El gobierno mexicano buscó salir este fin de semana de la sacudida que supone la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. La inteligencia de las reacciones que exhiba en los próximos días influirá en forma importante en al menos los próximos cuatro años de la relación binacional.

 

El gobierno de Peña Nieto deberá optar entre atender las presiones conservadoras en el país, que ya exigen un acto de sumisión hacia Washington, o los reclamos de bloques nacionalistas y de izquierda a favor de una confrontación adelantada. Pero también tendrá la alternativa de hacer  sentir su peso como una nación que participa en un escenario global e interdependiente, que difícilmente Estados Unidos puede desafiar, incluso con Trump al frente.

 

En un reporte generado la semana recién concluida, la consultora Straffor recordó que 90% de las 500 principales empresas de Estados Unidos, según la clasificación de “Forbes”, tienen intereses importantes en México, y que Estados Unidos canaliza a nuestro país 35% de sus exportaciones, por citar sólo dos indicadores. Ambas partes pues, tienen mucho que perder en el camino de una confrontación.

 

Por otro lado, el país exhibe una relativa fortaleza económica, lo que le da margen de maniobra, incluidas reservas internacionales por 175 mil millones de dólares, casi la mitad derivados de una línea de crédito flexible otorgada por el Fondo Monetario Internacional.

 

Un ejemplo reciente del músculo nacional ante Estados Unidos fueron las firmes negociaciones desarrolladas para romper el veto al ingreso de camiones de carga mexicanos a territorio estadounidense, pese a existir un acuerdo en la materia. Sin estridencias mediáticas pero sí con barreras arancelarias que mostraron ser eficaces, México logró pelear durante dos años el tema y eventualmente vencer el bloqueo que estaba radicado en el Senado norteamericano.

 

Contra lo que alegaban los promotores de un acercamiento acrítico hacia el mandatario electo, asegurando que el Trump electo mostraría un nuevo lenguaje, más prudente y respetuoso, el boquiflojo empresario ha retomado la agenda del muro divisorio y de las deportaciones masivas.

 

Ello pondrá bajo mucha presión las posiciones de la administración Peña Nieto y en particular, de la Cancillería, que encabeza Claudia Ruiz Massieu, que hasta ahora ha logrado dar prioridad a un cauto manejo diplomático apostando a que Trump ajuste sus políticas reales e incluso su comportamiento una vez que tome posesión de la Casa Blanca.

 

Sería una ingenuidad  sin embargo, suponer que la elección de Trump no atraerá mayor incertidumbre sobre la evolución de la economía nacional e incluso con respecto a la sucesión presidencial de 2018.  Cualquiera que sea la estrategia gubernamental, seguramente habrá de bordar muy fino y desempeñarse en no pocas ocasiones en el filo de la navaja.

 

En un significativo tuit inicial a la mañana siguiente de la elección, el presidente Peña Nieto felicitó no a Trump sino al pueblo de Estados Unidos por el proceso democrático vivido en la nación vecina. Durante una entrevista en estudio con Carlos Loret de Mola, de Televisa, la secretaria Ruiz Massieu no cedió a la insistencia del periodista sobre la necesidad de felicitar abiertamente a Trump, y optó por subrayar que su oficina y el conjunto del gobierno están haciendo lo que les corresponde.

 

Loret recordó la controvertida visita de agosto de Trump a México, orquestada por el ex secretario de Hacienda, Luis Videgaray, sobre la cual la canciller ya no repitió su argumento de aquellos días en el sentido de que tal visita “no generó los resultados previstos¨, y defendió en cambio la versión de que el presidente mexicano había aprovechado ese encuentro para expresar la visión del país sobre la inopinada agenda del entonces candidato presidencial estadounidense.

 

Uno de los personajes más singulares de este momento es el citado Luis Videgaray, cuyos cercanos han empezado a promover como el próximo embajador ante en Washington, con la idea de que puede aprovechar para México los contactos que permitieron aquella polémica visita de Trump.

 

Es indudable que se antoja un cambio en la titularidad de la embajada, actualmente ocupada por Carlos Sada, quien exhibe tres limitaciones graves: carece de una trayectoria suficientemente destacada, no tiene acceso a los primeros círculos de la política en Washington. Y la peor  y quizá más grave: no tiene acceso directo con el presidente de México.

 

Videgaray, no obstante, puede ser el otro lado de la moneda: sus nexos con el equipo de Trump no están del todo claros; ha jugado de espaldas a la diplomacia mexicana; su pragmatismo puede poner contra la pared al país, y una posición de este rango lo podría convertir en un actor disruptivo, incómodo incluso para el presidente Peña Nieto, ahora y en el 2018.

 

De toda suerte, se abre una etapa en que sin duda, viviremos en peligro.

 

rockroberto@gmail.com


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