Los atentados terroristas ocurridos en París y en Beirut durante el pasado fin de semana, perpetrados por el Estado Islámico (ISIS) y calificados como los más mortíferos de las últimas décadas, han cimbrado a la humanidad y han convocado a la comunidad internacional para manifestarse a una sola voz en repudio contra el odio y la violencia y en solidaridad con el pueblo francés y libanés.

 

Ante tanto dolor, resulta imposible sustraerse de la estela de terror que dejan estos crímenes por más que la distancia los haga parecer lejanos e impensables para países como México. De manera unánime, los líderes del G20 han condenado los acontecimientos y han hecho propio el agravio de los fundamentalistas durante su reunión en Antalya, Turquía. El papa Francisco ha expresado que "tanta barbarie nos deja consternados y nos hace preguntarnos cómo el corazón del hombre puede idear y realizar actos tan horribles... que son como fragmentos de una tercera guerra mundial".

 

Es evidente que el epicentro noticioso está en París y no es para menos. Pero Líbano ha declarado día de luto oficial tras los ataques que en la misma fecha dejaron al menos 41 muertos y más de 200 heridos luego de que dos militantes suicidas de ISIS detonaron sus explosivos en una mezquita y una panadería en el barrio chiíta Burj al-Barajneh de la capital libanesa, considerado bastión del grupo Hezbolá y contra el cual combaten en Siria, escenario donde se han realizado miles de ejecuciones sangrientas por motivos étnico-religiosos ante un marcado silencio de la comunidad de naciones.

 

Los hechos de París, a diferencia de los ataques del 2001 en contra de instalaciones estratégicas de los Estados Unidos, fueron dirigidos a blancos emblemáticos de la vida cotidiana francesa como la música, la gastronomía y el deporte en una de las capitales más representativas del mundo occidental. El ataque fue a todo un estilo de vida representado en los cafés, bistrots y restaurantes típicos como La Belle Equipe, donde trabajaba Michelli Gil, una de las dos mexicanas que murieron en los atentados; el teatro Bataclan, construido por el arquitecto Charles Duval en 1864 y monumento histórico de Francia desde 1991; y al Stade de France, donde se jugaba el partido amistoso entre Francia y Alemania teniendo como espectador al mismísimo presidente Hollande.

 

Hoy es más claro que la amenaza del fundamentalismo islámico está inspirada en una cosmo-visión que no tolera a las religiones distintas a su credo, tampoco a los valores occidentales y cristianos como el respeto a la vida, la familia o la democracia. Matar en nombre de "Dios" ha sido, a lo largo de la historia, una aberración. Hoy la pesadilla resurge al grito de Alá y se presenta como una amenaza global en contra de lo que han llamado los "cruzados", es decir, todo lo que no es el Estado Islámico.

 

En consecuencia, la respuesta de la comunidad internacional debe ser global, ya que la amenaza "yihadista" atenta contra el orden internacional y no reconoce fronteras. Sin exageración puede afirmarse que ningún país está exento, en tanto que en esta guerra de terror todo sirve a su causa en la medida en que los acerca a sus objetivos estratégicos. No es la primera vez que se advierte la posibilidad de que México sea un blanco en sí mismo o un territorio propicio para sus operaciones por nuestra vecindad con los Estados Unidos.

 

Por lo tanto, los alcances del reciente acuerdo contra el terrorismo alcanzado durante la cumbre del G20, bien puede servir para reforzar las medidas de seguridad en nuestro país y para fortalecer los mecanismos de cooperación a favor de la seguridad internacional con los países miembros.

 

En estas acciones habrá que advertir sobre la delgada línea que separa a las políticas de migración de aquellas orientadas al combate al terrorismo, en especial por la posibilidad de que en los flujos migratorios que hoy se multiplican en distintas regiones del mundo se infiltren activos del fundamentalismo islámico. En este aspecto, nuestro país debe reforzar las medidas de seguridad en la frontera sur e incrementar la cooperación en la frontera norte sin descuidar ni permitir la violación a los derechos humanos y sin renunciar a la hospitalidad que le ha distinguido a lo largo de su historia ante distintas crisis humanitarias o conflictos que han derivado en la apelación al derecho de asilo.

 

Resulta difícil acudir a medidas humanitarias cuando el mundo se siente amenazado. Sin embargo, sólo el humanismo puede acabar con el terrorismo, como lo afirmó en su comunicado la Organización Demócrata Cristiana de América (ODCA) y las declaraciones de los líderes de la Internacional Demócrata de Centro (IDC), instancias internacionales a las que pertenece el Partido Acción Nacional. De no ser el humanismo, lo que queda es la guerra, la barbarie, la venganza y el caos.

 

Parece imposible pensar en la paz ante tanto agravio y dolor. Pese a todo, en momentos de grandes amenazas para la humanidad conviene tener presente la experiencia de quienes, sufriendo otras guerras, aprendieron con dolor que el único camino es, obstinadamente, el diálogo, la política del bien común. Con toda razón dos santos de nuestro tiempo que vivieron en carne propia los horrores de las grandes guerras del siglo XX, se expresan con tal contundencia a favor de la paz, entendida como la tranquilidad en el orden y al margen de cualquier asomo de pacifismo irenista: Juan XXIII dijo que "la justicia se defiende con la razón y no con las armas. No se pierde nada con la paz y puede perderse todo con la guerra".

 

Y Juan Pablo II sentenció que "la guerra no es una fatalidad, es siempre una derrota para la humanidad”. 

 

Habrá que esperar que la declaración del presidente Hollande sobre la respuesta implacable de Francia ante este atentado, se inspire siempre en la legítima defensa, en el derecho internacional y en la preservación de la paz.

 

@MarcoAdame



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