Este domingo 23 de abril, 45 millones de franceses están llamados a las urnas para escoger en primera vuelta a los dos candidatos que pasen al balotaje para ocupar la presidencia del país hasta 2022. Será la primera vez en la historia de la Quinta República francesa en la que el presidente saliente, el socialista François Hollande, renuncia a buscar la reelección. De Gaulle, Mitterrand y Chirac fueron reelegidos, mientras que Giscard d’Estaing y Sarkozy perdieron frente a candidatos socialistas. La excepcional renuncia de Hollande se justifica por los malos números del Partido Socialista Francés y más en particular de su presidencia, azotada por la nula popularidad de sus reformas y la debilidad provocada por los atentados yihadistas. El fracaso del expresidente Nicolas Sarkozy para conseguir la candidatura del centroderecha es también indicio claro de que, al igual que en otras naciones occidentales, esta elección no va por los cauces habituales de la política.

 

De los cuatro candidatos punteros en las encuestas, tan sólo el antiguo primer ministro de derechas François Fillon, representa a uno de las dos corrientes ideológicas que se han alternado en la presidencia desde al menos los años 1980. Los otros tres, Marine Le Pen (del xenófobo Frente Nacional), Jean-Luc Mélenchon (de extrema izquierda) y Emmanuel Macron (antiguo inversor financiero, ministro de economía con Hollande y de ideología difusa), se jactan de romper con la vieja política. Si las acusaciones de corrupción contra Fillon le impiden recuperar posiciones en las encuestas, todo apunta a que el próximo presidente francés saldrá de entre Le Pen, Mélenchon y Macron. Las élites económicas, políticas y culturales de la vieja nación europea le apuestan a Macron, quien ganaría fácilmente en el balotaje a Marine Le Pen, adelante en casi todos los sondeos para la primera vuelta.

 

Sin embargo, la noticia de la campaña ha sido la galvanización del voto de izquierdas alrededor de Mélenchon, un antiguo socialista convertido en el Bernie Sanders francés y que a través de su campaña en nombre de la Francia Insumisa podría dar la sorpresa y alcanzar la segunda vuelta contra la derecha xenófoba del Frente Nacional. Aunque el suicidio institucional es rasgo innato de los partidos políticos franceses (recuérdense los finales de la II, III y IV Repúblicas), por primera vez los ciudadanos tendrían que elegir entre dos candidatos que abiertamente proponen la revocación de algunos de los principios fundamentales de la V República, como la generosa política de asilo francesa, la unión con Europa, o la participación en la OTAN. Curiosamente, tanto Mélenchon como Le Pen abrogan por el proteccionismo económico, la renegociación de los tratados europeos y el fin de la subordinación francesa a la OTAN, así como la defensa de los bienes públicos (educación, sanidad, infraestructuras, ecología).

 

Es destacable la coincidencia de los extremismos ideológicos contra la Europa gobernada desde Berlín. El proyecto europeo combinaba en su origen la necesidad de redención alemana con los aires de grandeza franceses, todo ello bajo el contrapeso británico. Dicho de forma sencilla: los franceses llevaban las riendas de un proyecto sabiamente gestionado por los alemanes. Pero con la unificación alemana (que convirtió al país en el primer territorio en población y riqueza), la creación de unas instituciones monetarias europeas (moneda, banco central europeo) modeladas por los alemanes, y finalmente el Brexit, el equilibrio histórico se rompió a favor de Alemania. En general, es en los extremos del espectro ideológico donde se están elaborando los diagnósticos más agresivos contra la nueva Europa de los mercaderes. Pero no deja de ser curioso que sea en Francia donde esos extremos quizás alcancen en la próxima elección sus mayores cotas de aceptación electoral – quizás incluso por encima del apoyo obtenido por Syriza en Grecia.

 

Por supuesto, los dos candidatos extremistas también difieren en numerosos aspectos, como la política impositiva y la política identitaria. Para Mélenchon, hay que reducir la jornada laboral a 32 horas e incrementar fuertemente los impuestos para que todos los ciudadanos tengan derecho al trabajo. Además, propone la convocatoria de una asamblea constituyente que reforme las instituciones republicanas con vistas a generar más mecanismos de participación ciudadana (como el referendo revocatorio). Para Le Pen, hay que defender la identidad francesa de la amenaza perversa de los inmigrantes que no conocen la cultura y tradiciones del país. Por ejemplo, propone retirar la nacionalidad a aquellos franceses que cometan delitos en nombre de la yihad. Como parte del mismo paquete, Le Pen quiere hacer que “Francia sea grande otra vez”, con un incremento notable en el gasto militar.

 

Si los extremistas de izquierdas y de derechas pasaran a la segunda vuelta, se trataría de un caso único en la reciente oleada electoral contra el establishment observada en países como Estados Unidos (Trump), España (Podemos), Grecia (Syriza), Reino Unido (UKIP), Austria (FPO) u Holanda (PVV). Hasta ahora, los candidatos populistas “anti-sistema” siempre se han enfrentado a algún candidato más o menos bendecido por las elites, lo que permite a los votantes coordinarse alrededor del candidato “oficial”. En el caso de Francia, nos enfrentaríamos a un escenario completamente nuevo, donde ningún candidato en el balotaje defendería el status quo. En 2002, el sorpresivo segundo lugar del padre de la actual candidata del Frente Nacional condujo a un balotaje en el que todas las izquierdas votaron a favor del candidato de la derecha “decente”, Jacques Chirac. Pero en la hipotética situación de que Mélenchon se enfrentara en segunda vuelta contra Le Pen, cabe esperar una coordinación de las derechas alrededor de Le Pen, quien podría convertirse en la primera presidenta francesa gracias al miedo a la presidencia de un candidato que propone políticas novedosas de izquierdas. Al contrario, ¿estarían los votantes de derechas dispuestos a ayudar a la victoria de su contrincante ideológico para evitar el triunfo de una candidata que pondría en peligro los fundamentos solidarios de la República francesa? Si el oficialista Macron no alcanza la segunda vuelta, los votantes franceses podrían tener que optar entre dos proyectos de demolición de la V República: el de la simpatizante de Putin (Le Pen) y el del admirador de Chávez (Mélenchon).

 

@OpinionLSR


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