“Díganme en qué estoy equivocado. ¿Qué debo corregir? ¿Qué debemos hacer?

 

El hombre que hablaba era Miguel Ángel Mancera, jefe del Gobierno de la Ciudad de México, el segundo personaje más conocido de la izquierda mexicana, sólo por debajo de Andrés Manuel López Obrador y, como éste, aspirante presidencial.

 

La escena se produjo hace algunas semanas, en un salón privado de uno de los hoteles frente al Zócalo capitalino. Sus interlocutores eran una mezcla entre la nomenklatura del perredismo de la ciudad y los operadores políticos del propio Mancera: funcionarios, jefes delegacionales, legisladores, caciques de la política metropolitana.

 

El público al que se dirigía Mancera no se ha formado en la cultura del debate público, por lo que guardó un silencio pesado. Todos ahí sabían que lo suyo no es decir abiertamente los errores del jefe.

 

Una reunión convocada por Héctor Serrano, ex secretario de Gobierno del DF, defenestrado tras la derrota electoral del PRD del año pasado, con un cargo-pantalla como titular de Movilidad, pero que ha conservado notables dosis de poder personal gracias a los vacíos que deja su jefe. A Serrano se le atribuyen varios de los logros, pero también no pocas de las pesadillas que Mancera padece hoy.

 

Desde que el PRD llegó al poder en la ciudad, hace casi 20 años, las cabezas del gobierno –Cuauhtémoc Cárdenas, López Obrador, Marcelo Ebrard- no abrigaron dudas sobre para qué era el poder. Cuando convocaban a reuniones era para dar órdenes, anunciar estrategias, asignar responsabilidades y lanzar advertencias.  

 

Para bien o para mal, los liderazgos de las izquierdas en este país son ocupados por gente obsesionada con la creencia de que las inspira una misión. Mancera no es de esos. Así ha sido. Y así le ha ido.

 

Este 2016 parece encaminarse a ser el “año horrible” del jefe de Gobierno, al que pocas cosas, si alguna, le están saliendo bien. Incluso el clima parece confabularse en su contra, paralizando a millones de vehículos cada día, lo que atrae un mal humor ciudadano que se refleja notablemente en el nivel de popularidad del funcionario, quien arrastraba ya de suyo una imagen pública débil y titubeante.

 

Los estudios disponibles reflejan otra amarga noticia: como se sabe, su partido, el PRD, sólo controla seis de las 16 delegaciones de la ciudad. Morena, la emergente agrupación de López Obrador, gobierna cinco; el PRI, tres, y el PAN, dos. Pero los habitantes de la urbe no identifican en los funcionarios electos delegacionales el origen de sus problemas en la metrópoli. Ubican como responsable al señor Mancera.

 

Y el futuro inmediato se anticipa peor para este hombre que en 2012 cobró un carisma que lo hizo arrasar en las urnas y convertirse en gobernante de la capital del país, pese al desgastante cargo de procurador de Justicia, con unos cuantos años de trayectoria en la política capitalina y un casi nulo conocimiento de los truculentos pasillos del poder en la ciudad y en el PRD.

 

El mismo PRD que parece desmoronarse a pasos acelerados. Salvo que Mancera se lance en 2018 al limbo de una candidatura ciudadana, ese partido deberá ofrecerle la plataforma mínima para postularse. Pero existen muchas dudas de lo que pueda pasar en dos años más con una agrupación que cada día se achica más.

 

Dirigentes clave del partido del sol azteca, como Jesús Ortega y Jesús Zambrano –los fundadores del clan “Los Chuchos” que por años fue el bloque dominante del perredismo-, declaran en reuniones privadas que Mancera y el PRD forman ya un “binomio venenoso”, pues cada uno le estaría haciendo daño al otro. En particular Ortega ha dicho a legisladores federales que el índice de popularidad de Mancera en el país es ya menor que el “voto duro” de su partido…que por otro lado parece decrecer semana tras semana.

 

El proceso se catalizará en las elecciones de junio 5 para elegir a integrantes de la asamblea constituyente que redactará la primera carta magna en la historia de la ciudad. Una suma de factores se conjuntará para que el resultado luzca como un fracaso grave para Mancera y su partido. Si hoy fueran los comicios, de acuerdo con encuestas disponibles, los aspirantes inscritos en la lista de Morena tendrían hasta 12 puntos porcentuales por arriba del PRD.  

 

Si ello se suma al diseño que tendrá la Constituyente, con un peso desproporcionado para PRI y PAN, Mancera se verá en la tesitura de tener que aliarse con estos últimos partidos para enfrentar a Morena.

 

Si el fenómeno de una alianza similar se repite como se prevé en 2018, es probable que Morena pueda ser descarrilado de sus pretensiones de conquistar la jefatura de Gobierno. Pero el resultado final pueden ser no seis años más para un gobierno del PRD. Es probable que tal ecuación traiga el súbito pero no sorprendente ni ilógico, regreso del PRI.

 

rockroberto@gmail.com

@OpinionLSR



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