Forman legión los funcionarios y analistas mexicanos que todos los días nos alertan sobre la catástrofe –económica y social- que supondría para el país un eventual triunfo del republicano Donald Trump en las elecciones en Estados Unidos de mañana. 

 

Un número mucho menor ha tenido la capacidad de analizar a fondo las propuestas y circunstancias de la demócrata  Hillary Clinton. Y sabe que su llegada a la Casa Blanca también nos traerá problemas.

 

La ex secretaria de Estado parece identificarse con su adversario en el fondo de los temas centrales de la relación binacional, pero no los aborda con la misma estridencia ni los envuelve en la demagogia de Trump, animada por la ignorancia pero no carente de conexión con los reclamos de un amplio porcentaje de la ciudadanía estadounidense.

 

En el plano político,  el discurso de Trump es xenofóbico y racista en contra de los mexicanos, pero la señora Clinton se ha asegurado de criticar la incapacidad de la administración Peña Nieto para contener la violencia criminal, frenar los feminicidios, los ataques contra periodistas y muy particular, por la ausencia de voluntad política para castigar la corrupción.

 

El probable triunfo de Clinton traerá aparejadas acciones que al actual gobierno le complicarán las cosas y en cambio, pueden ofrecer una señal de aliento a manifestaciones opositoras en una agenda que va desde la equidad de género y el apoyo a migrantes hasta una batalla más a fondo contra la venalidad pública.

 

Ciertamente, la llegada de Trump desataría en los primeros meses y quizá años un clima de desconfianza generalizada hacia la estabilidad y viabilidad de la economía mexicana y su gobierno.

 

Es tal nuestra dependencia del mercado norteamericano en materia de comercio, inversiones, exportaciones y tipo bancario, que un desequilibrio mayor en las percepción sobre el futuro de las relaciones puede marginar al país de la confianza global, pues entendería que México es un sitio demasiado riesgoso para poner o conservar su dinero.

 

La primera señal de una estampida del capital extranjero la daría el mercado cambiario, empujando una paridad de al menos 25 pesos por dólar, según el cálculo de expertos, lo que podría ser sólo temporal, pero también empeorar, dependiendo de si Trump reitera ya como presidente, las amenazas proferidas, y las empieza a cumplir.

 

No sería necesario que Trump construya –más bien, amplíe- el muro fronterizo, sino que sólo mande una propuesta al Congreso o ponga el primer ladrillo, para que las cosas se pongan más negras.

 

No será indispensable que el republicano deporte como prometió, a 11 millones de mexicanos sin documentos. La histeria puede cundir aquí con el primer centenar de autobuses repletos de compatriotas rumbo a la frontera común.

 

Estos temas tienen el potencial de generar daños sistémicos al país. Por ejemplo, la paridad peso-dólar no es algo que afecte sólo a los importadores y otros sectores similares. Se estima que por cada 10% que cae el valor de nuestra moneda, se refleja en casi un punto porcentual en el aumento de la inflación general.

 

Todo esto ha sido debatido, previsto y aun temido en los últimos meses por un segmento importante del país.

 

Lo que nadie está discutiendo es qué va a pasar si la señora Clinton gana y en su toma de posesión en enero, reitera su demanda –como Trump- de renegociar el Tratado de Libre Comercio, un escenario en el que México tiene mucho más que perder que ganar.

 

Todos voltean hacia otro lado cuando se citan duras declaraciones de la candidata demócrata que parecen el epitafio para el acuerdo comercial transpacífico –TTP, por sus siglas en inglés-, que ha tomado años negociar a múltiples economías de la región, México incluido.

 

Los que han analizado la historia de las relaciones binacionales con la variable de qué partido esté en la Casa Blanca, han concluido que no necesariamente le va  mejor al país con los demócratas que con los republicanos, antes bien al contrario.

 

La lección esencial en esta historia común no es qué partido ocupa la Casa Blanca sino el cómo funciona Estados Unidos en su economía y en su política interna, y qué política externa decide a la luz de ello. 

 

Si a ellos les va mal adentro, que nadie aquí espere buenas noticias. Y por la disputa política vigente; por el nivel de crispación existente en su sociedad; por el mal estado de su economía. Porque Clinton, eventualmente ganadora, deberá atender a las decenas de millones de ciudadanos que votarán por Trump. Por todo ello, las noticias que surjan mañana pueden ser letales –si gana Tump- o muy inquietantes, al triunfo de Hillary.

 

robertorock@hotmail.com

@OpinionLSR

 



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