Aún no completa Trump sus primeros cien días y ya proliferan los análisis sobre la magnitud de la catástrofe que nos espera. Tres han sido a mi modo de ver los eventos más definitorios de la administración estadounidense durante este mes: la crisis constitucional provocada al prohibir la entrada de ciudadanos de siete países de mayoría musulmana, el enfrentamiento abierto con los medios de comunicación y finalmente el desprecio hacia México, sus gentes y sus gobernantes. Estos tres actos presidenciales hablan claramente de un gobierno que se mueve de forma muy cómoda en el registro populista. Lo que aún no sabemos es si para Trump este populismo es fachada estratégica, alimentada por sus asesores más radicales, o si se trata de una dimensión fundamental del pensamiento del presidente. Si lo primero, podemos esperar un presidente que se va a echar atrás en repetidas ocasiones, siempre que pondere más defender su reputación “comercial” que promover a cualquier precio una agenda disruptiva. Si lo segundo, el riesgo es mucho mayor, porque puede aprovechar una hipotética situación de alta polarización ideológica para realzar el poder blanco y lanzar cazas de brujas contra los inmigrantes latinos y musulmanes a costa del consenso institucional interno y el prestigio externo del país.

 

Pero antes de entrar en materia, quizás debamos dar un rodeo para definir el populismo. Como le sucede a tantos otros conceptos que forman parte del debate público, la definición suele depender del que la utiliza: así, los populistas de unos son los anegados representantes del pueblo para los otros. Recordarán aquel intercambio en el que el presidente Obama le sacó los colores, injustamente diría, a nuestro Peña Nieto, cuando este se lanzó a criticar a los políticos populistas que destruyen lo que tanto trabajo ha costado construir y Obama le respondió que él mismo se consideraba un populista, porque estaba en política para proteger a los ciudadanos con pocos recursos frente a las grandes corporaciones que buscan blindar sus beneficios. Al hablar así, Obama estaba identificando una dimensión relevante del populismo, el discurso nosotros (el pueblo) contra ellos (la casta, la elite, el establishment, el prianismo), pero me parece que se le escaparon otros dos rasgos fundamentales de la estrategia populista: el desprecio institucional (las reglas se acatan en cuanto que sirven pero se pisotean si son vistas como frenos) y la maximización del corto plazo (implementar soluciones aparentemente sencillas y rápidas que acaban generando costes elevados en el medio plazo).

 

La Venezuela de Chávez y Maduro ofrece un ejemplo poco discutible de populismo. Chávez fundó su liderazgo moral sobre el desprecio a las instituciones (participó en un golpe de estado contra el gobierno legítimo de Carlos Andrés Pérez en 1992) y lo alimentó con sus discursos agresivos contra la burguesía venezolana y sus políticas cortoplacistas consistentes en gastarse los excedentes petroleros en prácticas redistributivas políticamente etiquetadas.

 

A diferencia de Obama, y salvando las distancias con el caso venezolano, el trumpopulismo sí parece juntar estos tres rasgos: primero, un nosotros (el pueblo blanco) frente a ellos (las elites multiculturales, las minorías hiperprotegidas, el establishment político); segundo, un desprecio de aquellas instituciones que no doblan la cerviz frente a las políticas del ejecutivo; y tercero, políticas cortoplacistas, como la construcción del muro o el veto contra los musulmanes, que están lejos de resolver los problemas que pretenden atajar. Los tres sucesos más relevantes de la administración Trump este mes se identifican claramente con características populistas. La crisis constitucional provocada por la prohibición de entrada a ciudadanos de siete países de mayoría musulmana demostró el poco aprecio que tiene Trump por los tribunales que no le hacen la ola, además de ofrecer una solución manifiestamente demagógica a un problema muy complejo, como es la seguridad nacional. En segundo lugar, la tensa situación creada por la administración Trump con la prensa es otro rasgo sintomático del trumpopulismo: para el populista, las elites se resisten a perder su poder y utilizan a una prensa prostituida como escudo frente al gobierno del pueblo. Las ruedas de prensa del presidente personifican esa tensión, donde los medios representan al villano que busca engañar a los ciudadanos y poner contra las cuerdas de forma injusta al presidente. Y en tercer lugar, el trato dado por Trump a los representantes mexicanos y a los migrantes de nuestro país vuelve a mostrar las armas del populismo, con ideas majaderas (que México pague por su muro) e indignantes (que el US Army detenga a los bad hombres mexicanos) que están condenadas desde ya al fracaso, pero que gustan en determinados núcleos del voto republicano.

 

Lo que está por ver es si el trumpopulismo es creación de Trump o de sus asesores. Por ahora, la evidencia va en ambas direcciones. Por un lado, Trump parece dispuesto a reincidir en sus medidas contra los inmigrantes musulmanes y mexicanos, a pesar de la resistencia social y judicial que han encontrado. Y sus enfrentamientos con los medios en las ruedas de prensa van camino de convertirse en auténticas luchas libres de las que nadie sale ileso, ni siquiera su prensa amiga.

 

Por otro lado, también hay muestras de que el populismo de Trump es impostado, y que, a pesar de su racismo, lo que más le importa es seguir vendiendo su marca y alimentando su extraordinario ego. En ese sentido cabría interpretar su vagancia a la hora de llenar todas las dependencias de la administración, su desconocimiento supino de muchos temas y datos, su giro de 180 grados con China o su parálisis legislativa (revocar Obamacare ya no parece preocupar tanto al presidente). Incluso los enfrentamientos con la prensa podrían interpretarse a la luz de un personaje que ni está acostumbrado a la crítica ni admite fácilmente en público que cometa errores. Así, amedrentar a la prensa no perseguiría debilitar al mensajero crítico tanto como obligarlo a alabar los milagros trumpianos.

 

Sin duda, todo líder populista se alimenta no sólo del apoyo de los votantes, sino también de su propia pulsión narcisista. En Trump, ambos podrían ir de la mano. Pero queda la esperanza de que el trumpopulismo encuentre su límite allí donde entre en conflicto con la defensa de la marca Trump. Y abrir tantos fuegos a la vez, y enfadar a tantos consumidores al mismo tiempo, podría no ser la mejor estrategia para alguien que aspira a seguir vendiendo crecepelo el resto de su vida.

 

@OpinionLSR

 


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