Pese a que el sistema jurídico mexicano contempla diversas disposiciones encaminadas a proteger la libertad de expresión y el ejercicio del periodismo, la violencia ha sido un tema recurrente para quienes ejercen esta profesión. Agresiones, amenazas y asesinatos contra periodistas y comunicadores han quedado en la impunidad.

 

Desde el inicio de la estrategia emprendida por el entonces presidente de la República Felipe Calderón para combatir el crimen organizado, en las calles de nuestro país se ha mantenido un verdadero escenario de guerra donde han perdido la vida miles de mexicanos, decenas de miles de personas han sido desaparecidas de manera forzada y otras más han tenido que cambiar de identidad de un día para otro o desplazarse de sus ciudades o localidades.

 

En esta historia de tragedias, hay otra de la que poco se ha dicho, pero su silencio no la ha hecho menos dolorosa.

 

Aquellos que se han atrevido a hablar de temas sensibles que le duelen al sistema que controla las calles, que han denunciado los abusos del poder, las complicidades entre políticos y delincuentes, los despojos de los poderosos han sido víctimas de crímenes arteros cometidos por cobardes, que cuando son expuestos a la luz, actúan con violencia contra los periodistas que dejaron al descubierto todas su tropelías.

 

El nivel de violencia México contra periodistas ha sido cuantificado por la Corte Interamericana de Derechos Humanos, hasta alcanzar niveles similares a los obtenidos por países inmersos en conflictos abiertamente bélicos, es decir, nuestro país la profesión de informar se encuentra acompañada de un riesgo continuo y de amenazas permanentes.

 

Además de las agresiones, quienes ejercen el periodismo han sido víctimas de la impunidad y es que de las 47 denuncias de homicidio que se han presentado ante la Fiscalía para la Atención de Delitos Cometidos contra la Libertad de Expresión (FEADLE) de 2010 a 2016, solo se han obtenido tres sentencias condenatorias.

 

Los crímenes cometidos contra periodistas en nuestro país han sido perpetrados generalmente por dos entes el Estado y el crimen organizado, a través de todas las transgresiones que han cometido han buscado a cualquier costo generar un efecto amedrentador y de silenciamiento entre la prensa.

 

Persiguen a toda costa que sus atracos y delitos se mantengan en la impunidad, la cual es alimentada por la opacidad y el ocultamiento. Pretenden que la sociedad siga atemorizada y sin conocer la profundidad de la información, cualquier periodista que desnuda sus ruines conductas se convierte en su enemigo y su blanco con la tolerancia, complicidad o ineficacia de los diferentes niveles de gobierno.

 

Sin embargo, para quienes tenemos el privilegio de hacer públicas nuestras ideas, no podemos permitirnos sucumbir ante los delincuentes y enterrar en el olvido a todos aquellos hombres y mujeres valientes que se atrevieron a ejercer sin miedo su derecho a la libertad de expresión.

 

Muy por el contrario, hemos de reconocer y mantener vigente la labor de la periodista Miroslava Breach, quien expuso a luz como el narco obligo a cientos de familias de la sierra de Chihuahua a desplazarse en busca de seguridad; así como el trabajo del Director del medio impreso El Político, Ricardo Monlui de Veracruz; y por su puesto el quehacer de Cecilio Pineda que hizo públicas las atrocidades cometidas por el crimen organizado en la región de la tierra caliente guerrerense. Se debe mantener viva su pasión de informar mientras se exige por todos los medios que sus arteros y cobardes asesinatos no queden impunes.

 

Hasta ahora el Mecanismo de protección de personas defensoras de derechos humanos y periodistas ha sido ineficaz para brindar seguridad a quienes ejercen el periodismo, sociedad, medios y quienes queremos que se acabe la impunidad y la barbarie no podemos claudicar en la defensa de la democracia y el castigo contundente a los criminales de la libertad de expresión. 

 

@RicardoMeb

@OpinionLSR

 

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