México y Estados Unidos... se necesitan pese a todo. 

 

Hace casi 30 años Henry González, el legendario representante (diputado) estadounidense por San Antonio aconsejó al gobierno estadounidense: "no se metan con México".

 

La ocasión no era una en específica, pero sí un momento complicado en las relaciones bilaterales. En 1985 se vivía la cauda que había dejado el asesinato, del agente antinarcóticos, Enrique "Kiki" Camarena en Guadalajara por un grupo narcotraficante mexicano y había ánimos exaltados en Estados Unidos.

 

De hecho, William von Raab, el entonces Comisionado de Aduanas, se había dado el lujo de cerrar las fronteras para presionar por la captura del autor del crimen, Rafael Caro Quintero.

 

Y aunque nadie lo desautorizó, públicamente al menos, es fama que el entonces Secretario del Tesoro estadounidense, el texano James Baker, exigió sarcásticamente a von Raab que le avisara de la próxima vez que quisiera declarar unilateralmente la guerra a otro país.

 

Fueron momentos difíciles. Tanto que algunos llegaron a temer un choque de mayores proporciones. 

 

Pero los temperamentos se fueron calmando, aunque los resentimientos quedaron, como se vio en los varios años de "certificación" antinarcóticos que siguieron a consecuencia del asesinato de Camarena.

 

La imagen de México nunca se recuperó del todo y desde entonces ha sido mixta en el mejor de los casos. Lo que sí es claro es que para muchos estadounidenses, México y los mexicanos figuran entre los villanos de la película, de la misma forma en que ellos son frecuentemente los "malos" en nuestra óptica.

 

Ciertamente es casi absurdo que dos países tan entrelazados económica, cultural y socialmente, y que de paso se necesitan tanto en términos geopolíticos y estratégicos, parezcan tan decididos a mantenerse conscientemente al margen el uno del otro.

 

Lo cierto es que la dependencia es mutua en muchos sentidos. El comercio bilateral es de enorme importancia para los dos, y pésele a quien le pese, los mexico-estadounidenses son una realidad tanto como la enorme vinculación económica.

 

Al margen de la intención que González hubiera podido tener hace 30 años, la realidad es que los dos países están obligados a convivir y que lo que lastime a uno lastima al otro. 

 

Muchos estadounidenses y no menos mexicanos deberían tenerlo presente.

 

@OpinionLSR



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