La economía mundial se encuentra estancada y sin perspectivas de mejora. Por lo contrario, todo hace prever que sus problemas de fondo se mantendrán. El mayor de ellos, en el que convergen los demás es lo que el Fondo Monetario Internacional ha llamado “demanda reprimida”; un asunto que abordé la semana pasada.

 

El hecho es que por una parte la población no cuenta con los medios para comprar todo lo que se puede producir y ofrecer en el mercado, mientras que, al mismo tiempo, la capacidad de demanda, es decir la riqueza se acumula en muy pocas manos. Lo cual genera una demanda muy sesgada.

 

No hay suficiente poder de compra para adquirir mercancías de consumo generalizado y por ello han bajado de precio los energéticos, metales y minerales, manufacturas y alimentos. En el otro extremo hay una alta inflación de bienes de consumo suntuario de muy alto nivel: obras de arte, viviendas o yates que valen decenas de millones de dólares.

 

La falta de consumo tiene un impacto negativo en la rentabilidad de la mayoría de las empresas y a muchas las lleva a la quiebra; en primer lugar, a aquellas que son las que emplean más mano de obra, mientras que sobreviven las de alta tecnología y robotizadas.

 

Es un problema de tal magnitud que está obligando a los economistas, incluso a los que se ubican en espacios de ortodoxia económica, a pensar en mecanismos novedosos para enfrentar el problema.

 

Una de estas formas fue, en los últimos años, la generación de dinero para recomprar deuda gubernamental y/o financiar directamente el gasto público. Se inyectaron grandes cantidades de dinero en los circuitos financieros y se facilitó el pago de los endeudados de los Estados Unidos, Europa y Japón.

 

Sin embargo, ese dinero fue “capturado” por los circuitos financieros y tuvo poco impacto permanente en la capacidad de consumo de la mayoría de la población. La mayoría siguió en la ruta del empobrecimiento. Al mismo tiempo los conglomerados empresariales se sentaron en sus fortunas sin tener la suficiente imaginación o ganas para invertir.

 

Ahora, poco a poco se difunde la idea de generar dinero para entregarlo directamente a la población. Para impulsar la idea se recurre a citar a uno de los apóstoles de la ortodoxia neoliberal, Milton Friedman, que por allá de 1968 expresó la idea de manera metafórica como la posibilidad de que desde un helicóptero se arrojaran billetes de mil dólares a la población.

 

No era en realidad la primera vez que se proponía algo así por parte de un economista de gran importancia. Keynes, otro renombrado economista, propuso hace más de medio siglo, y un poco en broma, que el gobierno enterrara dinero y la población trabajara en excavarlo para de ese modo crear empleo y demanda.

 

Claro que los que ahora retoman estas ideas proponen formas más serias de distribuirlo. Una sería regresar impuestos a los trabajadores; pero beneficia solo a los que ya tienen empleo. Otra forma sería instituir un ingreso ciudadano garantizado al que todos accederían por el simple hecho de existir, lo que garantizaría el derecho a mínimos de alimentación, vestido, transporte y vivienda.

 

Ya existen avances en ese sentido en la mayoría de los países. Transferencias monetarias en favor de la población en pobreza extrema, individuos de la tercera edad, madres solteras u otros grupos vulnerables.

 

Existen obviamente los férreos opositores a expandir este tipo apoyos. Unos lo hacen desde una perspectiva moral: el sustento debe ganarse con esfuerzo, sudor y lágrimas. Lo que me lleva a recordar que mientras un trabajador mexicano labora en promedio 2,200 horas al año, un alemán lo hace solo 1,600 horas.  

 

Otros combaten la idea del reparto de ingreso con el fantasma de la inflación desatada. Idea incongruente cuando precisamente el problema de la economía mundial es la escasez de demanda frente a la abundancia de mercancías en las bodegas.

 

Otro argumento en contra es que debido a la incertidumbre la población preferiría ahorrar ese dinero en lugar de incrementar su consumo. Sin embargo, sería fácil evitar este riesgo. El dinero se puede repartir en forma de vales que caduquen en un par de meses, o colocarlo en tarjetas electrónicas que reduzcan el monto disponible cada semana. Si no se gasta se pierde.  

 

Dejo para el último los dos principales argumentos a favor de la propuesta de generar dinero y distribuirlo directamente a la población. Un argumento es que las grandes empresas se resisten a reducir sus ganancias y acumulan riqueza a la que no le dan destino productivo; es más fácil crear dinero y repartirlo a la población que expropiárselo a los muy ricos mediante impuestos. Sería un mecanismo de redistribución del ingreso que fortalecería la equidad y la paz.

 

El segundo argumento es que el avance tecnológico lleva irremisiblemente al planeta hacia el desempleo mayoritario. El trabajo escasea cada vez más. Frente a ello debemos considerar reducir el número de horas de trabajo; para empezar, no trabajar más que los alemanes o los holandeses. Digamos semanas de 30 horas. Lo que se complementaría con el reparto de ingresos a toda la población para equilibrar la demanda con la oferta real y potencial que ya existe y está en espera de que la gente tenga el recurso para comprar.  

 

La vida no tiene que ser un valle de lágrimas; avancemos en la construcción de un paraíso.

 

@JorgeFaljo

@OpinionLSR


Debe iniciar sesión para poder enviar información

Debe iniciar sesión para poder enviar información