Relaciones a la baja

 

Un “todavía” hipotético muro a construirse en la frontera entre estados Unidos y México está en el centro de lo que muchos consideran como un rápido deterioro de las relaciones entre Estados Unidos y México en la era del presidente Donald Trump.

 

El muro forma parte central de las ofertas de campaña electoral de Trump y se convirtió en un símbolo de lo que el estadounidense define como una forma de proteger a una población de delincuentes y asesinos, y en el lado mexicano es visto como una señal absurda e insultante de visiones xenofóbicas y racistas del sector que llevó a Trump al poder.

 

La visión de Trump en todo caso se refleja también en la forma en que aborda la inmigración, especialmente de países musulmanes, por un lado, y la actitud hacia los alrededor de once millones de indocumentados radicados en el país, que son hasta en 50 por ciento mexicanos.

 

La demanda original, de que el muro sea pagado por México, encontró un insistente rechazo oficial y social en México.

 

La postura de Trump se refleja también en su afirmación de que el libre comercio con México ha sido negativo para su país. De hecho, se ha esforzado por asegurar que los gobernantes mexicanos se han aprovechado de los Estados Unidos. 

 

Con esas formulaciones, no es extraño que la conversación telefónica que el 27 de enero sostuvieron Trump y Peña Nieto esté en el centro de lo que algunos consideran un rápido deterioro de las relaciones bilaterales: una versión indica que Trump amenazó a Peña Nieto con enviar tropas a México para enfrentar a los grupos narcotraficantes ante la ineficacia de las Fuerzas Armadas mexicanas. Otra versión  señala que fue en un contexto de apoyo en caso necesario.

 

La conversación, tan "poco importante" como "secreta y confidencial" según Trump, fue rápidamente filtrada a los medios y causó un escándalo desde el principio: en Estados Unidos, como símbolo de la inexperiencia y la forma menos que política de relaciones internacionales en la era Trump. En el lado mexicano, como un insulto.

 

El caso es que por primera vez en 30 años el nuevo presidente de los Estados Unidos no se ha reunido con el mandatario mexicano, como era ya tradicional entre dos países vecinos íntimamente entrelazados social y económicamente. Y no solo no hay fecha para tal encuentro, al parecer tampoco apetito.

 

Para Trump, que durante sus primeros 30 días en la Casa Blanca ha sufrido un revés tras otro y es presentado cada vez más como un "amateur" fuera de su liga, la barda, la migración y la renegociación del Tratado Norteamericano de Libre Comercio (TLCAN) son vías de tratar de mantener vivo el fervor de sus seguidores y tal vez la recuperación de su aura de insensibilidad.

 

Para los mexicanos son un renovado y muy resentido símbolo de la dependencia y debilidad del país frente a su vecino del norte.

 

@OpinionLSR

Un todavía hipotético muro a construirse en la frontera entre estados Unidos y México está en el centro de lo que muchos consideran como un rápido deterioro de las relaciones entre Estados Unidos y México en la era del presidente Donald Trump.
El muro forma parte central de las ofertas de campaña electoral de Trump y se convirtió en un símbolo de lo que el estadounidense define como una forma de proteger a u población de delincuentes y asesinos, y en el lado mexicano es visto como una señal absurda e insultante de visiones xenofóbicas y racistas del sector que llevó a Trump al poder.
La visión de Trump en todo caso se refleja también en la forma en que aborda la inmigración  especialmente de países musulmanes, por un lado, y la actitud hacia los alrededor de once millones de indocumentados radicados en el país, que son hasta en 50 por ciento mexicanos.
La demanda original, de que el muro sea pagado por México, encontró un insistente rechazo oficial y social en México.
La postura de Trump se refleja también en su afirmación de que el libre comercio con México ha sido negativo para su país. De hecho, se ha esforzado por asegurar que los gobernantes mexicanos se han aprovechado de los Estados Unidos. 
Con esas formulaciones, no es extraño que la conversación telefónica que el 27 de enero sostuvieron Trump y Peña Nieto esté en el centro de lo que algunos consideran un rápido deterioro de las relaciones bilaterales: una versión indica que Trump amenazó a Peña Nieto con enviar tropas a México para enfrentar a los grupos narcotraficantes ante la ineficacia de las Fuerzas Armadas mexicanas. Otra versión  señala que fue en un contexto de apoyo en caso necesario.
La conversación, tan "poco importante" como "secreta y confidencial" según Trump, fue rápidamente filtrada a los medios y causó un escándalo desde el principio: en Estados Unidos, como símbolo de la inexperiencia y la forma menos que política de relaciones internacionales en la era Trump. En el lado mexicano, como un insulto.
El caso es que por primera vez en 30 años el nuevo presidente de los Estados Unidos no se ha reunido con el mandatario mexicano, como era ya tradicional entre dos países vecinos íntimamente entrelazados social y económicamente. Y nos solo no hay fecha para tal encuentro, al parecer tampoco apetito.
Para Trump, que durante sus primeros 30 dias en la Casa Blanca ha sufrido un revés tras otro y es presentado cada vez mas como un "amateur" fuera de su liga, la barda, la migración y la renegociación del Tratado Norteamericano de Libre Comercio (TLCAN) son vías de tratar de mantener vivo el fervor de sus seguidores y tal vez la recuperación de su aura de insensibilidad.
Para los mexicanos son un renovado y muy resentido símbolo de la dependencia y debilidad del país frente a su vecino del norte.

 


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