La segunda mitad de la década del 60 no fue nada fácil para la revolución cubana y los permanentes intentos de Castro de convertirse en el líder del modelo revolucionario latinoamericano. La guerra de Vietnam había acentuado el conflicto Este-Oeste a su máxima expresión. La línea divisoria de los “amigos y enemigos” de cada bando se hacia más inflexible y no cabía lugar a experimentos independentistas. 

 

En 1965,  Estados Unidos invade la República Dominicana con el fin de aplastar una insurrección guerrillera dentro del gobierno progresista de Juan Bosch; en 1968 la Unión Soviética invade Checoslovaquia - en lo que la historia llamaría “la primavera de Praga” - con el objetivo de aniquilar todo experimento  político alejado del control ideológico de Moscú.  Ya no estaban Kennedy (asesinado por quién sabe qué oscuros intereses) en Estados Unidos y  tampoco Kruschev (depuesto por la nomenclatura del Soviet Supremo). Lyndon B. Johnson y Leonid Brezhnev, eran los nuevos  amos de la guerra fría y ahora el mundo debía girar ante sus parámetros, caprichos y rumbos ideológicos.

 

Más por un tema económico que político, la China de Mao Tze Tung, con los años simplificado a Mao Zedong, abandona el apoyo internacional a la lucha armada insurrecta  y,  abrazándose en  una  revolución cultural, trata de expandir su ideología de guerra revolucionaria  a través del famoso “libro rojo”, que da la vuelta al mundo y se convierte en la lectura obligada de las tertulias literarias y políticas progresistas. Mao lanza al mundo su “teoría de las cuatro contradicciones”,  en donde ubica al mundo sometido ante dos demonios: el capitalismo invasionista americano y el socialismo expansionista soviético.

 

Johnson, por su parte,  justifica su  posición  de preservar espacios de poder al lanzar su teoría intervensionista de las “fronteras ideológicas” y Brezchev proclama que la soberanía de un país no es absoluta sino limitada, cuando su seguridad interna atenta contra los principios ideológicos de su concepción como país.

 

En 1967 muere en Bolivia Ernesto “Che” Guevara, fusilado  por las fuerzas armadas de ese país y traicionado por sus mismos ideales. Cuba pierde un comandante,  la revolución gana un mito. Meses después le siguen el mayo francés, el Tlatelolco mexicano,  la primavera de Praga, el asesinato de Luther King y Robert Kennedy. El mundo se sacude en el absurdo de una guerra fría que se va calentando.

 

Fidel Castro vuelve a soñar con un espacio independiente en ese mundo bipolar y lleno de tensión. Tenía carisma, tenía su fe revolucionaria, tenia miles de políticos, intelectuales, estudiantes, académicos, escritores, poetas,  que alababan ese romanticismo tan caribeño, pero le faltaba dinero para exportar todo eso. 

 

Castro trazó entonces una meta para la zafra de 1970: la isla debería alcanzar las 10 millones de toneladas de azúcar, principal moneda de canje para el comercio exterior de entonces, y como lo había expresado el líder, alcanzar tal meta simbolizaba la emulación revolucionaria. (hay una canción de Carlos Puebla que dice ….”y dijimos que diez serán”).

 

Llegar a los 10 millones de toneladas de azúcar se convirtió en un número mágico. Alcanzar tal cifra significaba producir casi tres millones de toneladas más que el récord histórico nacional, antes del triunfo de la revolución en 1959, y,  sobretodo,  representaba casi el doble de lo que se había logrado -en promedio- durante la primera década de gobierno revolucionario. Era, a todas luces, un verdadero exabrupto haber puesto tal suma.

 

Sólo era posible en la mente de un Fidel vigoroso, que terminó paralizando prácticamente a todo el país en aras de reforzar la actividad cañera. Durante meses no parecía haber otra cosa más importante en la vida de la gente que la zafra, lo cual implicó una movilización masiva de citadinos inexpertos al corte en los cañaverales. Tales acciones terminaron teniendo un costo que fue más allá de lo económico. A pesar de todos los esfuerzos y sueños, no se logró conseguir la meta planificada, produciendo poco más de 8 millones de toneladas.

 

Hoy resulta evidente que ese año terminó siendo el punto de quiebre para los sueños de una revolución fresca y creativa. Poco después Cuba terminó de refugiarse en la órbita soviética. El país caribeño acabó siendo un satélite de Moscú, como lo reconocería años más tarde el mismo Fidel Castro; tal vez muy tarde, cuando ya los pedazos del Muro de Berlín eran vendidos como souvenir para turistas.

 

Cuando se mira en retrospectiva, y se ven las condiciones de la economía cubana de fines de los 60, resulta evidente que la isla no tenía las condiciones para la emulación propuesta por Castro y esa experiencia fue, sin duda, un sinónimo del fracaso.

 

Nos reencontramos en el próximo episodio

 

@gferrariw

@OpinionLSR

 

 

 

*Gustavo Ferrari WolfensonDoctor en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Consultor de las Naciones en temas de fortalecimiento institucional para gobiernos. Profesor de Gobernabilidad y Ejercicio del Poder del Centro de Estudios Internacionales de la Universidad de Harvard  y del ITAM. Residente buena parte del tiempo en el estado de Quintana Roo.

 


Debe iniciar sesión para poder enviar información

Debe iniciar sesión para poder enviar información