Las perspectivas para el crecimiento de la economía mundial continuaron revisándose a la baja…”.

 

Así empieza el último comunicado del Banco de México, y a continuación detalla las malas noticias de las economías de Europa, Estados Unidos, Japón, China y otras economías emergentes. Es usual que estos reportes inicien con la situación internacional. Sirve sobre todo para decir que no estamos tan mal, o para justificar nuestro propio desempeño deficiente. Es cierto que somos muy vulnerables a la situación externa, pero también que podríamos serlo mucho menos, con una política económica adecuada.

 

Más adelante Banxico pasa a describir los riesgos y dificultades internos. Para empezar lo financiero, donde no descarta nuevos episodios de volatilidad, es decir que el dólar se encarezca debido, señala, a las incertidumbres que ha creado el proceso electoral en los Estados Unidos y a que, en caso de recuperación de su economía, eleven su tasa de interés.

 

No obstante, los datos verdaderamente malos se encuentran del lado de la economía real, la situación de la producción, el empleo y el consumo. Banxico recoge estimaciones del Instituto Nacional de Estadística –INEGI–, que indican una contracción del Producto Interno Bruto en el segundo trimestre de 2016. Al estancamiento que ya existía en el sector industrial se añadió un freno al crecimiento del sector terciario (servicios). El consumo se desaceleró y las exportaciones manufactureras y la inversión mantuvieron un débil desempeño.

 

Estamos en el momento del año en el que las previsiones relativamente optimistas que se le habían atribuido al futuro se van desmoronando conforme se vuelven presente. Sin embargo la descripción que hace Banxico debiera preocupar a las elites, sobre todo al gobierno. Su informe es escueto pero contundente, el panorama es oscuro. En particular por lo que implica para una población que ya sufre en demasía los errores del modelo.

 

De acuerdo al INEGI 24.8 millones de mexicanos tienen un ingreso inferior a dos salarios mínimos. De hecho 3.2 millones no tienen ingreso por su trabajo; otros 7.1 millones ganan menos de un salario mínimo y 14.6 millones reciben entre uno y dos salarios mínimos. La mitad de la mitad de la población se encuentra en esta precariedad laboral que no da ni para comer. Más de la mitad de los mexicanos, 55.3 millones están en la pobreza. Peor; el 23.4 por ciento de la población, 28 millones, tienen carencias alimentarias. Todos son datos oficiales.

 

¿Qué hacer? Lo típico sería sostener que el año que entra nos irá mejor; que tal vez la economía norteamericana se dinamice y sea la locomotora que nos jale en nuestra calidad de furgón de cola. Se puede aderezar con expectativas de buen crecimiento para el 2017; siempre advirtiendo que si no ocurre será culpa de la economía mundial, o la norteamericana que, tercamente, se niegan a crecer.

 

Sin embargo el discurso de futuros sonrosados es cada vez menos creíble y la situación social y política amenaza con desbordar algunas de las costuras que las contienen.  

 

Datos de una encuesta de El Universal indican que 63 por ciento de la población reprueba la gestión presidencial y un 84 por ciento considera que los problemas lo rebasan. Este “malestar”, reconocido pero no entendido por el C. Presidente se expande a toda la clase política y fue evidente en las pasadas elecciones estatales. La incapacidad de dialogo auténtico con actores sociales y políticos, a los que muchas veces no se reconoce, o se intenta destruir, se ha convertido generadora de graves problemas.

 

El mayor ejemplo de esta cerrazón fue la manera en que se impuso la reforma laboral del magisterio y que ha orillado a los maestros a la estrategia de lucha de los que no son escuchados: estorbar. Lo que exacerba las tensiones incluso entre el gobierno y un sector empresarial que demanda el uso de la fuerza sin medir consecuencias. Una de las cuales, aparte del descredito internacional ya bien ganado, sería darle puntos a Trump en el proceso electoral norteamericano.

 

Tal vez en sentido contrario, hay que admitirlo, marchó la reunión campesina del pasado lunes en el zócalo y los encuentros entre sus líderes y varios secretarios de estado. Un ejercicio de escucha que ojalá y no termine en nada, como ocurrió en 2014 cuando el propio gobierno convocó a reformar el campo y luego no le gustó el entusiasmo que despertó.

 

Los campesinos se mostraron duros. Exigen que no se les trate como pobres con medidas asistencialistas, incluyendo despensas con granos importados. Lo que quieren es una estrategia que los trate como productores que pueden hacerse cargo de su propia alimentación y la del país. Requieren un entorno institucional y un manejo de merado que recupere la rentabilidad de la producción de los pequeños productores.

 

El Plan Nacional de Desarrollo comprometió a esta administración a que en el 2018 el 75 por ciento del consumo de los seis granos principales del consumo básico se abastezca con producción nacional. El gobierno ni siquiera lo intenta y esperamos que cambie.

 

Del lado del empresariado productivo demandan una auténtica política industrial y no los remedos de zonas especiales, parques y tratos de privilegio a unos cuantos.

 

Los productores de calzado acaban de expresar su preocupación por la reciente compra de las tiendas Suburbia por Liverpool señalando que al reducirse el número de cadenas compradoras los productores quedan en manos de oligopolios que les imponen precios bajos que afectan su rentabilidad.

 

Urgen cambios de fondo para levantar al campo, reindustrializar al país, hacer que el comercio funcione en beneficio de la producción interna, hacer efectivos los derechos laborales a partir del fortalecimiento de las organizaciones laborales.

 

Hemos seguido una estrategia de apoyo a la ganancia financiera que supuestamente se traduciría en inversiones y empleos. Pero ha fracasado en México y en todo el mundo.

 

Algunas de las grandes instituciones internacionales proponen alternativas. Para la Comisión Económica para la América Latina –CEPAL–, el progreso económico requiere de disminuir la inequidad; para la Organización Internacional del Trabajo –OIT- se requiere inducir el crecimiento mediante la elevación de los salarios. Solo el fortalecimiento de la demanda podrá sacarnos del atolladero de una crisis de sobreproducción en la que las empresas quiebran porque no hay compradores.

 

Disminuir la pobreza puede ser la mejor inversión productiva.

 

@JorgeFaljo

@OpinionLSR

 

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