Si hubiera que definir a Donald Trump, habría que hacerlo como un nostálgico.

 

Trump, como muchos de los adherentes que corteja y lo retroalimentan, añora las glorias de unos Estados Unidos que nunca existieron y de un momento en la historia que fue tan breve, que pasó en menos de una década -y no fue el que ellos creen-.

 

Para Trump y algunos, o muchos de sus seguidores, la grandeza estadounidense ocurrió cuando nadie podía detenerlos y nadie discutía sus decisiones internacionales. Para ellos, era cuando los Estados Unidos eran la economía industrial predominante y su economía dominaba los cuatro puntos del globo mientras en lo interno no había problemas ni económicos, ni políticos ni raciales.

 

Es un escenario posible solo en las nostálgicas repeticiones de las series de televisión de los cincuentas o los sesentas ahí en las que "Papa lo Sabe todo", pero "Es Mamá quien manda", en las que caracteres negros, latinos o asiáticos eran pocos y sin consecuencia, siempre sumisos y deseosos de servir.

 

El problema es que ese pasado idílico no existió. Si se piensa en los años veinte y treinta, Estados Unidos veía con desconfianza y hasta un poco de trepidación el surgimiento de Alemania y Japón, se preocupaban de la situación de Gran Bretaña y desconfiaban de la amenaza comunista en la Unión Soviética. Y todos eran contrapesos o limitantes.

 

En los cincuenta, tras la victoria en la Segunda Guerra Mundial, el surgimiento de la URSS como una potencia atómica fue un severo aliciente pero también un fuerte obstáculo para los Estados Unidos.

 

En las décadas subsecuentes, la Guerra Fría absorbió la imaginación y la energía estadounidense. Cuando cayó el Muro de Berlín y se disolvió la Unión Soviética, los Estados Unidos pudieron proclamar victoria pero tenían frente así la República Popular China, la creciente potencia de bloques económicos como la Unión Europea o naciones como Japón, y el surgimiento de potencias regionales que podían y pueden condicionar o limitar sus acciones.

 

Sólo en los noventa, el predominio estadounidense fue incontestado. "El país indispensable", como lo definió la entonces Consejera de Seguridad Nacional y luego Secretaria de Estado Madeleine Albright, o "el gran hegemón", como lo bautizaron los intelectuales franceses.

 

Pero ese momento histórico pasó y los atentados del once de septiembre de 2001 no sólo fueron un golpe a la psique estadounidense sino señal de una nueva era.

 

Que los Estados Unidos, pese a sus miedos y su paranoia, son la mayor potencia del mundo es cierto e incontestable. Pero que su grandeza -una en la que el jugador "gana todo" como en el juego infantil- pueda ser o haya sido algo real está fuera de lugar. Como Trump.



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