Donald Trump y legitimidad

 

Las necesidades de política doméstica del aún presidente electo Donald Trump empujan ya las formulaciones de política exterior de los Estados Unidos y sobre todo una plantea problemas para México: su necesidad de validación política.

 

Trump es el presidente de los Estados Unidos, pero al mismo tiempo no es un mandatario que haya conquistado el respeto de todo su país ni el absoluto acatamiento de su aparato.

 

Al margen de sus bravatas y su arrogancia, Trump es un presidente en urgente necesidad de legitimarse, en gran medida porque parece en proceso de convertirse en un mandatario que basado en el respaldo republicano gobierne en realidad al margen de los partidos, aún el que lo nominó.

 

De hecho, según las encuestas, más de la mitad de los estadounidenses son pesimistas respecto a su presidencia y todos los indicios son de que no ha habido proceso, ni intento o interés, de acercamiento con los estadounidenses que no votaron por él.

 

En ese marco, la feroz crítica lanzada el domingo por el diputado John Lewis, un líder histórico de la lucha por derechos civiles, sobre la legitimidad de la elección debido a la presunta intervención rusa fue como un bofetón para el nuevo mandatario, que respondió de inmediato.

 

La feroz renuencia de Trump a aceptar las conclusiones de las agencias de inteligencia estadounidenses sobre la supuesta intervención de espías rusos en las elecciones de noviembre tiene una razón de legítima duda pero otra más política: aceptarlas implica un ataque a su legitimidad.

 

La insistencia de Trump en la necesidad de construir un muro en la frontera con México y buscar que México lo pague no tiene otra razón que la búsqueda de legitimidad a través de la ilusión de que así logrará que los Estados Unidos "sean grandes otra vez".

 

La tormenta de controversias desatadas por Trump con sus tuits, sea en contra de Ford y Toyota o de Obama y los medios tiene una única causa, la búsqueda de legitimidad.

 

Y no es que Trump haya hecho trampa para ganar la elección de noviembre pasado. Pese a la aparente irracionalidad de la afirmación, es un presidente legítimo aunque uno, en palabras de un análisis político, con necesidad de legitimidad.

 

Desagradable, mentiroso, mezquino y arrogante como es, sus propuestas o su popularidad o el rechazo a la candidatura contraria convencieron a suficientes estadounidenses de votar por él y darle el triunfo en el Colegio Electoral.

 

La eficacia de sus presiones, sin embargo, le ha dado o parece haberle dado resultados hasta ahora, aún antes de entrar formalmente a la Casa Blanca.

 

Con todo, los últimos meses le pueden haber permitido darse cuenta de que no es "el" hombre popular que cree, y que si bien ganó el respaldo de un sector importante no es ni mucho menos el líder indiscutible de los Estados Unidos: perdió la votación general simbólicamente y por 2.9 millones de votos.

 

Eso no lo hace menos legítimo ante la ley y el próximo viernes asumirá la presidencia de los Estados Unidos.

 

Trump parece ser, según sus críticos, alguien a quien no preocupan los principios que los Estados Unidos dicen defender, sino alguien que sólo respeta fuerza y poder como medida de grandeza.

 

Pero Trump es un hombre que todavía, en medio de lo que se supone sea un tiempo copado en momentos normales, se dio el tiempo para burlarse de que su sucesor en un programa de televisión no tuviera los mismos números de audiencia que tuviera él en su momento o pelearse con una actriz de Hollywood o con un programa de televisado de sátiras.

 

Pero ese es el personaje con el que hay que lidiar ahora.

 

@OpinionLSR


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