En Estados Unidos la política es información y la información es política. Eso explica en buena parte la influencia de los medios estadunidenses y es una explicación del ascenso de Donald Trump, una criatura mediática que utilizó su experiencia de 25 o 30 años en la esfera pública de la ciudad más mediática del mundo.

 

Es tal vez el antecedente más directo de personas-espectáculo como Kim Kardashian. Es famoso porque es famoso. Se hizo famoso por estar siempre a disposición de los medios de comunicación en Nueva York, la ciudad más mediática del mundo.

 

Pero a diferencia de Kardashian o Paris Hilton, Trump encontró hace años que la atención de los medios es poder. Y usó ese poder como forma de crear una imagen pública para provecho de sus negocios y su ego.

 

Por más de 20 años Trump fue un personaje que podría ser definido como “Kitsch”: tan ridículo, tan absurdo, de un mal gusto y una vulgaridad tales que resulta irresistible. Su presencia se hizo popular en programas de radio de teléfono abierto y su serie de televisión, en películas baratas. Era un chiste siempre fijado en subrayar su riqueza y sin importar cuantas veces se declarase en quiebra.

 

Hoy esta popularidad hace creer a la gente que lo conoce sin importar lo que digan medios que desde su punto de vista no responden a sus intereses.

 

La inmensa mayoría de los latinoamericanos estamos acostumbrados a tomar seriamente a periódicos como el New York Times y el Washington Post; a leer con atención las páginas de información -aunque quizá no las editoriales- del Wall Street Journal y no tomar muy seriamente al USA Today o los periódicos locales; a considerar a la televisión pública y a la radio nacional y a la CNN pero no a Fox.

 

Programación de bajo nivel, como los programas de Howard Stern o Don Imus no ofrecen solaz. Pero tienen una enorme audiencia. Las bombásticas formulaciones de Rush Limbaugh o de Bill O’Reilly, convertidos en “comisarios políticos” de la derecha, sin olvidar programas de radio de predicadores, locutores marginales o que difunden vía internet nos han parecido marginales, pero…

 

El eco que esos locutores, predicadores y “comisarios políticos” tienen es mayor que el que muchos imaginamos y pueden llegar a tal vez 40 o 50 millones de personas que concuerdan con ellos por una u otra razón. Esos son ola base del actual reclamo político de Trump.

 

Son aquellos que consideran al New York Times no sólo como liberal sino antiestadounidense; que califican a la prensa tradicionalmente considerada respetable como deshonesta y fuera de base, y son un público dispuesto a creer cualquier cantidad de teorías conspiratorias porque está convencido de que el sistema político y económico está en su contra, y que ayuda a arruinar lo que algunos de ellos consideran literalmente como un orden divino.

 

Sea lo que sea, Trump está ahora en la antesala de la presidencia de los Estados Unidos. Su llegada a la Casa Blanca sería la mayor derrota jamás contada a la prensa estadounidense y a su influencia.

 

@OpinionLSR

 


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