No cabe duda que el neoliberalismo permeó en la opinión pública mexicana como en ningún otro lugar del planeta. Eso evitó que las reformas de mercado tuvieran los contrapesos correctos para funcionar. Basta ver como hoy se vende la apertura energética como una suerte de nueva independencia económica nacional. Eso previene que ideas progresistas, que buscan reducir las brechas de desigualdad, sean analizadas sin prejuicios. Por ejemplo, en la discusión en torno al salario mínimo, asegura el gobernador del Banco de México, que su incremento provocaría inflación, como en los fatídicos tiempos de los años ochenta.

No existe evidencia para sustentar que eso sucedería necesariamente. Esto, especialmente, en un país en donde simplemente no existe un sindicalismo independiente, honesto y organizado para exigir incrementos salariales importantes. Para bien y para mal, en México no hemos tenido una huelga importante en años.

La fuente de los moderados incrementos de precios de los últimos años está en el valor de los alimentos afectados por el cambio climático, la inflación importada por el incremento del tipo de cambio y los ocasionados por las empresas con poder de mercado capaces de imponer mayores tarifas a los consumidores.

En caso de que el salario mínimo creciera en una proporción controlada pero significativamente mayor que la inflación por algunos años, hasta alcanzar paulatinamente un nivel similar a los mínimos de otras economías de ingreso medio, no tendría por qué tener un efecto negativo importante ni el nivel de precios, ni la competitividad. Por otro lado, ayudaría a reducir los niveles de desigualdad.

La idea de que los salarios mínimos genera un impacto importante en la inflación tiene como origen la  estrategia de estabilización de los años ochenta que hizo de los controles salariales, no solamente del salario mínimo, un mecanismo de control de precios. De hecho eso explica por qué llegamos a un salario mínimo que en realidad no regula el mercado laboral. Dicha política pudo haber ayudado a reducir la escalada de precios, junto a otras medidas como la apertura comercial, pero a costa de que fuera el salario la variable que más se ajustara a la baja.

Como el proceso de ajuste privilegió el recuperar los equilibrios macro sobre cualquier otra prioridad, también se desmantelaron los mecanismos de protección social y se sustituyeron por otros, que en realidad buscaban contener el descontento por la crisis. El resultado fue el crecimiento de los niveles de pobreza, ocasionado por la inflación desbordada por los excesos estatistas, pero también en la naturaleza regresiva de las políticas de ajuste.

Logramos reducir la inflación a los mejores estándares internacionales, eso es algo muy valioso, pero insuficiente para recuperar los niveles de ingreso de hace cuatro décadas. Para eso hace falta mejorar la productividad laboral, es verdad y se hace poco al respecto, pero también construir mecanismos e instituciones que ayuden a incrementar el valor del salario frente a otros factores de la producción.

La relación entre inflación y los incrementos de salarios no es clara en la literatura, tiene que ver con las expectativas de los agentes económicos y de las estructuras de costos.  En todo caso, no parece haber evidencia que demuestre que un incremento paulatino del mínimo hasta llegar a niveles superiores a los de las líneas de pobreza provocó incrementos de sustanciales de precios en Brasil, Uruguay o Argentina.

Una vez salvado el asunto técnico de desvincular el salario mínimo como regente al pago de multas, el crecimiento paulatino del mínimo no tiene porque ocasionar incrementos similares en el resto de los salarios de la economía, de tal forma que se genere una escalada de precios debido a que los agentes económicos esperan dicho incremento y entonces se adelantan y piden un salario mayor.

Lo que ha sucedido es que el incremento del mínimo presiona a la alza los rangos de salarios de niveles similares, lo que no genera un fenómeno de incremento sistemático y general de precios. En todo caso, el incremento debe determinarse por medio de un cuidadoso sistema de monitoreo tanto del nivel de precios, como de los costos de las empresas, especialmente las de menor tamaño.

Tampoco parece haber una relación directa entre el incremento de salario y la informalidad, de hecho, lo que se conoce para el caso mexicano es que los individuos recurren precisamente a la economía informal porque los salarios formales son muy bajos.

Subir el mínimo es una medida que desarrollada con cuidado tendría efectos muy positivos para reducir la pobreza y la desigualdad, potenciar el mercado interno e incluso mejorar la competitividad laboral si se acompaña de estabilidad y formación de capacidades.

No se trata de una medida encaminada a incrementar la mayoría de los salarios  para eso se requiere de mayor inversión y mejores políticas para integrar la tecnología a las actividades productivas. También de un sistema de representación sindical democrático, moderno, capaz de representar la demandas de los trabajadores y llegar a acuerdos productivos con las empresas.

El acusar el peligro de una escalada inflacionaria como una consecuencia necesaria de la medida es falaz y no corresponde a la evidencia internacional. No tenemos que renunciar a la estabilidad macroeconómica para asegurar mínimos salariales a personas que actualmente ganan un salario miserable, ni siquiera tenemos que esperar a que incremente la productividad para que eso suceda, es sólo cuestión de dejar a un lado nuestros arraigados prejuicios neoliberales.

 

@vidallerenas



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