Suena más que raro pero la elección de Donald Trump es una oportunidad para México.

 

Es tal vez la largamente deseada razón para que nuestra sociedad deje de sentirse atada al mercado estadounidense y vea hacia otras partes del mundo.

 

Pero no en busca de milagros. Hace treinta años se veía a Europa Occidental como la posible fuente de un súbito y maravilloso equilibrio comercial y político; hace 20 años era Japón. Nunca ocurrieron: el Tratad de OIbre Conercio de América del Nirte (TLCAN) ocurrió porque los europeos no tenían tiempo para México.

 

Es una oportunidad impuesta. Con la elección de Trump y las advertencias de su retórica, es como las oportunidades que describe Jacques Rogozinski, Director General de Nacional Financiera: como al pájaro que se negaba a volar y al que le cortaron la rama.

 

Trump amenaza con cortar la rama en que Mexico está posado. 

 

Pero un país del tamaño de México no puede darse el lujo de caer. Lo que hay que hacer es trabajar de manera más realista, a más largo plazo y sobre mejores bases.

 

John Foster Dulles, el Secretario de Estado de Dwight Eisenhower en los cincuentas, solía decir que los Estados Unidos no tienen amigos, sino intereses. Es una frase que bien se le podría colgar a cualquier otra potencia del mundo y de hecho fue mejor planteada por Benjamin Disraeli, el legendario Primer Ministro británico del siglo XIX: "no tenemos amigos permanentes ni tenemos enemigos permanentes. Tenemos intereses permanentes".

Y para bien o para mal, el interés permanente de México y de los Estados Unidos está con el otro: una frontera común, una integración social más allá del problema de los indocumentados, una enorme interrelación económica. Pero los estadounidenses afirman que México es desconfiables por sus problemas internos; los mexicanos que los Estados Unidos son desconfiables por definición, sobre todo con la elección de Trump.

 

Es cierto que la cercanía obliga, igual que las familias y la interrelación económica. Pero no se puede ni se debe permitir que esa cercanía convierta a México en satélite. Aliado sí; subordinado no.

 

Y para eso es necesario recordarle al gobierno y la sociedad estadounidenses que como alguna vez les dijo el admirado historiador Lorenzo Meyer, "Mexico is a country, not a county" (México es un país, no un municipio).

 

Y la mejor forma de recordarlo no es con declaraciones más o menos rimbombantes sino con acciones.

 

Si: es necesario negociar con Estados Unidos y tratar de suavizar, si no evitar del todo, los aspectos más ásperos delineados en la retórica de Trump. No hay alternativas realistas para la que es y seguirá siendo sin duda, la relación más importante del país. La geopolítica, la cultura y la sociedad así lo indican.

 

Pero al mismo tiempo, se debe intensificar lo que hasta ahora ha sido un balbuceo. Buscar mejorar y aumentar las relaciones económicas con Asia, especialmente Japón, China y la India; se debe buscar un incremento del intercambio con Europa, más allá de la debilitada burocracia de Bruselas; hay que mejorar el comercio con Turquía y Australia, potenciar la Alianza del Pacífico.

 

No va a ser un trabajo de milagros. Ni se va a realizar con la varita mágica de Harry Potter. Tiene que ser un trabajo de largo aliento, pero insistente y persistente; una labor que el gobierno debe facilitar y los empresarios y la sociedad mexicana deben emprender urgentemente.

 

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