Imaginen el siguiente escenario: si pierde la gubernatura del Estado de México este junio y la presidencia federal en junio de 2018, el PRI mantendría tan sólo el gobierno de 12 estados – y eso asumiendo que fuera capaz de revalidar victoria en esos estados en los que ahora gobierna (con la excepción de la posible derrota en el tradicionalmente panista Jalisco). Acostumbrados a gobernar amplias partes del territorio nacional, ¿supondría este escenario el fin definitivo del PRI?

 

Son numerosos los analistas políticos que han anticipado la desaparición del PRI durante las dos últimas décadas.  Por unos motivos u otros, estos vaticinios nunca acertaron. Como es sabido, a pesar de ser derrotado en las presidenciales de 2000 y 2006, el PRI se hizo fuerte en las gubernaturas, donde siempre mantuvo el control de al menos 17 estados, incluyendo tres de los cinco entidades federativas más pobladas (Estado de México, Puebla y Veracruz). El mal diseño de la financiación estatal, la debilidad de las administraciones panistas y la ausencia de rendición de cuentas de los gobernadores permitieron al priismo consolidar su ventaja local y utilizar ese poder para llegar de nuevo a Los Pinos en 2012. El nuevo priismo, ahijado  por Peña Nieto desde la presidencia, traía como flamantes jóvenes gobernadores a Javier Duarte (Veracruz), César Duarte (Chihuahua), Rodrigo Medina (Nuevo León) y Roberto Borge (Quintana Roo). A día de hoy, todos ellos están siendo investigados por manejos irregulares en las finanzas públicas y la consecuencia más obvia del joven priismo es la derrota del PRI en estados donde nunca había perdido (Veracruz, QR, Durango, Tamaulipas) o como mucho había estado un periodo en la oposición (Chihuahua, Nuevo León, Puebla).

 

Pues bien, a pesar de la sempiterna capacidad del PRI para recuperarse electoralmente (y de la testaruda habilidad de PAN y PRD para autodestruirse), la derrota del PRI en el Estado de México enfrentaría al partido a una prueba de resistencia tan exigente como la salida de Los Pinos en el año 2000. Sin el Estado de México y sin la presidencia, sin Veracruz ni Puebla, sin Jalisco ni Nuevo León, sin Guanajuato ni la Ciudad de México, el PRI se quedaría definitivamente sin su principal seña de identidad y mecanismo de reclutamiento: la cola ascendente que se mueve cada seis años (en genial expresión de Gabriel Zaid). El Estado de México, por tamaño, riqueza y cercanía a la capital, ha sido la cantera del actual priismo y refugio de aquellos militantes que, impacientes, han sido capaces de esperar su turno en la cola desde la comodidad del centro del país. Sin el Estado de México, sin su cantera y refugio, el priismo podría desintegrarse, porque tanto los operadores trepas como los abnegados servidores públicos con sus doctorados de Harvard, Stanford y Yale se encontrarían sin vehículo de movilidad ascendente y tendrían que buscar cobijo en otros partidos. Parafraseando al candidato priista en el Estado, Alfredo del Mazo, sin el Edomex, “el PRI se quedaría sin su botín”. Y sin botín no hay ideología que contrapese el frío que se pasa cuando se está en la oposición.

 

Veamos algunos números. Supongamos que el PRI efectivamente pierde este año en Coahuila y el Estado de México y que el año que viene el PAN recupera Jalisco. Con esas excepciones, si en 2018 el PRI mantuviera todos los estados en los que ahora mismo gobierna (Campeche, Colima, Guerrero, Hidalgo, Nayarit, San Luis Potosí, Sinaloa, Sonora, Tlaxcala, Yucatán y Zacatecas), los gobernadores priistas estarían gobernando al 21 por ciento de la población y sus estados representarían el 22 por ciento del PIB. En comparación, si Morena se llevara el Edomex y la Ciudad de México, con sólo esos dos estados controlaría al 21 por ciento de la población y el 25 por ciento de la riqueza del país. Un PRI concentrado en la gestión de los estados más pobres del país acabaría o rendido al presupuesto federal, o convertido en el Partido Verde de la derecha. En cualquier caso, sin posibilidades de volver a pelear por la grande.

 

¿Por qué el PRI no tiene sentido si no es como partido del poder? El régimen autoritario del PRI se articuló sobre tres principios fundamentales: la no reelección, el reclutamiento jerárquico y meritocrático bajo control político, y la aprobación de leyes de obligado incumplimiento. El primer principio frenaba la tentación caudillista, el segundo garantizaba la cooptación de los operadores y administradores más capaces y el último permitía el uso discrecional de la ley contra los enemigos del régimen. Lejos de acabar con estos principios, la transición los consagró al democratizar su disponibilidad. Ahora bien, por mucho que el PAN se aprovechara de ellos, ha seguido siendo el PRI el partido más beneficiado por la cooptación de unas elites administrativas cuya fascinación por el discurso desarrollista del PRI parecía inquebrantable. La posible derrota del PRI en el Estado de México y en la presidencial de 2018 agotaría los recursos en manos del priismo para mantener la lealtad de sus militantes y abriría una vertiginosa carrera de los cuadros locales por abandonar el barco y apuntarse a los nuevos caballos ganadores. A la vez, dejaría desempleada y huérfana políticamente a una brillante tecnocracia dispuesta al servicio público. Si AMLO es tan astuto como pretende, no debería perder la oportunidad de transformar a MORENA en el nuevo vehículo de ascenso de los tecnócratas. Si le gana esa partida al PRI (y al PAN), habrá contribuido en no pequeña medida al desmantelamiento definitivo del régimen posrevolucionario y a la consolidación de una social democracia pragmática pero real.

 

@CIDE_MX

@OpinionLSR

 

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