La semana pasada, con la invitación a Trump a Los Pinos, concluyó el sexenio de Enrique Peña Nieto. Ahora todo es control de daños y evitar la posibilidad, remota, pero real, de que se genere una ola de movilizaciones que busque la salida anticipada de Peña de la Presidencia. A eso evidentemente respondió la salida de quién había sido el hombre más cercano al Presidente e incluso quien diseñó y operó el propio proyecto presidencial de Peña. Era la cabeza de Videgaray o poner en riesgo la propia. De ese tamaño fue el despropósito de la invitación a Trump. La salida sirve también para recuperar parte de la confianza perdida por los mercados en el gobierno mexicano. Por años se les prometió que los balances financieros se recuperarían con crecimiento económico y mayores ingresos, lo cual nunca ocurrió.

 

El sexenio se terminó porque Peña perdió el liderazgo, porque su administración ya no tiene una narrativa, porque el prestigio internacional está por los suelos y los niveles de aceptación popular son bajísimos. El proyecto del sexenio fracasó, solamente queda terminar el periodo. Una vez concluido el sexenio quedan varios pendientes. Uno es conservar el Estado de México. Para ese propósito se ha designado a Luis Miranda, el operador político del Presidente, a la Secretaría de Desarrollo Social. Eso quiere decir que no se va a escatimar esfuerzo alguno para conservar el Edomex, lo que será el refugio de Peña después del 2018. Se terminaron los intentos por renombrar los programas o incluso discutir la pertinencia de las mediciones de pobreza. Lo importante ahora es evitar una pérdida mayúscula, la gubernatura mexiquense, que significaría el fin de todo el grupo político que gobierna.

 

Tampoco se hará mucho por consolidar las famosas reformas, mucho menos lanzar nuevas iniciativas. Lo urgente es evitar que el crecimiento de la deuda genere una crisis económica de magnitudes mayúsculas. No importa mucho que la economía no crezca, lo único que cuenta es la estabilidad financiera. El recorte será lo profundo que las calificadoras y el Banco de México quiera, al fin y al cabo la inversión pública ya es la más baja de la historia. La reforma educativa ni se ajustará para mejorarla y hacerla viable, ni se impulsará en serio.

 

En seguridad se aprobará el mando mixto, o el único o el que sea. Ya no se avanzó y no se avanzará en la construcción de una carrera policial que asegure la certificaron y las condiciones laborales de una policía confiable. La seguridad, a pesar de que cada día se gasta más dinero, no mejora y no tenemos políticas creíbles para mejorarla. En realidad ya no se aspira a reducir la enorme inseguridad que se ha vuelto estructural en el país. Se apagan en la medida de lo posible los fuegos que surgen a lo largo del país, pero eso de pacificar el país ya no sucedió en el sexenio actual.

 

En materia de combate a la corrupción, el gobierno cedió a los grupos de la sociedad civil la responsabilidad del diseño de un nuevo modelo, que podría tener resultados, pero hasta en años próximos. Mientras tanto, en realidad la corrupción no se persigue. Contra los gobernadores de Chihuahua, Veracruz y Quintana Roo existe mucho humo, pero ninguna investigación. Todavía no se designa al nuevo titular de la Secretaría de la Función Pública, que tiene que ser suficientemente independiente para ser ratificado por el Senado, pero también lo necesariamente cercano para servir de contralor interno.

 

De las obras públicas ni hablar. Del nuevo aeropuerto no estamos seguros que se esté construyendo o que algún día se concluya. De alrededor de 25 mmdp de pesos presupuestados se han ejercido solamente mil, el resto de los recursos están fideicomitidos. El total del costo del Aeropuerto ya se actualizó de los 120 a los 180 mil millones de pesos. No se conoce si se recurrió a la bolsa para comprometer los ingresos por los ingresos futuros, por los pagos de los pasajeros o por su uso. El tren a Toluca simplemente no se terminará en los próximos dos años. El resto de los proyectos simplemente se cancelaron y hoy tenemos la inversión pública más baja desde la Segunda Guerra Mundial. El sexenio de Peña será el de cero infraestructura. Incluso la apuesta a la inversión privada fue fallida. Fuera de un par de tramos carreteros, la inversión financiada simplemente nunca se concretó.

 

La agenda de derechos tampoco parece avanzar. El interés por el matrimonio igualitario terminó el día mismo que se presentó la incitativa. Después ni se cabildeó, ni se argumentó a favor, ni se corrió riesgo alguno. Después del primer grito de la iglesia, el propio partido del presidente se apresuró a quitarle el respaldo a la propuesta. Con respecto a la descriminalización de la marihuana, lo mismo. Nunca se explicó que no se trataba de legalizar el consumo, solamente de no encarcelar a consumidores.

 

Los propios funcionarios de la Secretaría de Salud se encargaron de enterrarla. Adiós a la crítica que hizo el Presidente en la ONU al sistema global de control de drogas que genera enormes costos para el país. Por cierto, después del asunto de Trump, cualquier intento por encabezar alguna causa internacional sería ridículo. ¿Alguien piensa seriamente que, por ejemplo, México pueda encabezar los intereses de América Latina frente a un abusivo mandatario de los Estados Unidos?

 

El sexenio ya terminó. Ese es el mensaje que claramente envía el presidente. Todo ánimo reformador quedó cancelado. Se fue quien fungía de primer ministro y se fue porque perdió la confianza de los mercados y porque ocasionó la crisis diplomática más grave de sexenio alguno. Se terminó el sexenio y los resultados nunca llegaron. La baja popularidad no es resultado de su valentía de pelear contra poderosos intereses que se oponían a las reformas. Su impopularidad se deriva de la falta de resultados y de liderazgo. Ahora sólo queda que ésta administración no termine en una crisis mayúscula. Pero, eso sí, lo importante ahora es mantener el Estado de México. Cueste lo que cueste.

 

@vidallerenas

@OpinionLSR

 

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