Quizá no haya funcionario más controvertido en la administración Peña Nieto que Alfredo Castillo, titular de la Conade, quien esta mañana a primera hora convocó a sus principales colaboradores para una evaluación de lo ocurrido durante los 12 días de los Juegos Olímpicos de Brasil.

 

El sentido común y la corrección política dictarían que en ese encuentro Castillo anuncie su renuncia al cargo, no por los bajos resultados de la delegación mexicana en la justa olímpica –lo que podría estar a discusión-, sino por los escándalos en cuyo centro decidió colocarse desde meses antes de que el primer competidor tomara su avión hacia Río de Janeiro.

 

Pugnas con las principales federaciones deportivas del país, choque con las autoridades olímpicas nacionales e internacionales, presencia de su pareja dentro de las zonas de competencia, expulsión de funcionarios de Conade indebidamente acreditados, quejas de atletas por falta de apoyo, son apenas algunas de las páginas de una historia de desastres en la imagen pública del deporte mexicano en el mundo.

 

Por su cercanía con el primer círculo presidencial desde la época en la que Peña Nieto despachaba en la gubernatura del Estado de México; por su pertenencia al  clan político que encabeza su primo Humberto Castillejos, el poderoso consejero jurídico de Los Pinos, es poco probable que Alfredo Castillo sea colocado en la picota política con un cese sumario, que sería del agrado de un amplio sector de la opinión publica que en días recientes urgió la remoción del funcionario.

 

Este mismo lunes estaría agendada una segunda reunión del responsable de la Conade con su jefe formal, el secretario de Educación Aurelio Nuño, ubicado en el epicentro del huracán de las protestas magisteriales y, ciertamente, nada urgido de echarse a la espalda la responsabilidad sobre los temas que parecen quemar las manos de Castillo, y que harán lo mismo con aquel que salga en su auxilio.

 

El manto de protección que se ha extendido sobre la trayectoria de Castillo lo ha mantenido a salvo hasta ahora en los cuatro puestos ejercidos en la actual administración: subprocurador en la PGR, de donde salió para ser procurador federal del Consumidor, luego personero -una especie de virrey para coordinar los programas federales hacia Michoacán.  Y por último, su actual puesto, al que aspiró sinceramente por años, convencido de que su pasión por los deportes, en particular el futbol, le otorgaba credenciales para manejar el deporte nacional y en particular el olímpico.

 

De todos esos puestos “cayó hacia arriba”, su nuevo cargo siempre fue presentado como una promoción por los méritos acumulados en la encomienda previa.

 

Es por tanto probable que en las próximas horas se dé cuenta a la sociedad que el titular de la Conade ha recibido una claridosa instrucción, generada en lo más alto del cuerpo político, para que rinda cuentas de lo ocurrido con los más de 120 deportistas que acudieron a Brasil para representar a México en una veintena de disciplinas.    

 

Ese informe ya se halla en proceso, y sus autores tendrán cuidado en asegurar que por el número de medallas logradas –en el promedio histórico- y avances en ciertas ubicaciones, el resultado obtenido es aceptable.

 

Poco se dirá en ese reporte que México queda cada vez más por debajo de países de la región latinoamericana, como fue en este caso, cuando Jamaica, Brasil, Cuba  y Colombia lograron más preseas que los connacionales participantes.

 

Como ha ocurrido en otros temas más delicados, los estrategas gubernamentales calcularán que tras los primeros días de furor ciudadano por nuestra mediocridad deportiva, el anuncio del reporte de balance hará que el tema se enfríe, y que en pocas semanas quede en el olvido. Castillo se quedaría en Conade en espera de una nueva tarea digna de sus talentos indudables, a la vista de sus jefes y protectores.

 

Es posible que la dimensión del problema ya no le permita al gobierno decantarse por la apuesta en favor de  un olvido que, como se ha visto, tarda en llegar mucho más tiempo que en otras épocas.

 

A diferencia de lo que ocurrió en casos de consumo interno, la sobrevivencia de Castillo provocará una ola de desprestigio que se ensañará contra este personaje, pero manchará dentro y fuera  del país la imagen del gobierno y del propio presidente Peña Nieto.

 

Este escenario tendría un final diferente si Castillo abandona el puesto en medio de este acoso social.  Y entonces sí, los balances tendrán sabor a corregir el rumbo, lo que tanta falta hace hoy a tantos.

 

rockroberto@gmail.com


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