La relación de Estados Unidos y México va hacia tiempos complicados, más tal vez como resultado de percepciones que de realidades políticas.

 

O como dice la maldición china, pasará por "tiempos interesantes".

 

Para cualquier gobierno de los dos países sería muy difícil, no imposible pero extraordinariamente costoso y por tanto improbable, tratar de echar atrás una integración creciente en términos de economía, sociedad, productividad y seguridad.

 

Pero al mismo tiempo, eso hace que lo que ocurre en cada país sea del interés nacional del otro. Los rejuegos políticos internos, las fuerzas socioeconómicas que se manifiestan en uno y otro, afectan al vecino/socio/aliado.

 

La cuestión migratoria es el ejemplo más obvio. Lo que ocurre en México en términos "macro", que pudiera fomentar la migración hacia Estados Unidos, afecta social, económica y por tanto políticamente a ese país. Las medidas que adopte el gobierno estadounidense o las actitudes sociales tienen impacto en México.

 

A nivel "micro", el envío de remesas tiene impacto en la economía de cientos de miles de familia y su nivel de vida.

 

Y al contrario, guste o no, los migrantes -incluyendo a los indocumentados mexicanos y otros- son parte del aparato productivo estadounidense.

 

A otros niveles, los Estados Unidos pueden pasar sin la colaboración mexicana en temas de seguridad, pero necesitarían regresar muchas de sus fuerzas del mundo y con ello conceder que ya no quieren o tal vez no pueden mantener su hegemonía.

 

Ya hace años Leonel Castillo, Comisionado de Inmigración en el gobierno de Jimmy Carter,  bromeaba con la idea de que si por alguna razón México pudiera dar tal vuelco económico que los indocumentados mexicanos dejaran Estados Unidos para regresar a su país, habría hasta el riesgo de una guerra para demandar su retorno al trabajo.

 

Casi 25 años después una comedia/documental recogía la premisa bajo el título "Un día sin mexicanos", para mostrar la profundidad de la integración de la mano de obra mexicana en el aparato productivo estadounidense.

 

Y ciertamente, los vaivenes que ha registrado el peso durante la campaña electoral estadounidense se han convertido en el mejor indice de la suerte del republicano Donald Trump.

 

Una reciente medida de la empresa Ford puso de relieve la situación: envió a una planta en México su fabricación de vehículos pequeños para poder hacer en Michigan las camionetas que demanda su mercado interno. La fabricación de aquellos no le resulta costeable en Estados Unidos, pero sí en México.

 

La integración está ahí, pues. Pero también los factores que desde el lado estadounidense pueden afectarlo, sin descontar con las posibilidades de que en México llegará a haber algún aprendiz de brujo que tratara de reinventar el hilo negro.

 

Es cierto que hay un sector de la opinión pública estadounidense, evidenciado en el impacto del candidato presidencial republicano Donald Trump, que se siente afectado por el libre comercio, que resiente a los migrantes y se siente inseguro, en una triplete representada en buena medida por la imagen sobre la situación en México y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

 

De acuerdo con las últimas encuestas y tendencias, lo más probable es que Trump pierda. Pero eso no borra a sus ahora seguidores. Como gobierne la presunta ganadora, Hillary Rodham Clinton y como responda a las inquietudes de ese sector de la población estadounidense tendrá un impacto en la relación bilateral.


Debe iniciar sesión para poder enviar información

Debe iniciar sesión para poder enviar información