Esta semana puede haber sido el momento en que el gobierno mexicano haya decidido probar los límites de la Doctrina Estrada y comenzar otra etapa de su política exterior.

 

Cuando el presidente Enrique Peña Nieto expresó personalmente las críticas de su gobierno a las posturas antimexicanas expresadas por el empresario Donald Trump, aspirante a la candidatura presidencial del partido republicano, subrayó y asumió lo que ya habían expresado la canciller Claudia Ruiz Massieu, primero, y los secretarios de Gobernación y Hacienda, Miguel Ángel Osorio Chong y Luis Videgaray.

 

Pero más que eso, asumió un sentimiento creciente entre los mexicanos.Cierto, es posible que si Trump llegara a ganar la presidencia estadounidense tanto él como Peña Nieto tendrían que llegar a acuerdos y olvidar sus respectivas palabras. No por afecto, sino por conveniencia.

 

Pero eso es parte de la política y por lo pronto una especulación. La realidad es que el presidente Peña Nieto se pronunció respecto al proceso electoral de otro país, aun cuando a fuero de político, centró sus expresiones específicamente en el empresario y sus afirmaciones.

 

Lo hizo correctamente, sobre todo después de que Trump pareciera despacharse a gusto durante meses en ataques sin encontrar respuesta mexicana.

 

Pero fue un raro momento.

 

La decisión en todo caso no debe haber sido fácil.

 

Los gobiernos mexicanos se han debatido por años sobre la forma que es o pudiera ser aceptable expresarse sobre temas internacionales, y muy en especial cuando se trata de cuestiones políticas internas de otros países.

 

La razón es histórica. Después de todo, la Doctrina Estrada era una forma de evitarse pronunciamientos y por tanto compromisos sobre lo que pasaba en otros países, y con ello demandar -y obtener- respeto y no injerencia en problemas domésticos.

 

Excepcionalmente hubo transgresiones: los casos de España durante la Guerra Civil; de Chile, en 1973, de Nicaragua y El Salvador en los ochentas, que tuvieron el apoyo de la mayor parte de la población, aunque mantuvieron la letra de la doctrina: "El gobierno mexicano sólo se limita a mantener o retirar, cuando lo crea procedente, a sus agentes diplomáticos, sin calificar precipitadamente, ni a posteriori, el derecho de las naciones para aceptar, mantener o sustituir a sus gobiernos o autoridades".

 

Eso funcionó bastante bien hasta tal vez la década final del siglo XX, para cuando la verdad sea dicha era ya un tejido tan pasado de moda y de posibilidades como las máquinas télex (aparatos electromecánicos que usaban líneas telefónicas para su comunicación) que las computadoras relegaron a los museos.

 

La caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética acabaron con la etapa conocida como "guerra fría", que fue una etapa en que parecía haber un mundo dividido entre dos grandes centros de poder.

 

Las críticas personales a Trump podrían no ser una ruptura total de la Doctrina y probablemente algunos juristas alegarán que no hubo ruptura. Pero el espíritu cuenta, y es una transgresión en la que Peña Nieto se encuentra en sintonía con la mayoría de sus gobernados.

 

@OpinionLSR



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