En Inglaterra, Colombia y Estados Unidos las encuestas fallaron, en el caso de las dos primeras naciones su pronóstico fue totalmente errado en cuanto a los plebiscitos relativos al Brexit (la salida de Inglaterra de la Unión Europea) y el acuerdo de paz con las FARC, respectivamente.

 

En lo relativo a nuestro país vecino si bien Hillary Clinton ganó en el voto popular, las encuestas y analistas no pudieron disentrañar el comportamiento electoral de estados que a la postre fueron ganados por Trump y le dieron los lugares suficientes para ser electo presidente en el colegio electoral, conforme el anacrónico sistema electoral norteamericano. (Por cierto es la segunda ocasión reciente en que los demócratas sacan más votos y pierden el colegio electoral, la otra vez fue con Al Gore frente George W. Bush)

 

En España algunas encuestas señalaron que Podemos podría sobrepasar los votos del PSOE y no ocurrió así. Este mismo año en nuestro país varios encuestadores fueron poco acertados y le otorgaron más gubernaturas al PRI de las que finalmente ganó. No previeron o no quisieron difundir el fuerte voto de castigo para el tricolor que se produjo finalmente. Por ejemplo en Durango y Chihuahua decían que habría una cómoda ventaja para el PRI y acabaron teniendo un triunfo por un margen considerable los candidatos del PAN. En Tamaulipas también el PRI tuvo una contundente derrota, por citar algunos ejemplos.

 

En estos casos ha quedado claro que hay motivos y razones de la gente que los estudios demoscópicos no logran dimensionar al momento de hacer estimaciones de la intención del voto. A veces el electorado oculta su intención, sea porque se niega a contestar la encuesta o dice que votará por una opción distinta a la que finalmente escoge, otras veces se declara indefinido y otras más dice que votará y no acude a las urnas. Tampoco las encuestas logran desentrañar cuántos partidarios de uno u otro candidato habrán de movilizarse para votar o sobredimensionan el voto de un partido   o candidato en detrimento de otro.

 

También algunos analistas magnifican la importancia definitoria de un grupo poblacional en la elección, como el llamado voto latino en la elección de Estados Unidos, y no le dan la relevancia al voto de otros sectores, como la población blanca con bajo nivel educativo que se inclinó por Trump y que fue determinante.

 

Es evidente que hay un voto oculto y que los electores no contestan con veracidad o son recelosos y mantienen la secrecía de su voto y reservan el sentido del mismo hasta el momento de acudir a las casillas.

 

En descargo de los encuestadores y analistas es pertinente señalar que toda elección democrática y competida siempre tiene un buen margen de incertidumbre y que el electorado basa sus decisiones en sus emociones, angustias, enojos y empatías con los candidatos que no se alcanzan a detectar con claridad ni a apreciar su verdadero impacto hasta el día de los comicios. Evidentemente me refiero a los estudios de opinión de encuestadoras serias y no de aquellas que adulteran resultados para que "sus estimaciones" se usen como propaganda.

 

Más allá de los aciertos o desaciertos de las encuestas este año arrojan varias lecciones y mensajes sobre el humor del electorado, sus preocupaciones y sus fobias. De igual manera, hay una tendencia en los países que iniciaron el modelo neoliberal y abanderaron el triunfo del libre mercado, como es el caso de Inglaterra y Estados Unidos, a renegar de la apertura de la apertura comercial y la globalización por su impacto en las economías de sus naciones.

 

Hay un neoproteccionismo que pretende cerrar las puertas a una realidad imparable la movilidad humana, así como al libre comercio. Los votos del Brexit y los de Trump son una reacción al impacto de la globalización en estas dos naciones, cuyos líderes de antes eran los principales promotores de la liberalización económica, y hoy el discurso que ha triunfado es el de la cerrazón y el reproche a la apertura.

 

Al rechazo a las consecuencias de la globalización se ha sumado el cuestionamiento a lo diferente, el ánimo racista y xenófobo que ha centrado sus baterías en las minorías raciales y a las personas provenientes de otros países, como los responsables de las calamidades que sufren sectores de las naciones que votaron la salida de Inglaterra de la Unión Europea y el ascenso de Trump.

 

A partir del 2016 se debe palpar con mayor detenimiento el sentir del electorado y prender las alertas por el resurgimiento de los nuevos fundamentalismos que tienden a fortalecerse. Esto no significa que haya que jubilar a las encuestas o que éstas sean ociosas, son sin duda un elemento indispensable para medir la realidad social, pero no son el oráculo y tampoco son infalibles. Son una herramienta muy importante para el análisis y la toma de decisiones, pero se deben leer con cautela y escepticismo junto con otros instrumentos como los grupos de enfoque. Sin duda, a partir de ahora las encuestas serán vistas con mayor recelo y distancia, ya no como la guía indiscutible del escenario político.

 

@RicardoMeb

@OpinionLSR

 

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