Parece difícil y hasta utópico hablar de paz en tiempos de dificultades, pero no lo es. Al contrario, tenemos que hablar de todo lo que nos hace felices en la vida para que sirva de ejemplo a otros y así se propague, primero a título individual y luego como fenómeno social; no sólo hablado sino como parte de las acciones de cada mujer y cada hombre en su vida cotidiana, individual, de pareja, familiar y colectiva. Y uno de los medios de lograr la felicidad como fin último del ser humano en sociedad es la cultura de la paz.

 

En términos culturales, un principio importante es la educación. Pero no la educación entendida como lo aprendido en la escuela, aprobando planes de estudio y como un mecanismo de avance en la escala social o desde el punto de vista competitivo típico del capitalismo. No. Es la educación como el sistema cultural de nuestra sociedad, que implica la incorporación de valores, de todos los valores sociales y de su reproducción, de su propagación y continuidad; la educación concebida en un sentido amplio.

 

Junto a la educación el Estado ha creado el derecho (de una misma raíz etimológica que tiene que ver con la “conducción” que implica la manera de comportarnos). Ambas herramientas son modeladoras de la conducta humana, porque la norma jurídica pretende lograr una convivencia social armónica. Uno de los fines principales del derecho es la armonía.

 

Dentro del sistema de valores todavía hay dos elementos importantes a considerar, desde el punto de vista del ser humano. Elementos aparentemente escondidos pero que están ahí. Se trata de las emociones. Aspecto fundamental de nuestra esencia como seres humanos, que por cierto están fuera del proceso educativo porque no se habla de ellas; se ocultan y hasta se nos pide no usarlas como si fueran algo malo. Sin embargo las tenemos.

 

Todo el mundo reconoce como parte de nuestra esencia humana la existencia de las emociones. Y son dos las que dirigen la conducta fundamentalmente: el amor y el miedo. El amor nos conduce hacia estados positivos en la vida, en la armonía, la convivencia social. El temor, el miedo nos dirige hacia la violencia, hacia el polo negativo de la actividad del ser humano. Y cuando se habla de los sentimientos y las emociones humanas se dice que el tema es cursi, que es ilusorio, pero nadie lo desconoce.

 

Amamos a nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestra pareja, amigos, familiares, pero no hablamos de ello. Y el no hablar de ello ha sido, creo yo, uno de los principales errores en la modelación de nuestra conducta. Porque nuestra conducta es más bella cuando se aproxima hacia el polo positivo, hacia el polo del amor y no cuando es motivada por el miedo, que nos lleva a la violencia, al odio, al rechazo, a la indiferencia.

 

De estas directrices, de cómo veamos la vida desde estas formas de expresión de las emociones dependerá nuestra conducta, individual y colectiva. Pero es claro que desde el núcleo familiar preferimos el amor y no el odio; queremos buenas, no malas acciones. Ello no tiene nada de cursi. Por lo tanto, la educación para la paz es una herramienta para alcanzar la cultura de paz. Y su motor que es la “noviolencia” (como una sola palabra).

 

La noviolencia no como la ausencia de conflicto, no como la ausencia de violencia sino una metodología activa, una conducta de hacer pero que ese hacer vaya cargado de emociones positivas como el amor, el afecto, la empatía, para llegar al fin que todos queremos de una conducta no violenta y una vivencia de paz entre todos.

 

Así encontramos que la armonía de las relaciones entre los seres humanos y la solución de sus conflictos no depende de factores ajenos, es el resultado de acciones propias. Son actitudes positivas de cada ser humano ante la vida, que llevadas al círculo familiar en toda la extensión de la palabra, en cualquier momento desbordarán hacia terceros; como los amigos, los vecinos y la sociedad en general.

 

El ejemplo vale más que mil palabras, dice un adagio popular. Un símil lo encontramos en Gandhi, el hombre que generó tal movimiento colectivo que alcanzó la victoria de liberar a su país del imperio inglés. Acciones guiadas por principios de carácter universal, el amor y la no violencia.

 

Para Naciones Unidas, la cultura de pazestá basada en el respeto de los derechos humanos, la democracia y la tolerancia, la promoción del desarrollo, la educación para la paz, como enfoque integral para prevenir la violencia y los conflictos, para el establecimiento de la paz y su consolidación. Una cultura donde el cambio individual, la reflexión de nuestros valores y afectos y nuestras emociones se conviertan en motor del presente y el futuro.

 

El cambio social es posible. Hoy, de cara al proceso electoral en curso tenemos la oportunidad de construir un México bajo los preceptos de la cultura de paz. Pasemos del “mexicanos al grito de guerra” a “mexicanos al grito de paz”.

 

@drarmandohdz

 



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