Hace justo un año, en julio de 2015, Alejandra Barrales fue convocada por Miguel Ángel Mancera, jefe del gobierno de la ciudad de México, quien le pidió aceptar el cargo de secretaria de Educación. Ambos sabían que se trata de un puesto menor pues no controla el sistema educativo capitalino, que aún es manejando por la autoridad federal.

 

Barrales (Distrito Federal, 1967) asumió el cargo porque, según ha contado a sus cercanos, Mancera la expuso un argumento que le pareció válido: la sucesión en la ciudad será manejada desde el despacho del jefe de Gobierno, y sólo aquellos que figuren en su primer círculo tendrán posibilidades de figurar en el proceso.      

 

Senadora desde 2012, a la señora Barrales le sobraban motivos para dudar de Mancera, y en general de toda la nomenklatura del Partido de la Revolución Democrática en la ciudad, una colección de cacicazgos y oscuros operadores políticos que por años la han combatido soterradamente.

 

En el otoño de 2011, siendo jefe de Gobierno Marcelo Ebrard, se asumía como un hecho que el relevo del experimentado político sería Mario Delgado. Todo se había alineado en su favor. Pero un día Ebrard cambió de idea, y todo se desajustó, lo que trajo el surgimiento de varias alternativas, dos de ellas las más sólidas: Barrales y Mancera.

 

Corrían las semanas en medio de la incertidumbre, cuando de acuerdo con testimonios diversos, una tarde Ebrard llamó a Barrales –entones lideresa de la Asamblea Legislativa- y le habría dicho, palabras más, palabras menos: “Tú vas a ser, prepárate”.

 

Existe una historia no contada sobre por que Ebrard finalmente se decantó a favor del doctor Mancera,  y dejó en el arroyo tanto a Delgado como a Barrales, los que finamente fueron rescatados para ser senadores por el Distrito Federal.

 

Barrales dijo en coloquios discretos que había aprendido mucho de las traiciones; que no volvería a apostar su futuro político en una sola persona, y ni siquiera pertenecería a una corriente del PRD, el partido que en el 2000 la hizo por vez primera diputada local en la Asamblea y al que se afilió en el 2002.

 

Desde el 2012 cumplió su propósito: se le vio cercana lo mismo al movimiento que encabeza Andrés Manuel López Obrador que a la facción de “Los Chuchos”, entonces dominante en el PRD; que al grupo del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, con cuyo hijo Lázaro, siendo gobernador de Michoacán, trabajó (2001-2002) en la posición clave de secretaria de Desarrollo Social.

 

Hace algunas semanas fue informada que Mancera la impulsaría para alcanzar la presidencia nacional del PRD, mediante una operación que inicialmente operaron la fracción IDN, de Héctor Bautista y Jesús Valencia, y el grupo Vanguardia Progresista, subordinado a Mancera y conducido por uno de sus operadores más oscuros, Héctor Serrano, formalmente secretario de Movilidad capitalino pero autor de múltiples maniobras, con resultados decrecientes.

 

La creciente debilidad orgánica y electoral del PRD permitió que Mancera se hiciera de su control relativo, pese a no ser militante del partido y mostrar él mismo un agudo deterioro en su nivel de aceptación pública, incluso en la capital del país.

 

El anterior presidente del PRD, el acreditado politólogo Agustín Basave, dejó el cargo al concluir que ese organismo se halla gangrenado por las facciones y los intereses creados.

 

Existe el riesgo de que Alejandra Barrales no pueda frenar el derrumbe de la institución que ahora encabeza, la que en su principal enclave, la capital del país, ha sido superada por Morena en dos ocasiones sucesivas ante las urnas, en 2015  -con la elección de diputados federales y locales, y de jefes delegacionales-, y en 2016, en las votaciones para la Asamblea Constituyente.

 

En un hecho insólito, en las elecciones estatales de este año, el PRD mantuvo cierta relevancia gracias a que se alió al PAN. El PRI perdió siete gubernaturas, en la mayor parte de las cuales hubo una alianza entre Acción Nacional y el partido del sol azteca, pero ningún líder perredista ganó, por lo que el perredismo empieza a ser calificado de “partido satélite” del PAN.

 

Barrales ha iniciado una “luna de miel” en el PRD que como suele ocurrir, duran sólo un suspiro. Concluido ese periodo, deberá mostrar que Mancera y las corrientes no le han puesto el cuello.  Serían lastimoso que se exhibiera como una empleada menor de, por ejemplo, el citado Héctor Serrano, que aprovecha para sí la pereza que la mayor parte del tiempo parece inspirarle la política a su jefe.

 

Si Barrales se hunde en el mismo lodazal que frustró la gestión de Basave, enfrentará un dilema: la dignidad de una nueva renuncia en el PRD, o la decisión de tragar sapos de ese pantano.

 

rockroberto@gmail.com

@OpinionLSR



Debe iniciar sesión para poder enviar información

Debe iniciar sesión para poder enviar información