De pronto, como aves que cruzan el pantano, y manchan el pantano, aparecen en el cielo político de México una parvada golondrina de empresas que se dedican ‘de manera profesional y científica’  a hacer encuestas, sobre todo en lo electoral y en tiempos de campañas electorales.

 

El negocio para estas oficinas es pingüe por varias razones; en primer lugar porque tanto candidatos como partidos como gobiernos y medios quieren saber por dónde anda la opinión de sus presuntos votantes y en qué punto se encuentran ellos, por lo mismo las contratan como si fueran pan de dulce.

 

En segundo lugar porque para saber el misterio del futuro electoral y político de cada uno y de todos ellos, les pagan cantidades exorbitantes que salen casi siempre de las prerrogativas que pagamos nosotros a los partidos políticos, a los políticos y a quien vive del presupuesto nacional.

 

En tercer lugar porque con el pretexto del ‘si hoy fueran las elecciones…’ hacen lo que llaman una fotografía del momento electoral y encandilan tanto a los candidatos como a los partidos y a gobiernos, y suponen que deslumbran a los electores y, por lo tanto, hacen públicos sus resultados cuando les es conveniente: con frecuencia, y con estos resultados, algunos aspirantes a vivir  fuera del error –que es vivir fuera del presupuesto nacional- o se engañan o quieren engañar.

 

En muchos casos, se sabe, las encuestas están a modo y por lo mismo ponen ‘a la cabeza’  de la voluntad ciudadana a quien pagó para que así fuera, aunque no corresponda a la realidad el día de las elecciones, luego de lo cual estas empresas atribuyen a la volatilidad de la voluntad ciudadana y a ‘error humano’ el que sus resultados no tengan que ver con lo que ellos cantaron a lo largo de los meses de campaña; aunque no devuelven la lana.  

 

Así que un buen número de empresas que se dicen conocedoras de la magia de la prestidigitación a partir de preguntar a los electores potenciales en espacios específicos, a grupos humanos específicos y en base a cuestionarios cerrados o abiertos, con universos de género, de ocupación, nivel social, espacio geográfico, tiempo, forma y… tal y tal; estas empresas –se sabe- se registran ante las autoridades dando a  conocer su sabiduría y métodos; su estrategia y sus capacidades, para así obtener el beneplácito correspondiente y cobrar a sus clientes políticos.

 

Así que a la vista del 5 de junio próximo cuando 26.6 millones de mexicanos podrían ir a elegir 1,304 cargos de representación popular, a 12 gobernadores, ayuntamientos y un presidente de comunidad en Tlaxcala, es decir, en 14 estados de la República Mexicana, las encuestadoras están ya, a la vista, con sus apetitosos resultados.

 

Pero ocurre que nada ocurre. Y por lo mismo, poco a poco como que, tanto encuestas como encuestadores, están a disposición del escrutinio público no por sus aciertos, sí por sus errores.

 

Y esto no es sólo un tema mexicano; en el mundo cada vez es más frecuente la desconfianza y, en algunos casos incluso, se ha puesto en tribunales el tema del gasto para pagar desaciertos…

 

Por ejemplo, en Uruguay, durante las elecciones parlamentarias y presidenciales en 2014, al término del mandato del presidente Mújica en marzo de 2015, las principales encuestadoras anunciaban el triunfo de la oposición conservadora. Al final ganó Tabaré Vázquez, del Movimiento de Participación Popular, dentro del Frente Amplio. Naturalmente la rechifla en contra de las empresas encuestadoras fue fenomenal…

 

O como ocurrió en las elecciones generales del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte que se celebraron el jueves 7 de mayo de 2015. El fiasco de las encuestadoras fue supremo, lo que obligó a que el British Pollíng Council abriera una investigación para determinar por qué ocurrieron estos errores y por qué se tiene que pagar por ellos.

 

Asimismo ocurrió en Argentina durante las campañas electorales en las que las encuestadoras daban el triunfo presidencial a al candidato oficialista Daniel Scioli, el resultado final el 25 de octubre de 2015 fue el triunfo del conservador Mauricio Macri. Así que las famosas encuestas no fueron capaces de predecir la voluntad electoral mediante el pulso democrático.

 

Ya en México hemos tenido ejemplos de errores garrafales. Un ejercicio interesante será el ver cuáles han sido las predicciones electorales de estas empresas en 2012, 2015 y ahora en las elecciones de este 5 de junio y contrastarlas con los resultados finales. Ya se verá entonces quién es quién en esto de saber qué quieren los ciudadanos y por qué.

 

De hecho, durante las elecciones de 2012, las encuestas que diariamente exponía un presentador en la televisión conducían hacia triunfos que luego fueron anulados por el voto. Esto obligó a que el presentador pidiera disculpas y que su presencia en la televisión fuera a cero.  

 

Ya hoy tenemos encuestas por todos lados, previo al 5 de junio, en cada uno de los 14 estados en los que habrá elecciones e incluso en los municipios. Todo mundo echa su cuarto a espadas. Y sí, hay encuestas que operan con rigor y con la mejor intención… Si las hay.

 

Pero hay muchas otras que, lo dicho, manchan el pantano; son aquellas encuestas pagadas y publicadas por una malvada maniobra política que quiere inducir, hacer creer y engañar. Ahí está, por ejemplo, el caso de Alejandro [Murat] en Oaxaca, que ha hecho de lo mediático su fórmula y hace de las encuestas a modo su presunción de apoyo ciudadano.

 

Al final, como en todos los casos, si la transparencia electoral y la fortaleza democrática predominan, ganará quien decida la mayoría que asista a votar; si hay chanchullo no, y si es esto, entonces sí habrán acertado sus encuestadores en sus predicciones.

 

@joelhsantiago

@OpinionLSR



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