En ocasión del triunfo de Vicente Fox y la llegada de Acción Nacional a la Presidencia de la República en el año 2000, don Luis H. Álvarez (qepd), líder moral del panismo e incansable luchador por la democracia en nuestro país sentenció – con la sabiduría propia de quién ve el horizonte con amplitud histórica y espíritu de trascendencia – que “si nunca nos derrotó la derrota, que no nos derrote la victoria”. Esta frase es de enorme actualidad a propósito de las sorprendentes e históricas victorias del PAN en las elecciones del pasado 5 de junio en siete de las doce gubernaturas y en un buen número de capitales y ciudades importantes que pintaron de azul el mapa político nacional. 

 

Una mirada al itinerario político de Acción Nacional a lo largo de sus 76 años de existencia nos confirma que estamos en la antesala de una nueva época en su historia. Siguiendo la propuesta "orteguiana" que distingue a un determinado lugar, tiempo y personas concretas unidas por una dinámica y acontecimientos relevantes bajo el concepto de “generación” en lapsos aproximados de quince años, – teoría luego desarrollada por Julián Marías en su libro El método histórico de las generaciones – bien podemos afirmar que el PAN ha vivido cuatro épocas, así sean mínimas o fundamentales. 

 

La primera época corresponde a la generación de los fundadores, particularmente a la presidencia de don Manuel Gómez Morín y a la definición sobre la vía institucional, la convicción de la lucha a través de un partido político y la concepción del cambio político entendido como un proceso más que como un acontecimiento o fruto de la hazaña de un caudillo. La segunda fue la de la expansión del partido a nivel nacional y la testimonial con relación al poder; fue la época de los místicos del voto y la heroica lucha por instaurar las libertades políticas en nuestro país, la de la resistencia civil en 1986 y la de la transición a la democracia con los primeros triunfos locales. La tercera fue la del acceso al poder, representada por el triunfo en la Presidencia de la República, particularmente los dos sexenios presidenciales y poco más de una docena de gobiernos estatales simultáneamente; fue una época de luces y sombras, de grandes avances como el arribo de la transparencia, la libertad de expresión, de las políticas públicas exitosas en materia de vivienda, salud y estabilidad económica; sin embargo, también fue época de anti testimonios de quienes, embriagados de poder, traicionaron los principios humanistas de Acción Nacional al  incurrir en actos de corrupción o prácticas autoritarias de segunda mesa, mal aprendidas del PRI.

 

Hoy parece que estamos en el pórtico de una cuarta época, la consolidación de la transición a la democracia a nivel local, luego de la segunda alternancia en la Presidencia y del arribo de gobiernos panistas en once gubernaturas en medio del hartazgo social y el desencanto democrático. Es la etapa de la responsabilidad con México, en la que el PAN decidió apoyar la aprobación de las reformas estructurales y encabezar la lucha contra la corrupción y la impunidad, grandes males de nuestro tiempo; la de la transformación política a nivel del territorio luego del enquistamiento de las prácticas autoritarias en los estados, la de la confirmación de la vía democrática como el camino para México a partir de recuperar la confianza de los ciudadanos en cada entidad y en el orden municipal.

 

El desafío azul consiste en reivindicar el voto ciudadano mediante una agenda de buen gobierno que cumpla con las expectativas de una ciudadanía agraviada por el uso y abuso del poder con fines patrimoniales así como del ejercicio público indebido y de espalda a las grandes necesidades de la población – la mayoría en situación de pobreza y pobreza extrema.

 

“A grandes males, grandes remedios” reza la conseja popular. Por ello, bien ha hecho el Partido Acción Nacional al pronunciarse públicamente, en voz de su presidente Ricardo Anaya, con ocasión del primer encuentro con los gobernadores electos en las últimas elecciones. Fueron cuatro los acuerdos, irreductibles pero no limitativos, de la agenda específica de cada gobierno: transparencia y combate a la corrupción, sin duda la principal demanda de la población; respeto absoluto a los derechos humanos, en especial ante el déficit de justicia cotidiana y penal nugatorio de las libertades y la esperanza de una vida mejor; seguridad y crecimiento económico, como base para mejorar el nivel de vida y el acceso de todos a los oportunidades de desarrollo; y un compromiso con la agenda social, con el combate a la pobreza y la desigualdad en solidaridad con los que menos tienen, saben y pueden. En suma, una agenda humanista comprometida con el bien común.

 

Con esta agenda inicia el nuevo momentum del PAN; lo deseable es que se traduzca en un camino de reivindicación de cara a la selección de su candidato presidencial para que, en razonable unidad y con buenos gobiernos que den resultados a la gente, culmine con el regreso a la Presidencia de la República. Es una nueva oportunidad para la propuesta humanista, camino elegido por los ciudadanos para expresar su inconformidad con la actuación de los gobiernos actuales – federal y locales - y la alternativa frente a las opciones independientes que no prosperaron, las de corte mesiánico populista que representa López Obrador y las regresivas y autoritarias encarnadas en la propuesta de continuidad del priismo.

 

Es un desafío a la altura de las circunstancias y para el que se ha declarado dispuesto el Partido Acción Nacional.

 

@MarcoAdame

@OpinionLSR

 



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