El inicio de 2017 estuvo marcado por acontecimientos que serán determinantes para el futuro de la democracia en América Latina, particularmente en Venezuela y México. 

 

En medio de una profunda crisis social, económica y política, el pasado 5 de enero se instaló en Venezuela la Asamblea Nacional y asumió la presidencia el diputado Julio Borges, líder del Partido Primero Justicia y de la mayoría opositora que integra la Mesa de la Unidad. Este hecho ocurrió entre amenazas de disolución y cambios sorpresivos en el gabinete durante la víspera, lo que refleja la tensión que se vive en torno al único espacio de democracia formal que prevalece en Venezuela, luego del desmantelamiento autoritario impuesto por Nicolás Maduro en todas las instancias de representación democrática.

 

Lo que hoy sucede en Venezuela es una verdadera tragedia luego de las medidas populistas del chavismo y de la represión del régimen de Maduro. Diecisiete años bastaron para sumir a Venezuela en este laberinto de dolor y abandono de responsabilidades de parte de sus autoridades. La crisis social se vive en la inseguridad, la violencia creciente y en las largas “colas” donde la población se juega la vida día a día para obtener alimentos racionados y medicinas que no se consiguen por el desabasto general de productos básicos. La crisis económica se debate entre la escasez de efectivo por el retiro amañado de flujo y una inflación galopante de 700% que hoy tiene a ese país en la tabla de las 57 naciones que a lo largo de la historia han alcanzado la híper-inflación en su economía. De la crisis política, sólo basta recordar el fracaso del diálogo mediado por El Vaticano y la negación de los derechos políticos fundamentales luego de haber secuestrado el referendo revocatorio del año pasado.

 

Lo que hasta hace poco parecía impensable, hoy es una realidad en la patria de Bolívar. El populismo ha sido superado para dar paso al autoritarismo puro que es la consecuencia de un régimen de mentiras y sin contrapesos que hizo del petróleo la fuente de financiamiento de la revolución bolivariana con cargo a sus ciudadanos y de la corrupción rampante la práctica de sus gobernantes. 

 

Hace unos días la Asamblea Nacional declaró el abandono del cargo del presidente Maduro, precisamente un día antes de que cumpliera cuatro años en el puesto, a fin de generar condiciones para realizar las elecciones que prevé la constitución venezolana. El futuro es incierto para esa nación y lo único claro es que hoy hay un pueblo más consciente y en pie de lucha y un Congreso decidido a ser su voz y a que se cumpla la Constitución. 

 

México vive momentos de preocupación e indignación por el gasolinazo. La última medida que nos recetó el gobierno durante las fiestas de Navidad es el alza sin precedente de la gasolina que, sin duda, afectará la economía de las familias y desencadenará  la espiral inflacionaria. El hartazgo contra el gobierno del presidente Peña y contra los distintos representantes de la clase política ha alcanzado niveles de repudio y agitación social que amenazan la gobernabilidad del país. De fondo y forma la medida es rechazada por una población que ha sido lastimada por un gobierno sin credibilidad y que ha perdido la confianza ante los abusos y escándalos de corrupción, impunidad y privilegios que indignan a los ciudadanos. Como lo hemos visto, en medio de las protestas legítimas, no han faltado los oportunistas y delincuentes que han buscado sacar raja del descontento a través del vandalismo y los saqueos, lo que no anula ni desmerece las manifestaciones de rechazo y el repudio de la población a las medidas que ha tomado el gobierno.

 

Hasta el día de hoy han fracasado los mensajes presidenciales y las explicaciones llenas de tecnicismos de los funcionarios de Hacienda para aliviar el descontento. El gabinete está ausente y la incapacidad del gobierno para proponer un pacto social para enfrentar la crisis ha quedado en la orfandad ante la precipitación y la falta de consenso entre gobernadores, sindicatos y los líderes de la Coparmex. Todos ellos dijeron en distintos tonos que no se discutió la propuesta, algunos ni siquiera fueron convocados y tampoco se construyeron los acuerdos básicos para el tamaño de la crisis. Con cierto desgano y pereza pareció más una mala copia de acuerdos pasados ante las distintas crisis que hemos tenido o una maniobra publicitaria. Por ello no se adhirieron sectores clave  y ya circulan las contra propuestas para el acuerdo que México necesita.

 

Ante todo esto, lo preocupante es que el descontento y la falta de respuesta le abran la puerta al populismo de distintos signos y que en la desesperación el país se entregue a los brazos de quien propone salidas fáciles y soluciones espectaculares por obra y gracia de un nuevo gobernante, al precio que sea y de cualquier forma. Esto es lo que hace algunos años pasó en Venezuela y hoy se sufren graves consecuencias. En México, López Obrador sonríe mientras esto sucede y parece más preocupado por posicionarse vendiendo la idea de que PRI y PAN son lo mismo que por la situación del país. Prácticamente no deja pasar un día sin acudir a la ventajosa campaña de spots y redes para denostar con verdades a medias a fin de entusiasmar con su república amorosa y vender la rebelión en la granja que le permita ser el nuevo salvador de la patria.

 

Ante la grave crisis que vive México no hay salidas fáciles. Sólo hay salida si cada uno asume su responsabilidad y se compromete con una agenda de cambios que han sido pospuestos una y otra vez. Hay salida si el gobierno, las fuerzas políticas, la sociedad organizada y los ciudadanos independientes nos unimos para enfrentar los retos internos y externos que amenazan la viabilidad del país. Esto exige que el gobierno rectifique y la sociedad se comprometa. Exige poner la agenda electoral en su lugar para que no obstruya las coincidencias y cambios que necesitamos, después puede ser ya muy tarde.

 

@MarcoAdame


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