Colima es algo así como nuestro Macondo. Un lugar que pocos han visitado y que vive en la imaginación. De hecho ahí está Comala, el lugar al que la literatura nos mandó a buscar nuestros orígenes, a nuestro padre. Ahora, Comala no es el páramo que describe Rulfo, que en  realidad se refiere a los pueblos áridos de Jalisco que se encuentran  del otro lado del volcán, Sayula o San Gabriel. Unos kilómetros después  de la barranca de Beltrán y hasta la Barra de Navidad, surgió en el siglo antepasado un fértil y muy pequeño estado, dotado de salinas, minas de hierro y un puerto. Siempre fue un rincón aislado del país (mis padres, abuelos, bisabuelos y todo ascendente que he podido identificar nació en Colima) lo que generó una pintoresca cultura local.

 

En Colima se construye cada año, desde hace dos siglos, una plaza de toros de madera para cinco mil personas, La Petatera, para la feria de San Felipe de Jesús, se toma la tuba, bebida que llegó de las Filipinas y además, el tejuino, que se tomó de las costumbres prehispánicas. Hasta hace algún tiempo, Colima fue ejemplo de desarrollismo priísta. En los 80 tuvo a la primera gobernadora del país, Griselda Álvarez, una cultísima promotora cultural que escribía poesía erótica, mientras excéntricos millonarios construían hoteles en Manzanillo.

 

Pero Colima fue presa de los dos grandes males del país en las últimas décadas, el narcotráfico y el magro crecimiento económico. Eso convirtió al lugar del realismo mágico al realismo a secas de los bajos salarios, las escasas oportunidades y la violencia del crimen organizado. A Colima la promesa del desarrollo nuca llegó y hoy, de manera inesperada, le salta al país como uno de sus tantos pendientes.

 

De acuerdo con el CONEVAL, la pobreza extrema prácticamente se duplicó entre 2010 y 2012. Colima no está integrado a la zona industrial Bajío-Guadalajara, tampoco a la agricultura de alta productividad del noroeste, el turismo se estancó y el puerto no genera mayores empleos. Los indicadores sociales siguen siendo mejores que los del resto del país, pero definitivamente no mejoran. Lo que sí, impulsó a algunos sectores de la economía, como el inmobiliario, fue el narcotráfico.

 

Es un lugar ideal para lavar el dinero de los productores de drogas de las costas de Michoacán y Jalisco que utilizan Manzanillo para transportarla a California. Desde hace varias décadas el narco ha capturado a buena parte de la sociedad. Desde hace al menos una década la pax narca fue rota, cuando se desplomó el cartel de los Amezcua, por lo que Zetas, Pacífico y Jalisco Nueva Generación se disputan la plaza. Hace unos meses, en pleno puente del primero de mayo, el narco bloqueó las carreteras entre Guadalajara y Manzanillo. Eso explica en buena medida el tipo de violencia política que se ejerce. Las ejecuciones y las balaceras no son diarias pero sí comunes en el estado.

 

Colima, alguna vez uno de los mejores lugares para vivir del país, está más cerca de Iguala o Nuevo Laredo, que de Aguascalientes o de San Luis.

 

De hecho la imagen de Colima como el curioso lugar donde la gente hace suertes  charras a caballo y torea vaquillas en la feria de La Villa,  ha hecho más daño que bien. En la opinión pública nacional ha nadie le ha importando que dos grupos políticos priístas, el que controla la universidad y el que tiene el gobierno, mantenga una permanente y descarnada disputa financiada con recursos públicos. Eso ya terminó en muertos y heridos. Una estado que hace política con pistolas, como de los años 30.

 

En esa ocasión mataron al hijo del ex gobernador Enrique de la Madrid, por los que su esposa se tuvo que ir a vivir a México con sus hijos Miguel y Alicia. Ni medios independientes, ni prácticas políticas democráticas, ni políticas públicas de desarrollo eficaces, son la norma en un estado con uno de los niveles de escolaridad más altos del país. Sobra decir que la oposición tampoco ha hecho mucho por presentar una oferta alternativa solvente.

 

La simulación en la norma en temas como transparencia, rendición de cuentas y evaluación de los asuntos públicos. Hace unas semanas el congreso estatal aprobó una deuda nueva a 30 días de que se cambie la administración, cuando la Constitución mandata a que se realice al menos con tres meses de anticipación.

 

A Colima le urge una estrategia que reconozca el poder del narcotráfico  en la entidad y sea capaz de desmantelarlo sin poner  en riesgo la seguridad y la vida de las personas. Se debe partir del enorme riesgo que se corre al estar situado entre dos de las zonas de mayor actividad criminal del país y con el puerto favorito para traficar drogas. La seguridad ciudadana tiene que ser la  prioridad, lo demás es secundario. Requiere también la construcción de un nuevo sistema de gobernanza, con gobiernos que rindan cuentas, con pesos y contrapesos, con legalidad.

 

Se necesita un programa de desarrollo económico que permita aprovechar las enormes potencialidades de la entidad y conectarla a las regiones, por cierto cercanas, de alto dinamismo. Habría que decir que las potencialidades del estado también son enormes, de infraestructura, de capital humano, pero también reconocer que la situación actual es de enorme vulnerabilidad.

 

Que las nuevas elecciones, producto del corporativismo como forma de hacer política, sirvan como una llamada de auxilio para ese entrañable lugar no sólo un arbolado rincón que conserva costumbres de película mexicana de cine de oro, sin como un estado al que la promesa del desarrollo no ha llegado, porque su lugar lo ocupó la pesadilla del narco.

 

@vidallerenas



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