Ha sido ido secretario de Estado cuatro veces en el breve lapso de cuatro años, de la mano de dos presidentes, de dos partidos diferentes, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. Tiene altos grados académicos, entre ellos –como Ernesto Zedillo-, un doctorado en Yale, pero también en el ITAM e incluso en la UNAM. Cuenta con cartas credenciales de reformador de instituciones, dialogante con el Congreso.

 

José Antonio Meade (ciudad de México, 1969) parece proyectarse sobre esa plataforma hacia la candidatura presidencial del PRI en 2018, tras formar fila en un proceso que demolió e hizo inelegibles ya a otros aspirantes, entre ellos el titular de Hacienda, Luis Videgaray, y el ex presidente del PRI, Manlio Fabio Beltrones. Otro integrante de la reducida lista de suspirantes, Miguel Ángel Osorio Chong, exhibe similar desgaste y el riesgo de derrumbarse hacia ese limbo político. 

 

Dentro y fuera del PRI, la llegada de Enrique Ochoa Reza a la dirigencia del partido oficial fue interpretada como el triunfo de un equipo que hasta ahora ha comandado Luis Videgaray, y que impuso no a un líder o a un operador político sobresaliente, sino a un administrador que buscará garantizar para Los Pinos el control del Institucional y una transición sexenal “a la antigüita¨; es decir,  con un aspirante ungido desde arriba al que se sumen mansamente los sectores priístas. 

 

La designación de Ochoa Reza se precipitó cuando segmentos del PRI, entre ellos varios gobernadores y líderes regionales del partido, avanzaban en construir un consenso sobre el perfil y la figura que debía relevar a Beltrones Rivera. 

 

David Penchyna, ex senador y actual director del Infonavit, empezaba a ser mencionado con insistencia cuando vino el manotazo desde el bloque más tecnócrata del gobierno. Hay lecturas de que Penchyna habría sido una carta del secretario Osorio Chong.  Otras voces destacan que el único mensaje fue optar por un gerente integrante de la burocracia dorada.

 

Incluso entre los círculos más entusiastas con la causa de Meade Kuribreña existe la certeza de que la vieja liturgia priísta puede dotarlo, en el mejor de los casos, del impulso necesario para ser candidato del PRI. Pero que muy difícilmente lo colocará en condiciones de ser competitivo en el 2018 y de ganar la Presidencia.  

 

Ese equipo dice tener en claro que un error de cálculo llevaría al candidato del oficialismo a la derrota, y sepultaría al PRI en el tercer lugar de las fuerzas políticas, superado –en un orden hasta ahora impredecible- por el seguro candidato de Morena, Andrés Manuel López Obrador, y por el abanderado o abanderada de una coalición  PAN-PRD. 

 

Las cifras que pueden documentar una visión sombría para el priísmo están a la vista: 

 

Por primera vez en la historia, la población gobernada por el Institucional es menor a la mitad: 44.8%. Nunca el PRI había gobernador menos entidades federativas que sus adversarios; ahora lo hace sólo en 15 de 32.  El oficialismo no controla el gobierno en entidades con amplio peso en el padrón electoral del país: Distrito Federal, Veracruz, Puebla o Tamaulipas. Sí lo hace en su hasta ahora “joya de la corona”, el Estado de México, que el próximo año irá a elecciones bajo complejas condiciones. 

 

De los 14 estados en donde hubo comicios locales en junio pasado –en 12 de ellos para gobernador-, el PRI perdió como se sabe, siete gubernaturas. Pero en Baja California, donde hubo elección de alcaldes, fue aplastado por el PAN en tres de cinco municipios, el mejor resultado obtenido por Acción Nacional en 30 años en la entidad norteña en votaciones intermedias. 

 

Y por lo que se refiere a la capital del país, la ciudad de México, el PRI quedó en  ¡quinto lugar!, con únicamente 7.1% de los votos generados; esto es, 153 mil sufragios a su favor.  

 

Hay que destacar que en este último caso el partido oficial competió sin alianzas, lo que desnuda su verdadero peso en el corazón del país. En el resto de las citas con las urnas acudió de la mano de diversos compañeros de viaje, típicamente el Partido Verde y Nueva Alianza, pero también el Partido del Trabajo, que festejó de tan gris manera haber conservado su registro.

 

De los 13 estados en donde el Institucional pactó alianzas, fue derrotado en ocho y ganó en 5.

 

Este es el PRI que le tocará administrar a  Enrique Ochoa Reza.  Supone encomendarle a un ingeniero el cuerpo de un enfermo que se acaba de desplomar por falta de fuerzas, exhibe síntomas de infecciones diversas y se padece hemorragias, algunas evidentes, otras internas.

 

Ese ingeniero tiene la tarea de mantener activo al paciente, taponar algunas heridas y echar mano de remedios caseros para que logre acudir a algunas citas en condiciones mínimamente presentables. 

 

Es posible que Ochoa Reza lo logre. Sobre lo que existen reservas generalizadas es si ese paciente tendrá la fortaleza de cargar sobre la espalda y con eficacia a un hombre, en una carrera que será larga y tendrá poderosos competidores. 

 

Ese hombre bien podría ser José Antonio Meade. Las dudas prevalecientes hoy son menos en el sentido de si él puede ser un decoroso candidato presidencial del PRI, y más sobre si este hombre que concita tantos elogios en tantos ámbitos, tendrá la capacidad de cortar por lo sano en ese organismo enfermo, tomar distancia de aquellos que le crearon tantos males y dar una pelea que si fuera librada hoy, tendría la derrota garantizada. 

 

rockroberto@gmail.com

@OpinionLSR

 



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