El gobierno mexicano dispone de un breve lapso, que arrancó la noche del viernes pasado, para definir una estrategia de fondo ante la muerte del líder cubano Fidel Castro. El resultado de lo que decida marcará al menos durante la siguiente década las relaciones del país no sólo con el régimen isleño y el Caribe, sino con el resto de América Latina e incluso con el próximo gobierno de Estados Unidos.

 

El arribo de Donald Trump a la Casa Blanca puede representar, singularmente, una oportunidad adicional para que México construya una plataforma desde la cual influya en la transición cubana, la cual se agudizó con la apertura impulsada por la administración Obama desde Washington y no desaparecerá.

 

Las señales desde la administración Peña Nieto respecto de los escenarios que prevé para Cuba parecen haber tenido un buen arranque en las horas posteriores a la muerte de Castro, en la forma de un comunicado de nuestra Cancillería, que encabeza Claudia Ruiz Massieu. En ese posicionamiento se elogió a un personaje que el mundo reconoce como el último líder revolucionario romántico, pese a que desde diversas latitudes se impugne abiertamente su legado.

 

Durante las décadas posteriores al triunfo de la revolución castrista, México, Estados Unidos y Cuba construyeron un juego de espejos y equilibrios en el que todos coincidían en la prioridad de evitar salidas violentas. Como un valor entendido, el régimen mexicano formaba parte de cierta correlación de fuerzas, lo que le valió el respeto de las partes y fortaleció en nuestros gobiernos sus destrezas para decirle “No” a la administración norteamericana, cuando era necesario.

 

Este frente de trabajo fue consolidado durante muchos años con mecanismos que le permitieron a México cobrar una gran presencia sobre el conjunto del Caribe, en el que se halla dispersa una comunidad de islas-nación a las que se podía apoyar con pocos recursos y orientar hacia un voto común en organismos internacionales ante los cuales cada uno de esos minúsculos países dispone de un voto, con el mismo valor que el de México, Brasil o Argentina.

 

La llegada de nuestros presidentes tecnócratas, en los años 80, la sucesión de crisis económicas y la exasperante lentitud  del régimen cubano para emprender reformas democráticas, fue debilitando la voluntad y capacidad de México para mantenerse tal estado de cosas.

El modelo tuvo una bocanada de oxígeno todavía durante la gestión de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), que incluso sirvió como interlocutor en negociaciones confidenciales entre Washington y La Habana, a lo que contribuyó un acercamiento personal del mandatario mexicano y Fidel Castro.

 

La crisis económica derivada del llamado “error de diciembre”, el pragmatismo de Ernesto Zedillo, la bamboleante relación entre Cuba y la Unión Soviética y la insistencia creciente del gobierno norteamericano para que el mundo presionara en bloque a la isla en materia de derechos humanos, se alinearon para complicar las cosas.

 

La llegada de Vicente Fox al poder acabó por derruir un modelo que había funcionado durante 40 años. El resultado fue que La Habana se alejó, con ella todo el Caribe e incluso polos clave de la región, notablemente Venezuela, Brasil y otras naciones cuyos líderes estaban virando hacia la izquierda.

 

México vio desvanecerse su injerencia no sólo sobre el Caribe sino también sobre su propio “patio trasero”, Centroamérica. Ambas regiones y en ellas notablemente Cuba, cayeron en brazos de la Venezuela de Chávez. Y en menor medida, en los del Brasil de Lula da Silva.

 

La muerte de Castro pero especialmente la llegada de Trump al gobierno de la Unión Americana, cambian ahora todo el juego para los participantes. Este será un nuevo tablero de ajedrez, con otros jugadores y apuestas notablemente altas.

 

¿En dónde estará México cuando este tablero del poder quede nuevamente organizado? ¿Será jugador esencial o sólo espectador?

 

robertorock@hotmail.com

 



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