El triunfo del candidato presidencial demócrata tiene claras explicaciones económicas y obliga a replantear la propia estrategia económica del país. Primero, el voto de la mitad de los estadounidenses por un candidato de ese tipo fue claramente de descontento por el deterioro de las condiciones y expectativas de vida de las comunidades de población blanca de ingresos medios y bajos, aunque no exactamente del desempeño económico de la administración Obama, que logró sacar a ese país de la recesión. Se trata de un malestar de lo que les sucede desde hace al menos tres décadas, en la desigualdad se incrementó. Paradójicamente, estos votantes fueron presa de la retórica supremacista del candidato Trump, que defiende políticas que seguramente van a generar mayor desigualdad. Los blancos más educados y más jóvenes en realidad preferían al pre candidato Sanders, con una agenda coherente con el objetivo de reducir las diferencias económicas en la sociedad. El punto es que la mayoría de la sociedad norteamericana retiró su apoyo al proyecto de globalización económica que había prevalecido como el camino propuesto para la genera bienestar y crecimiento económico.

 

Lo más probable es que Trump realice acciones torpes para tratar de proteger a los productores de su país de la competencia internacional. Su principal objetivo será el TLC, ya que su retórica se basa en culpar a los mexicanos de los problemas de los trabajadores de los Estados Unidos. Básicamente no entiende que la mayoría de las exportaciones mexicanas a ese país, a diferencia de las chinas, contienen a su vez un alto contenido de insumos norteamericanos. Es decir, buena parte de la industria manufacturera de nuestro vecino es competitiva gracias a que parte de sus procesos se realizan en México. En realidad tanto el TLC como el resto de los tratados requieren de cambios importantes para que en realidad sirvan para ser útiles para generará crecimiento económico incluyente. Nuestro comercio con Norteamérica es de un volumen enorme pero en realidad la mitad de su valor se concentra en todo lo relacionado con los vehículos motorizados y algo cercano al 10% en productos electrónicos. El resto es bebidas alcohólicas, petróleo crudo, aeronáutica, hortalizas y maquila. Por cierto, el contenido nacional de la maquila en México cayó de 25 a 20% en los últimos años. Esto es, el libre comercio sirve de motor para ciertos sectores y regiones del país, el resto está completamente desconectado.

 

El punto es que el comercio global tiene que ser reformado. En un lado las desigualdades generadas por la globalización explican que personajes como Trump hayan llegado al poder. Por otro lado, las propias políticas que impulsa el nuevo presidente estadounidense van, cuando menos, a detener los procesos de integración comercial. Thomas Piketty, en su reciente artículo de The Guardián, llama reformar los tratados internacionales para reducir la desigualdad y el deterioro del medio ambiente. Piketty señala que el incremento de los montos comerciales no puede ser el objetivo central de los tratados. En esa lógica, lo tratados deberían incluir tasas impositivas mínimas para las corporaciones que operan en las naciones que acuerdan (es decir que no compitan entre ellas con tasas fiscales) y metas de reducción de emisiones de carbono. Es decir, la coordinación alcanzada para comerciar tendría que utilizarse para eliminar que el comercio sirva para reducir el pago de impuestos o enfrentar restricciones ambientales más laxas.

 

A México, evidentemente, le urge desarrollar políticas alternativas al comercio exterior. Trump ya ha ratificado su intención de renegociar el TLC y atacar la supuesta fuerza de empleo estadounidense a nuestro país. Como decíamos, aun antes de lo que pueda hacer Trump, la intensa relación comercial con Estados Unidos beneficia solamente a ciertas regiones y sectores económicos. Desde hace tiempo debimos de haber desarrollado políticas para integrar a más agentes económicos a los sectores más dinámicos de la economía global, tener una política institucional que desarrollará ventajas comparativas endógenas, que promoviera la innovación, la absorción de tecnología y la generación de mejor capital humano. Ya vamos tarde en promover fuentes internas de mercado interno, como establecer un salario mínimo adecuado y en general incrementar la masa salarial, o en regular el sistema financiero y utilizar la banca de desarrollo para incrementar el crédito a las empresas y a industrias como la de la construcción. Podemos también incrementar la inversión pública en infraestructura y establecer mínimos de contenido nacional en la misma de tal forma que sirva para detonar el crecimiento. Es necesario también revisar la pertinencia de mantener aranceles bajos con países con los que no tenemos tratados y buscar oportunidades de comercio fuera

 

Lo que pasa en Estados Unidos y en el mundo nos obliga a reconocer algo que ya era evidente: el comercio internacional no puede ser el motor del crecimiento incluyente. No lo ha sido porque sus beneficios se limitan a ciertos sectores, por lo que se requiere de medidas para extenderlos, para reducir sus consecuencias negativas y para que sirvan para resolver otros problemas globales. Se requiere de alternativas porque sencillamente habrá menos comercio global en el futuro. Tenemos que acostumbrarnos a ellos y actuar en consecuencia.

 

@vidallerenas 

@OpinionLSR


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