El gobierno norteamericano se encuentra ahora encabezado por un empresario prepotente, que nació multimillonario y está acostumbrado a mandar e imponer su voluntad. Con él ha cambiado radicalmente el tono del discurso norteamericano y eso hace que buena parte de los mexicanos se sientan traicionados. Después de décadas en que abandonamos el fortalecimiento de la soberanía nacional, para guiarnos por una voluntad ajena, resulta que ese señor no está satisfecho y nos da la espalda.

 

Lo peor es que esto ocurre en muy mal momento. Se desplomó el precio del petróleo y de los minerales, se caen las exportaciones, crece la deuda pública, se deterioran los servicios de salud y educación, se debilita el mercado interno y cae el ritmo de crecimiento. La oferta guajira de bienestar con que empezó el sexenio ha sido substituida por el horror de la corrupción, la impunidad, y la violencia. La nueva dirigencia norteamericana nos ve como estado fallido.

 

Cierto que Trump llega en mal momento, pero sería un error culparlo de lo que ya venía ocurriendo. Sin embargo, más por despecho que por racionalidad, muchos se dejan ilusionar por las salidas falsas que difunden los medios y la clase política.

 

Una de ellas es la idea de que contra Trump tenemos que defender el TLC, a la camarilla gobernante y a la estrategia económica que precisamente nos ha dejado tan indefensos. Protestar contra Trump sin protestar contra este modelo económico empobrecedor, modelo basado en la venta país, sin política industrial ni de desarrollo rural, es un contrasentido.

 

Muchos difunden la idea de que si los Estados Unidos nos dan la espalda podemos encontrar otros aliados y otros socios comerciales. No es tan fácil. En nombre de la globalización y a lo largo de muchos años, décadas, se construyó una relación de dependencia bilateral sumamente fuerte que hoy en día es la característica básica de nuestra economía. Por un lado, con los Estados Unidos al que le vendemos más del 80 por ciento de nuestras exportaciones y con el que tenemos un superávit que de acuerdo a datos mexicanos asciende a más de 120 mil millones de dólares.

 

Por otra parte, con China a la que le vendemos solo el 1.3 por ciento de nuestras exportaciones, pero a la que le compramos mucho más, sobre todo manufacturas. Gracias al superávit con los Estados Unidos podemos tener déficits comerciales de 65 mil millones de dólares con China, de cerca de 100 mil millones con todo el sureste asiático, más unos 27 mil millones con Europa.

 

Decía antes que tenemos una dependencia bilateral porque el superávit y el déficit van juntos; sin el superávit con Estados Unidos no podríamos pagar el déficit con China y el resto del mundo. Lo otro que hay que entender es que el potencial para cambiar esta relación bilateral es muy desigual. Podríamos, si quisiéramos, establecer medidas de manejo comercial que redujeran nuestro déficit; cosa de comprarles menos. Pero no se puede hacer lo mismo con el superávit; ahí los Estados Unidos tienen la sartén por el mango; ellos son los que pueden decidir comprarnos menos, o exigir que les compremos más, para equilibrar el comercio.

 

Los que hablan de voltear hacia otros países, diversificar exportaciones y construir otras alianzas comerciales no están entendiendo que no se trata de comerciar más, sino de substituir el financiamiento que nos da el superávit.

 

Ya en años pasados Argentina y Brasil rompieron tratos comerciales con México precisamente por no aceptar un déficit comercial. Así que con Latinoamérica, Europa o China podemos comerciar más pero a lo más que podríamos llegar es a un comercio equilibrado.  

 

Así que no hay para donde voltear; no si se trata de substituir con otros países el superávit con Estados Unidos. De hecho tan solo la idea de incrementar el comercio con otros países es en el fondo una búsqueda desesperada de soluciones para no cambiar el modelo económico.

 

El comercio exterior de México es, como proporción, cerca del triple del norteamericano. Estamos mucho más globalizados que ellos y que la mayoría de los países del mundo. Se debe a que en nuestro modelo globalizador patito el crecimiento se daría vendiendo a Estados Unidos componentes importados, ensamblados con mano de obra barata, en empresas a las que se les regala el terreno y la infraestructura, se les condonan impuestos, con reglas ambientales laxas y bajo control sindical.

 

Un modelo que nos hizo olvidarnos del mercado interno y del bienestar de nuestra población.

 

No es hora de voltear hacia afuera en las relaciones comerciales. Es hora de voltear hacia adentro, de fortalecer el mercado interno, de elevar salarios, de substituir importaciones con una fuerte política de reindustrialización y de desarrollo rural, generadoras de empleo.

 

No es la hora del nacionalismo inmovilizador, de la defensa acrítica del modelo económico que nos ha hecho vulnerable. Requerimos de un nacionalismo profundo, que regrese a nuestras raíces y recupere el control de los recursos estratégicos, reactive el campo y la industria y nos coloque en la modernidad mundial como dueños de nuestro destino.

 

Por cierto que…

 

En esta ocasión con buenos modales, Trump le pidió a Shinzo Abe, el primer ministro de Japón, que entre los dos países haya un “comercio libre, justo y  reciproco.” Es decir sin el actual déficit norteamericano de 69 mil millones de dólares. 

 

@JorgeFaljo

@OpinionLSR

 

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