A decir de la ONU, el Día Mundial del Agua se celebra anualmente el 22 de marzo como un medio de llamar la atención sobre la importancia del agua dulce y la defensa de la gestión sostenible del recurso. La conmemoración se remonta a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo de 1992, en la que se propuso declarar una fecha dedicada al tema. La asamblea general decidió entonces designar el 22 de marzo de 1993 como el primero de los días en los que cada año se discute sobre un aspecto específico, se comparten los problemas relacionados con el agua y se anuncian medidas para tratar de mejorar la situación.

 

Este año los esfuerzos se enfocan en el desperdicio del agua y en cómo reducir y reutilizar el agua que se malgasta ¾tanto en nuestras casas, como en las ciudades, las industrias y la agricultura¾ y que además en su mayoría fluye de vuelta a la naturaleza contaminada de mil maneras, afectando la salud de los usuarios posteriores.

 

Los esfuerzos de la ONU se centran en la difusión de mensajes que buscan sacudir la conciencia de la población y posicionar el tema del manejo del agua en el lugar que le corresponde, que es entre los primeros de la lista de los grandes riesgos actuales y potenciales que enfrenta la humanidad. Pero hay muchos otros organismos nacionales e internacionales que buscan atender ese problema con enfoques más técnicos y mucho más específicos, como es el caso de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), de la cual México forma parte.

 

Uno de los enfoques propuestos por este organismo se basa en el manejo de los riesgos que caracterizan al problema del agua, que son básicamente los riesgos de escasez, sequías, inundaciones, de mala calidad del agua potable y el ignorar la resiliencia de los sistemas hidrológicos. De entre todas las recomendaciones, hay dos que son elementales y que definen el marco de actuación de los gobiernos, pero que como suele suceder, en México no se les ha visto ni de lejos. Se trata de construir un enfoque holístico (o como prefiero denominarlo, ecosistémico), con una visión de largo plazo.   

 

El enfoque ecosistémico permite entender mejor las complicadas relaciones que hay entre los aspectos que forman los ciclos del agua, incluyendo tanto a los naturales como a los construidos por las civilizaciones humanas en el campo y la ciudad. Y una visión de largo plazo permite alcanzar las metas sociales y ambientales deseadas en menores plazos y de una manera mucho más costo-efectiva.

 

El enfoque ecosistémico permite abordar asimismo los riesgos de manera simultánea, entender cómo se relacionan los unos con los otros y establecer una adecuada asignación de los recursos disponibles para alcanzar un conjunto, a veces muy heterogéneo, de objetivos. Esto es importante porque no es posible resolver todos los problemas, hay que priorizar e irlos atendiendo constructivamente.

 

Con un manejo adecuado de riesgos, éstos se pueden jerarquizar y diseñar acciones preventivas que eviten la ocurrencia de eventos catastróficos. No sé por qué, pero esto me recuerda las inundaciones recurrentes de algunas zonas habitadas en diferentes estados del país, ante las cuales los políticos en turno siguen haciendo la promesa de que el año que entra ya no se inundará, y bueno, muy a su pesar, finalmente acaban inundándose de nuevo.

 

El mismo enfoque ofrece la posibilidad de distribuir los riesgos espacial y temporalmente, así como entre un amplio abanico de actores y entidades involucradas. Esto es importante porque permite distribuir de una manera más justa los costos asociados y puede ser un factor que contribuya a incrementar la protección y el fortalecimiento de la resiliencia de los ecosistemas.

 

Ahora bien, pasando a temas más específicos de México, vale la pena comentar algunos de los pendientes que venimos arrastrando. Si bien las cifras varían año con año, la OCDE menciona que alrededor de 5,000 muertes al año  -muchas de niños pequeños- se deben al consumo de agua contaminada y malos hábitos de higiene. También resalta los casos de los estados de Chiapas, Puebla y Oaxaca como aquellos en los que existen los mayores riesgos de diarrea, evidentemente como consecuencia del uso de agua no potable. Pero en el caso de la diarrea, también resultan determinantes factores como la falta de médicos y de instalaciones de salud accesibles para la población.

 

Aparte de los estados mencionados, hay casos que llaman particularmente la atención. Uno de ellos es el estado de México, que teniendo una cobertura más amplia del sistema de salud (según Sedesol) y un menor índice de pobreza (según Coneval) que el estado de Oaxaca, presenta una tasa de mortalidad por diarrea para niños menores de 5 años mayor que este último estado. Las tasas publicadas por la OCDE son del 55% para Chiapas, del 45% para Puebla, de 43% para el Edomex, de 42% para Oaxaca, de 38% para Tlaxcala y de 37% para Guanajuato.

 

Los retos que enfrenta México en materia de manejo del agua dulce son, en muchos casos, alarmantes y todavía de gran envergadura. Sirva este Día Mundial del Agua para reflexionar sobre lo que nos falta por hacer, pero sobre todo, sobre cómo podemos hacerlo un poco mejor de lo que hemos venido haciendo.

 

@lmf_Aequum 

@OpinionLSR

 


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