Arturo Montiel sumó menos votos que sus dos rivales y lo mismo le ocurrió a Peña Nieto en 2005. A la vez que se iban reduciendo las diferencias, el voto de la izquierda ha ido creciendo, pasando de 700 mil votos en 1999 a más del millón cosechados por Alejandro Encinas en 2011 bajo las siglas del PRD.

 

La elección más reciente en el Estado, la federal de 2015, le dio al PRI y sus satélites el 36 por ciento de los votos, frente al 21 del PAN, el 11 para el PRD y el 8 por ciento para Morena. Una ventaja así no parece que pueda dilapidarse tan fácilmente, y menos aún una vez que la oposición decidió ir separada. Pero conviene recordar el ejemplo de Veracruz. En 2010, el ahora prófugo Javier Duarte ganó con el 45 por ciento de los votos, gracias a la desunión de la oposición, entre el PAN (que jaló el 40 por ciento) y el PRD (que se contentó con el 10 por ciento). El año pasado, el PRI perdió 15 puntos, y la coalición ganadora entre PAN y PRD se dejó otros seis puntos, gran parte de la cosecha de Morena, que dobló la votación anterior del PRD y de la nada alcanzó el 26 por ciento de las preferencias. En Veracruz, sólo uno de cada tres votantes apoyó a la coalición entre panistas y perredistas, pero fue suficiente para derribar al PRI.

 

El Edomex no es Veracruz y ya de partida panistas y perredistas han sido incapaces de ir coaligados, lo que apuntaría a que el priísmo puede aprovecharse una vez más de la desunión de la oposición. Pero si el PRI cae por debajo del 30 por ciento en las encuestas, un escenario de fragmentación competitiva podría ser irónicamente su tumba, por dos razones. En primer lugar, si las encuestas mostraran un empate entre los tres partidos más fuertes, PRI, PAN y Morena, resultaría muy difícil para los votantes de PRI y PAN coordinarse para votar al candidato con más posibilidades de evitar el triunfo de Morena. Los votantes panistas preferirían que los votantes del PRI se decantaran por Josefina y a la inversa por Del Mazo, lo que eliminaría el efecto del voto estratégico para evitar el resultado más indeseado. Y segundo, porque en una situación de empate entre los tres abanderados, Morena es el único partido con un potencial claro para crecer, pues podría atraer a una gran parte de los votantes del PRD, partido cuyo hundimiento institucional es imparable.  

 

¿No es optimista pensar que el PRI podría caer por debajo del 30 por ciento en su feudo histórico? Depende de las lentes que los votantes utilicen para leer esta elección. Eruviel no es Peña Nieto, pues mantiene buenos números de aprobación, a pesar de malas cifras en pobreza e inseguridad. Pero si la campaña se enfoca en la arena nacional, el PRI estatal se verá arrinconado al tratar de defender las impopulares políticas de su paisano Peña Nieto. Si la clave nacional monopoliza la campaña, será difícil quitarle el dominio de la discusión a Morena; el PAN también podría aprovecharse, pero su abanderada afrontaría un problema de credibilidad, tras haber recibido fondos opacos del gobierno federal y tampoco está claro que el equipo dirigente de ese partido se atreva a lanzar una campaña frontal contra Peña Nieto, dadas las afinidades programáticas de ambos.

 

La clave nacional puede tener una segunda derivada. Conviene no olvidar que si bien es cierto que el PRI nunca ha perdido la gubernatura, este partido sí fue derrotado en el Estado durante las votaciones presidenciales de 2000 y 2006 – en la primera Fox atrajo el 44 por ciento de las papeletas, mientras que en la segunda AMLO consiguió el mejor registro para la izquierda con el 43 por ciento del voto. La diferencia es que en las elecciones presidenciales votan alrededor de un 20 por ciento más de las personas censadas en el Estado. La conclusión es obvia: cuanto más en juego ve la ciudadanía, más gente va a votar y más apoyos obtiene la izquierda. Si Morena consigue mantener el foco sobre la gestión de Peña Nieto, y PAN y PRI no consiguen distanciarse entre ellos, Delfina tendría posibilidades de llevarse la gubernatura. Una victoria de Morena en el Edomex supondría el fin del grupo compacto de Peña Nieto y sin duda el inicio de la guerra civil panista. Para AMLO, a la tercera, por fin, sería la vencida.

 

@CIDE_MX

@OpinionLSR

 

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