Un 58 por ciento de los votantes que participaron el martes en los caucuses de Nevada se definieron como enojados, y un 36 por ciento más se dijo insatisfecho, lo que confirma lo que los analistas ya señalaban.

 

Este es el año de los "votantes enojados" en Estados Unidos, y lo que durante décadas ha pasado como sabiduría política normal parece totalmente de cabeza. Y la verdad es que hoy, como rara vez ha pasado en la historia estadounidense, existe la posibilidad de que las elecciones de noviembre sean disputadas por candidatos representativos de los sectores más inconformes de entre los republicanos y los demócratas, sus respectivas ala derecha y ala izquierda, por decirles de alguna forma.

 

Hay que precisar que hoy es posible, pero aún no es probable. El hecho sin embargo es que nadie esperaba un desarrollo como éste.

 

En el lado republicano Donald Trump ha logrado hacerse el portaestandarte de los grupos más ideológicamente desafectos o decepcionados con lo que les parece un inane juego político legislativo, en el que las minorías tienen la posibilidad de frustrar a las mayorías.

 

Trump parece tener el apoyo de los grupos descontentos, en especial nuevos votantes, mientras el aparato tradicional del partido republicano parece cerca de hacer un esfuerzo desesperado por detener su marcha triunfal. 

 

Trump ha recurrido al lenguaje de la xenofobia y el pseudopatriotismo, el de la guerra cultural y del conservadurismo social y la nostalgia por una recordada era de grandeza que nunca fue tan clara o tan perfecta como la hace aparecer la nostalgia.

 

Su ventaja hasta ahora es de tener audiencias cautivas. Su atractivo hacia los grupos más apegados a la tradición política republicana es limitado, pero sus posibilidades decrecen en la medida de que aquellos no se aglutinen detrás de un solo candidato. 

 

Las próximas tres semanas son cruciales en ese sentido: Habrá 30 elecciones primarias en las que estarán en disputa aproximadamente 1,350 de los 2,470 delegados que participarán en la convención nacional republicana de fines de julio en Cleveland (Ohio).

 

Si Trump, como es posible, gana la mayoría de esos delegados, su camino a la nominación estará abierto y al margen de ganar o perder el partido republicano enfrentará una revolución en sus filas.

 

En el lado demócrata el senador de Vermont, Bernie Sanders, aparece como el hombre de los sindicatos, de los jóvenes y de los grupos que se sienten afectados por la creciente desigualdad económica y responden a la retórica de lucha de clases que esboza Sanders, un autoproclamado socialista de Vermont.

 

Los candidatos del "establecimiento" político, por su parte, parecen opacos y tímidos frente a los planteamientos de sus presuntamente subversivos rivales. De hecho los que hace seis o siete meses parecían abrumadores favoritos hoy abandonaron ya como Jeb Bush o enfrentan una lucha cuesta arriba, como Marco Rubio, entre los republicanos, o la posibilidad de una verdadera competencia y aún derrota en vez de la coronación que esperaban los partidarios de Hillary Rodham Clinton.

 

Pero en Estados Unidos, como en otros países, "el sistema" y sus grupos de poder saben cómo ejercer o hacer sentir su influencia. Baste recordar que Barack Obama, que llegó como un presidente reformista, se vio frustrado paso a paso.

 

Y Obama fue electo en 2008 por una mayoría a la que ninguno de los actuales aspirantes aspira siquiera a acercarse, mucho menos repetir.

 

@OpinionLSR



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