Tras cumplir 18 meses –la cuarta parte del sexenio-, el nivel de aceptación interna y externa del gobierno Peña Nieto va en declive. Sin duda debe asumir errores en su estrategia. Es posible que uno de ellos haya sido que dio la espalda a un viejo principio de la política mexicana: esconder las cartas para su propia sucesión.

Desde el arranque de la administración, el Presidente exhibió en los hechos a sólo dos colaboradores, y colocó al resto en el limbo del aprecio público. Luis Videgaray, secretario de Hacienda, y Miguel Ángel Osorio Chong, de Gobernación, arrancaron el primer día como únicos corredores hacia el 2018. Los anteriores presidentes priístas –el panismo tuvo una desastrosa operación en la materia- jugaron siempre con una amplia baraja que entretenía a los actores interesados, entretenía al respetable, permitía construir alianzas y aligeraba la carga para el delfín finalmente perfilado. Un juego arcaico, tal vez, pero eficaz, a juzgar por las evidencias.

Voces dentro y fuera del gobierno alertan ahora que de seguir las cosas como van en el entorno tanto de Videgaray como de Osorio Chong, las presiones externas, el desgaste y un “fuego amigo” creciente provocarán que ninguno de ellos se logre conservar en el gabinete más que, quizá, otro año (la frontera fatal sería el resultado de los comicios de 2015). Ello puede dejar a Peña Nieto no sólo sin cartas, sino que le atraerá dificultades para designar al próximo candidato presidencial del PRI, o de lograrlo, éste podría no estar en condiciones reales de ganar la elección.

Esas mismas voces otean escenarios, pues creen que se acerca una reestructuración del gabinete actual, acaso incluso antes de las elecciones del próximo año. Pero los nombres de relevos que ha empezado a correr por los pasillos no entusiasman a muchos. Se trata de los gobernadores salientes de Nuevo León, Rodrigo Medina, y de Querétaro, José Calzada. El primero, sostenido desde Los Pinos pese al repudio de los poderosos empresarios locales –incluido el recién fallecido Lorenzo Zambrano-, hartos de la mediocridad del mandatario. El segundo, producto de una clase política regionalista.  Ambos tendrán una dura aduana con su propia sucesión, que podría colocar al PAN al frente, incluso, de las dos gubernaturas.

Hay desde luego, otros personajes que podrían suplir con holgura a integrantes del gabinete y exhibir credenciales de “presidenciables”, pero ninguno parece llenar la condición de ser “inseparable” del presidente Peña Nieto, por utilizar la descripción que se  ha hecho sobre Luis Videgaray –algo similar podría expresarse de Osorio Chong-  por parte de la prestigiosa revista “The Economist”.

Sería difícil imputar frivolidad a la publicación inglesa, que en unos cuantos meses (concretamente entre marzo y junio)  viró de un encanto abierto por el secretario de Hacienda (“El hombre del MIT”, lo bautizó inicialmente) para luego dar reiteradas señales de desencanto, hasta emplazarlo en su más reciente número (“Es su turno, señor Videgaray”) a mostrar capacidad para un mejor manejo de las finanzas nacionales.

Videgaray es el segundo nombre para la palabra desgaste político en México: Se le describe enfrentado con los empresarios; se le acusa de que le tomó 14 meses visitar Wall Street para alentar a los grandes inversionistas internacionales. Se le atribuye mentir con la versión de que el gobierno no está incurriendo nuevamente en subejercicio del presupuesto federal.  En semanas pasadas la revista “Proceso” recopiló diversas versiones de enfrentamientos del secretario de Hacienda con sus antecesores, Francisco Gil Díaz y Guillermo Ortiz; con el gobernador del Banco de México, Agustín Carstens, e incluso con su tutor político y ex jefe, Pedro Aspe, el hombre que en 2005 lo acercó al recién electo gobernador mexiquense Enrique Peña Nieto.

Por si ello no fuera suficiente, es público que desde diversas oficinas del propio gobierno federal surgen señalamientos sobre Videgaray, hablando de una pugna cada vez menos sorda con su compañero de gabinete, secretario de Gobernación y presunto rival,  Miguel Ángel Osorio Chong.

Este último tiene sus propios motivos para preocuparse y su propio proceso de deterioro. La lista de factores incluye desde Michoacán y el complejo espectro de la inseguridad que un malhadado día pidió incorporar a su cartera, hasta la tensión política con los gobernadores, las Cámaras, los partidos, o la paralización de los alcances dibujados en el ya extinto Pacto por México.

Osorio parece tener al enemigo en casa. El subsecretario Luis Enrique Miranda alardea de autonomía dentro y fuera de la dependencia, desarrolla una agenda propia, siempre aparta tiene tiempo para cobrarle cuentas reales o ficticias al gobernador mexiquense Eruviel Ávila, y tiene en su haber la cabeza de no pocos funcionarios, locales y federales, todo en nombre de su indudable cercanía con el presidente de la República.

Con ese sello de la casa, hablando en términos de moda, puede decirse que el equipo nacional lleva un claro marcador en contra. Del director técnico se espera que pueda dar un manotazo en la mesa o un golpe de timón.  Pero al final del día lo que lo hará avanzar será simplemente que se anote éxitos y logre mejores resultados. (robertorock@lasillarota.com)



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