Hillary Clinton ya es la candidata del partido demócrata a la presidencia de los Estados Unidos. A diferencia de Trump que surgió de la nada y arrolló a sus rivales ella no llega como gran triunfadora. Tuvo dificultades para vencer a Bernie Sanders, su rival socialista. Ahora este último le ha dado su apoyo incondicional con el objetivo declarado de impedir que Trump llegue a la presidencia.

 

El partido demócrata está dividido; muchos seguidores de Sanders se sienten traicionados sobre todo ahora que se descubrió que la estructura partidaria no jugó limpio, sino que conspiró en contra del socialista.

 

Para ganar la presidencia, Clinton requiere del apoyo de los seguidores de Sanders. Sin embargo, eligió como su candidato a la vicepresidencia a Tim Kaine, un hombre blanco, político tradicional centrista que compite con la imagen de Trump pero que no le asegura los votos de la juventud y la izquierda demócrata.

 

Según Michael Moore (“Cinco razones por las que Trump será presidente”), los seguidores de Sanders votarán por Clinton, pero sin entusiasmo, sin arrastrar a sus familias y amigos; tan solo por evitar un mal mayor. Eso no basta para ganar.

 

Clinton es vista con desconfianza, como una política demasiado asociada al gran poder económico, que se acercó a las posiciones de izquierda de Sanders, pero sin verdadera convicción ni real compromiso a futuro. Ahora ella ofrece que renegociará el TLC para asegurar la creación de empleos, muchos y bien pagados, para los norteamericanos. Sin embargo, no es lo suficientemente clara respecto al nuevo Acuerdo Transpacífico (TPP). Dice que no le gusta, pero no lo repudia en su totalidad, lo que hace pensar a muchos que, con algunos cambios, terminará por apoyarlo.

 

Estos serán los grandes temas de la campaña electoral norteamericana. La confiabilidad de Clinton y el repudio o enmienda de los acuerdos de libre comercio.

 

Del lado mexicano el presidente Peña Nieto ha manifestado su disposición a modernizar el TLC mediante el impulso al Acuerdo Transpacífico. Plantea ampliar el libre comercio; justo lo que se rechaza del otro lado de la frontera. La aparente flexibilidad de México es de hecho incapacidad para reconocer, o incluso entender, el nuevo giro.

 

Aquí conviene repasar algo de historia. El avance tecnológico y la mayor productividad sustentaron durante buena parte del siglo pasado el aumento salarial generalizado y un mayor bienestar para las familias norteamericanas. En los años setenta la tendencia se alteró de manera drástica; los trabajadores dejaron de compartir los beneficios de la mayor productividad, porque su ingreso se quedó rezagado. Eso creo un desequilibrio en el mercado; crecía la oferta, pero no la demanda.

 

La “solución” de las grandes empresas al problema que ellas mismas crearon fue exigir la apertura de los mercados de los países periféricos. Al mismo tiempo destinaron sus enormes ganancias a financiar la demanda de su propio gobierno (a cambio de la disminución de impuestos), de sus trabajadores (endeudamiento de la clase media) y de los países en desarrollo (reconvertidos a clientes). Es decir que para vender endeudaron a todo su entorno.

 

El éxito del libre comercio abrió el paso a la globalización de la producción; las grandes empresas relocalizaron sus plantas productivas en el exterior y convirtieron a Estados Unidos en un país importador, altamente endeudado. Lo mismo hicieron en otros lados, como México.

 

Hubo millones de víctimas colaterales; al producir más y pagar menos las empresas exitosas “secaron” la demanda y destruyeron la competitividad de sus rivales, los productores menos avanzados dentro y fuera de los Estados Unidos. En México se destruyó a la producción manufacturera y agropecuaria orientadas al mercado interno.

 

Quiénes producen, y cómo se reparten los beneficios de la mayor productividad, son los verdaderos asuntos de fondo en la discusión del libre comercio. Limitar las importaciones de México les permitiría una reactivación industrial con un enfoque nacionalista estrecho que nos dejaría muy mal parados.

 

Lo que debemos proponer es fortalecer el TLC en contra y no a favor del Acuerdo Transpacífico. Lo que van a exigir Trump, o Clinton, es equilibrar el comercio. Puede ser por la vía de comprarnos menos (poniendo aranceles); pero también es posible si nosotros les compramos más. Este podría ser el eje de una transformación del TLC para beneficio mutuo.

 

Podemos convertirnos en clientes preferentes de las manufacturas norteamericanas si dejamos de preferir las importaciones chinas. En lugar de que los Estados Unidos nos impongan aranceles, nosotros se los ponemos a China.

 

A cambio pediríamos ser los proveedores de los Estados Unidos en sectores manufactureros ya existentes (automovilístico), e intensivos en mano de obra (textil, por ejemplo). Como parte de la renegociación pediríamos la libertad de proteger y desarrollar nuestro sector agropecuario, alimentario y de consumo básico y el desarrollo de algunos sectores de manufactura, sobre todo orientados a tecnologías apropiadas, industria rural y de pequeñas y medianas empresas.

 

Son propuestas vitales para el empleo y la gobernabilidad internas. Lo que también es un argumento convincente y preferible a que tengan que atrincherarse detrás de una muralla.

 

Si ambos, México y Estados Unidos, dejamos de ser clientes preferentes de China y el sureste asiático, podemos fortalecer el TLC en beneficio de ambas poblaciones. Es decir: TLC si, acuerdo Transpacífico no.

 

@JorgeFaljo

@OpinionLSR

 

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