En los últimos días del mes de noviembre de 2016, con toda la pompa y revuelo habituales en estos actos protocolarios de la Ciudad de México, el Jefe de Gobierno entregó a la Asamblea de Representantes el proyecto de decreto del Programa General de Desarrollo Urbano (PGDU). El nuevo documento, del que todos lo orgullosos miembros del presídium presumieron que era el instrumento de planeación que ahora sí va a resolver el marasmo de la ciudad, sustituye a la versión anterior publicada en el año de 2003.

 

En un proceso que se dijo inédito (y que por supuesto no lo es, porque el mismo procedimiento ya se ha utilizado varias veces) el programa fue elaborado a lo largo de 14 meses en reuniones y talleres en los que participaron los miembros consejeros del Consejo para el Desarrollo Urbano Sustentable (Conduse) de la ciudad. Como botón de muestra (ya sea de la ingenuidad o de las verdaderas intenciones de los organizadores del proceso, eso no lo sabemos), la inoperancia del Conduse queda crudamente expuesta por el hecho de que, como lo presumió el titular de la Seduvi en el evento, el consejo tiene más de 2,220 consejeros.

 

Para darnos una idea de lo que eso significa, si aplicamos esa regla de proporcionalidad a la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, tendríamos aproximadamente 33,000 diputados, y si lo calculamos para la de senadores, contaríamos con unos 8,500 senadores. Claro que en estos dos últimos casos se trata de servidores públicos pagados por el erario y en el caso del Conduse se trata de miembros honorarios sin goce de sueldo. Pero el punto en este caso no ese ese, el problema estriba en el diseño institucional: ¿qué resultados se pueden obtener de un espacio de discusión en el que participan más de 2,220 miembros? Ah, pues uno que se llama proyecto de decreto del Programa General de Desarrollo Urbano de la Ciudad de México.

 

Como era absolutamente previsible, los consejeros decidieron que nuestra ciudad debe convertirse en algo así como el paraíso terrenal. Seguramente sin tomar muy en serio el contexto en el que se seguirán tomando las grandes decisiones, los consejeros decidieron que tendremos una ciudad incluyente y equitativa, en donde los habitantes encontrarán igualdad de oportunidades para desarrollar su potencial individual y colectivo, lo cual es sin duda un objetivo muy loable, pero nos intriga saber con cuál de los instrumentos de la política urbana se logrará que eso suceda (porque finalmente se trata de un programa de desarrollo urbano, ¿o no?).

 

También decidieron que tendremos una ciudad en la que las actividades humanas reducirán el impacto negativo al medio ambiente a través de “sistemas de planificación basados en la preservación del medio ambiente” lo cual es interesante porque hasta ahora nunca se ha logrado y afirmaron además algo inaudito: que “…el consumo de petrolíferos es directamente proporcional a las emisiones contaminantes y de compuestos de efecto invernadero”. Si entendemos a la manera convencional el sentido de causalidad implícito en el argumento de proporcionalidad, entonces con la misma lógica podemos decir que el humo que sale del escape de un auto es directamente proporcional al color de la carrocería.

 

Pero bueno, hablando un poco más en serio, el problema de fondo es que la letanía de estadísticas descriptivas, propósitos oníricos y lugares comunes continúa a lo largo de muchas páginas del PGDU, sin que en ningún momento se explique y se especifique cómo se pretende llegar a la ciudad que propone. Porque una cosa es proponer, por enésima vez, “…integrar políticas,…, identificar zonas,…, desincentivar el uso del auto,…, formular instrumentos de desarrollo urbano,…, actualizar las guías de impacto urbano e impacto ambiental,…” etc., etc., y otra muy diferente es decir con todas sus letras cómo y con qué fundamentos y criterios se tiene que hacer cada una de esas cosas.

 

Lástima que se perdió, una vez más, la oportunidad de hacer un nuevo programa de desarrollo urbano que defina claramente cómo empezar a ordenar la ciudad que tenemos. Nos queda el consuelo de tener un consejo de desarrollo sustentable de más de 2,220 consejeros. Bueno, quizá con eso tengamos oportunidad de alcanzar un récord Guinness. ¿Le entramos?

 

@lmf_Aequum 

@OpinionLSR


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