El atentado terrorista perpetrado por esbirros de la organización denominada “Estado Islámico” que cimbró a Francia y al mundo hace unos días, cobrando la vida de periodistas, policías y civiles, nos recuerda de manera dramática, en tiempo real, la vigencia de la agenda fundamentalista que amenaza al mundo en distintas latitudes y bajo distintas denominaciones ideológicas o pseudo religiosas.

 

Como en otras ocasiones, el golpe fue certero. Sucedió en Francia, el país de las libertades y los derechos humanos; en París, una de las capitales más representativas de Occidente, a plena luz del día, en un acto de terror inaudito más no inesperado, que hace evidente la vulnerabilidad de los sistemas de seguridad y que le recuerda al mundo que no hay límite ni blindaje ante el fanatismo y la voluntad de daño de quienes han hecho de la violencia religión, credo político y territorio, como sucede con esta organización yihadista asentada en amplios territorios de Irak y Siria y con capital oficiosa en la ciudad de Raqqa.

 

Como bien lo expresó el presidente Hollande, el atentado fue a la libertad y la democracia, a los principios fundacionales de Europa y de las naciones occidentales; en ese sentido, bien se puede asumir que fue un ataque global al que Francia respondió con singular eficacia al identificar y eliminar a los agresores directos con el uso legítimo de la fuerza a cargo de los órganos de seguridad del Estado y al que la comunidad internacional respondió con el repudio unánime y la presencia solidaria de líderes de Europa y Medio Oriente en la histórica manifestación del pueblo francés y sus autoridades en contra del terrorismo.

 

Como puede advertirse, la tensión y el debate entre civilización y barbarie ha puesto en movimiento las agendas de los organismos internacionales y de muchos países que comparten la preocupación y el compromiso con la justicia y el respeto a los derechos humanos como base de la convivencia pacífica entre las naciones y que, en consecuencia, desarrollan sendos protocolos de seguridad y anti terrorismo, invariablemente supranacionales, a fin de garantizar la integridad de sus habitantes, la inviolabilidad de sus fronteras, la estabilidad y paz regional y la vigencia de los principios libertarios.

 

Para quienes creemos en la causa de la libertad, el respeto a la dignidad humana, el bien común y la paz, entendida como la convivencia en el orden y el derecho, es bueno recordar las raíces que la sostienen. Francia respondió con base en los principios comunitarios que dieron vida a la Unión Europea. A esas naciones no las detuvo el horror de la guerra. En la mente y el corazón de Robert Schuman, Alcide de Gasperi y de Konrad Adenauer, considerados entre los padres de Europa, nunca se apagó la flama de la esperanza de un mundo unido y en paz. Décadas después, el 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos vio derrumbarse el signo de su poderío económico y es presa de una amenaza constante alrededor del mundo; como la nación más poderosa,  lejos de retraerse se expande desplegando acciones internas y globales para defender sus intereses. 

 

México no está exento de este riesgo global; en especial por su posición geo-estratégica al lado de la hiper potencia. Aun más, a la amenaza del terrorismo internacional que no reconoce fronteras, debemos agregar los graves problemas de seguridad y violencia que padecemos al interior por la acción del crimen organizado y el resurgimiento de grupos armados, unos con motivaciones ideológicas y estructuras semi-clandestinas; otros, abiertos y beligerantes en forma de auto defensas o guardias rurales, estos últimos, auspiciados imprudentemente en regiones como la tierra caliente en Michoacán y Guerrero como supuesta solución a la descomposición social de esas entidades. 

 

Nuestro país debe aprender la lección que nos ha dado el pueblo francés, en especial la respuesta unánime de repudio a la violencia con un gesto envidiable de valor, determinación y unidad. Las heridas que hemos sufrido por la violencia y el crimen así como el costo humano de muchas vidas perdidas en las ejecuciones y desapariciones forzadas amerita una respuesta contundente que no hemos querido o no hemos podido dar, en particular por algo que es aún peor, la corrupción y la complicidad de las autoridades de distintos órdenes de gobierno con los criminales.

 

Uno de los saldos más lamentables que esta situación ha dejado es la pérdida de confianza en las autoridades y en las instituciones, en especial las encargadas de la seguridad y justicia, quizá eso explique la falta de respuesta social y la erosión del compromiso de la llamada clase política para construir los acuerdos que el país necesita. El costo país de haber negado por largo tiempo las reformas recientemente aprobadas es muy alto, como también el daño que genera posponer los cambios pendientes en seguridad y  justicia.

 

Al inicio de este año y de cara al próximo periodo ordinario de sesiones del Congreso de la Unión, es indispensable concretar los  acuerdos para aprobar el sistema nacional anticorrupción propuesto por el Partido Acción Nacional y sacar adelante las decisiones legislativas y ejecutivas que aseguren la adecuada implementación del nuevo sistema de justicia penal y el nuevo modelo de gestión policiaca, pero sobre todo, que nos aseguremos que reformas fundamentales como la educativa, único camino seguro para consolidar el crecimiento y el desarrollo sostenido, no se frustren ahí donde la violencia y marginación han hecho de la vida cotidiana el imperio de la barbarie. Sólo así avanzará la agenda de la civilización.

 

@MarcoAdame

 



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