Con las convenciones del Partido Republicano y Demócrata concluye un largo e interesante proceso que terminó por hacer de lo inesperado, la constante. Por un lado, realmente pocos esperaban que Donald Trump y su diatriba discriminatoria y aislacionista en nombre del poder y la grandeza norteamericana se coronara como candidato republicano. Por el otro, aunque pocos dudaban que Hilary Clinton llegaría a ser la candidata demócrata, fue minoría quien suponía que llegaría al final con tan baja popularidad y sin el arrastre necesario.

 

Sin embargo, la realidad superó a la ficción y Trump ya es candidato y Hilary está por convertirse en los próximos días. A partir de estas certezas, casi las únicas que existen en este proceso, conviene tratar de saber cuál será el desenlace para nuestro país y para el mundo en el caso del triunfo de uno u otra, en el entendido de que cualquiera de los dos puede ganar la contienda presidencial.

 

Complica este ejercicio especulativo donde hasta ahora los discursos se han centrado en ganar la confianza y el voto partidista. No parecen extrañas las propuestas de Trump: un paraíso perdido sitiado por muros y una revisión de los tratados comerciales para imponer su supremacía a cualquier costo. Por otro lado, el discurso Hilary ha radicalizado su discurso de izquierda claramente atentatorio contra libertades y derechos fundamentales, como la libertad religiosa y el derecho a la vida, para complacer a los seguidores de Sanders que, además, están muy enojados por la filtración de los mensajes de correo difundidos por  Wikileaks donde se revela la supuesta parcialidad de la dirigencia del Partido Demócrata a favor de Clinton. 

 

Como sea, para un país como México, con una de las fronteras con Estados Unidos más extensas y porosas del mundo, nada mejor que definir una posición que permita la construcción de la mejor vecindad posible con una potencia a la que está anclada nuestra economía y muchos aspectos de la vida nacional. En ese contexto, resultó significativo el último encuentro de Barack Obama y Enrique Peña donde, entre otras cosas, se blindaron los principales cuadros que rigen la relación bilateral y se prepararon las mascarillas de oxígeno ante la eventualidad de que falte aire después de las elecciones norteamericanas de noviembre.

 

Ante tal incertidumbre, conviene dejar claro: la prioridad debe estar centrada en una agenda estratégica, de compromisos y exigencias máximas más que en la personalidad de los aspirantes. Ayuda aclarar, la prosperidad en un mundo globalizado parte de la capacidad para identificar las diferencias y de encontrar en esto las oportunidades; y esta prosperidad debe ser mutuamente apreciada. También considera la centralidad en el respeto a los derechos humanos de nuestros connacionales. Seguir insistiendo: de un lado están las oportunidades y del otro las amenazas es insostenible y poco rentable para dos países con tantos vínculos. Como se puede apreciar, no es la seguridad fronteriza per se ni la agenda migratoria de manera exclusiva lo que preocupa a dos países tan unidos sino una agenda integral por el desarrollo humano sustentable en ambos lados de la frontera lo que debe animar el debate público antes y después de conocer al próximo presidente o presidenta de los Estados Unidos.

 

En este sentido, el Partido Acción Nacional será un atento observador de la elección norteamericana convencido, ante cualquier ganador, debe apostar por una relación digna y de buena vecindad. Acción Nacional debe buscar el respeto de los derechos y avances ganados en complejas negociaciones y , al tiempo, han sido  productivas para ambos países. Aún más, ante la posibilidad de ganar la presidencia en 2018 y tener como misión encabezar la representación nacional ante la comunidad internacional y en especial ante el vecino país del norte, se debe asegurar desde ahora nuestra disposición y capacidad para entablar relaciones de mutuo respeto, equitativas, amistosas y productivas con quien reciba la confianza de los ciudadanos estadounidenses.

 

La elección norteamericana está protegida por la soberanía de un pueblo que cree en la democracia y que la ejerce de manera singular. A México le toca ser equidistante y velar, con base en la misma soberanía que nos asiste, por el respeto a los derechos humanos consignados en el derecho internacional sin permitir interferencias que comprometanel intercambio de bienes y servicios y la movilidad de capitales y personas entre dos pueblos tan estrechamente vinculados.

 

@MarcoAdame

@OpinionLSR



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