El ecosistema noticioso mexicano estuvo dominado la semana pasada por un reporte surgido en redes sociales, según el cual la reportera norteamericana Andrea Noel, avecindada en la ciudad de México, habría sufrido una agresión sexual cuando un desconocido jaló sus pantaletas por debajo de su falda mientras ella paseaba por la muy de moda colonia Condesa de la capital del país. 

 

Este hecho desató una serie de reacciones a favor y en contra de Noel, muchas de ellas de corte machista y xenófobo que deben avergonzar a sus autores. En diversos espacios, entre ellos La Silla Rota, se publicaron datos que arrojan dudas sobre la versión de la reportera, que cada vez resulta más  controvertida. Por mi responsabilidad en este proyecto, creo pertinente rendir cuentas  sobre nuestro trabajo y responder a diversas imputaciones.

 

En días recientes nuestro equipo de trabajo recibió informes incontrovertibles de que efectivamente, la citada reportera se presentó a una agencia del Ministerio Público de la ciudad a la luz de los hechos, pero no para presentar una denuncia formal, que permitiera castigar al agresor -¿si no, cómo?-, sino para  exigir le fuera proporcionado el video de la presunta agresión. Se identificó como periodista extranjera, dijo ser directiva de un medio internacional y alegó urgencia porque  debía regresar a su país en las horas siguientes.

 

En dicha agencia se hallaban víctimas de agresiones serias. Una de ellas había sido secuestrada la víspera afuera de un centro comercial del sur de la ciudad, atacada sexualmente y abandonada en una carretera aislada. Era atendida en su denuncia cuando llegó Noel, exigiendo prioridad. En sucesivas entrevistas –entre otras, con Ciro Gómez Leyva-, ella dijo que se desdeñó a otras víctimas por atenderla a ella, por el hecho de ser extranjera. Según testigos del hecho –víctimas y sus parientes, no autoridades-, ella miente. Se trata de un hecho verificable.

 

Hoy todos sabemos que la periodista referida es una reportera independiente –free lancer- que colaboró eventualmente en el reconocido portal Vice. También, que la información sobre la alegada agresión en su contra la manejó  una amiga suya que labora en la versión mexicana del portal Buzz Feed, que aquí apuesta no al periodismo de registro o de investigación, sino a materiales “virales”, como se denomina a piezas que causan furor en redes y nutren un tráfico que es su tarjeta de presentación única para obtener pautas comerciales, locales o globales.  Noel y su amiga han reportado, en los medios para los que han laborado, incidentes del mismo corte que el presunto ataque en la Condesa. Hay una constante que parece atender al incentivo de la búsqueda del “trending topic”.  Sus materiales ahí están.  Forman otro dato duro.

 

El colega Jorge Zepeda utilizó su espacio en la versión latinoamericana del portal de El País para adoptar una posición facilona: Denunciar hechos no demostrados, condenar los ataques sufridos en redes por la periodista en cuestión, a cuya belleza alude para concitar mayor empatía. Tajante, Zepeda describe como medios “cercanos a la autoridad” a los que hemos publicado dudas sobre los hechos.  El aplomo de Jorge no le alcanzó para identificar por su nombre a esos medios.  Si se refiere a La Silla Rota, lo invitaríamos a documentar su dicho en un debate público, lo que siempre será sano.

 

Nuestra postura respecto de este y muchos otros casos corresponde a lo que en este proyecto entendemos como la tarea periodística. Creemos que es tarea del oficio hacer preguntas, incluso en medio de luminosos festejos o de oscuras páginas. Nuestra labor es dudar, preguntar. Incluso, ante un incidente de la naturaleza referida, que despierta justificada indignación ante el acoso sexual que sufre un altísimo número de mujeres en México.  

 

Hay otro pormenor que debemos explicar.  El equipo que labora en La Silla Rota presta especial atención al seguimiento de las agresiones contra periodistas.  No lo hace sólo por elemental solidaridad, y por la convicción de que muchos de los atentados se producen contra colegas que hacen su labor en solitario.  También queremos dilucidar aquellos casos auténticos de otros en los que los actores poco o nada tienen que ver con el oficio.

 

En particular, nos llama la atención que se estén multiplicando entre nosotros, especialmente en la ciudad de México,  los periodistas que se victimizan como un mecanismo para reclamar privilegios, lo que en ocasiones incluye desde dinero público hasta vehículos blindados y escoltas. Se trata de periodistas ahogados en soberbia que denuncian ataques pero se cuidan de no presentar nunca una denuncia formal que permita judicializar las indagatorias y llegar a la verdad de los hechos.

 

Estos beneficios se extienden usualmente a periodistas que laboran en medios con influencia nacional, no a  los cientos de colegas que hacen su tarea en condiciones de alto riesgo y sin ningún respaldo. Ni de la autoridad, ni de sus medios y peor, tampoco de otros periodistas.

 

En La Silla Rota creemos que el público toma nota de estas contradicciones. Y que si queremos recuperar la confianza ciudadana en nuestra tarea, el camino pasa por ayuda a separar el grano de la mala yerba.

 

robertorock@hotmail.com



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