Hace justo un mes, Joaquín El Chapo Guzmán Loera, considerado el criminal más buscado del mundo, fue capturado por tercera vez. Los reportes que han trascendido desde entonces permiten abrigar dudas sobre si el personaje se halla efectivamente al frente de un imperio de las drogas o simplemente es parte de él, quizá el engranaje más visible de una maquinaria casi perfecta.

 

El gobierno mexicano y agencias de gobiernos aliados, particularmente el de Estados Unidos, saben hoy más que nunca sobre este sinaloense al que se le atribuye contar con una red global de distribución de drogas, que se extiende por medio centenar de países. Solamente en la Unión Americana se estima que hay puntos de reparto del llamado Cartel del Pacífico en 230 ciudades, a todo lo largo de la geografía estadounidense.

 

Pero ese poderío no parece corresponder con el hombre que intentó una loca huida por los drenajes y fue sometido casi solo, sucio y desarmado, durante el todavía confuso operativo de la Marina que contó con la participación clave del Ejército y la Policía Federal.

 

En contraparte, de los trabajos de inteligencia y de los cientos de testimonios recogidos por autoridades de diversos países surge la percepción de que El Chapo no sería la mente atrás de un cártel multinacional, sino que se trata de una especie de “marca”, el rostro conocido de una corporación cuyos verdaderos dueños son empresarios de traje y corbata que mantienen las cosas en el orden que se requiere.

 

En los meses en  los que Guzmán estuvo en prisión, los equilibrios internos en su grupo virtualmente quedaron intocados. Ni siquiera hubo un movimiento notable  en el peso o la movilidad de sus hijos. Ello sólo puede explicarse por el hecho de que a la cabeza se halla una voluntad superior, de acuerdo con una conclusión que se extiende cada vez más entre entidades federales que han tenido acceso a los detenidos en los últimos días y que conocen los expedientes que configuran poco a poco una nueva historia.

 

Desde esas instancias ha empezado a filtrarse el retrato de un Guzmán Loera sumamente disminuido,  enfermo, deprimido, con un círculo de protección que se fue desmoronando en los meses previos. Y que a la hora del asalto armado contra su momentánea guarida –había llegado a la casa de Los Mochis la noche anterior-, tenía su resguardo confiado, salvo dos excepciones, a un grupo de 10 sicarios muy jóvenes, casi novatos.

 

Todavía no se sabe el paradero de al menos uno de los pistoleros que acompañaba a Guzmán esa madrugada. No plantó cara a los marinos que allanaron la casa ni tampoco se sumó a su jefe en la huida para protegerlo de lo que viniera. Simplemente se esfumó.

 

Al ser capturado, el jefe mafioso había permanecido varias horas en el drenaje de Los Mochis, huyendo no al este de la red -un tramo que se ensancha conforme se acerca hacia su desfogue, en el llamado “Dren Juárez”- sino al oeste, hacia la zona más poblada y donde la tubería va reduciendo su espesor. Sin ninguna ayuda en el exterior, El Chapo salió enlodado hasta el cuello, a punto de ahogarse ante una lluvia que colmó el drenaje, con los pantalones rotos en las rodillas por avanzar penosamente en el fango, casi pecho tierra. Y peor, desarmado. Sólo su escolta traía una pistola, que nunca usó.  

 

Aún nadie se explica por qué Guzmán bajó de la sierra para refugiarse en una zona residencial de Los Mochis, un territorio que ya no gobierna su grupo, sino el clan de sus mayores enemigos, los Beltrán Leyva, por conducto de un lugarteniente conocido como El Chapo Isidro. Existen presunciones sólidas de que los policías federales que detuvieron a El Chapo junto con su pistolero, El Cholo Iván, los escondieron en un hotel con la verdadera intención de entregarlos al bando contrario, verdadero dueño de la plaza.

 

Fuentes federales consultada por este espacio aseguran que Guzmán ha lucido sereno desde los primeros interrogatorios, los practicados en Los Mochis. Ha respondido a las preguntas y si bien luce contrariado, exhibe una confianza que sólo puede explicarse si piensa que tarde o temprano volverá a escaparse de prisión, de cualquier prisión en la que se encuentre.

 

Amparado por un poder más allá de su control, pero al que le puede seguir conviniendo –o no- mantener viva la leyenda de un mafioso incontenible, capaz de burlarse del gobierno una y otra vez. Y enamorado de una actriz, para colmar el cuadro propio de una novela con el sello Pérez Reverte o de una película que arrase las taquillas.

 

 

 

 



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