Hace 47 años una masacre sin precedentes en nuestro país derrumbó la mentira del sistema bajo la que vivíamos: La supuesta estabilidad política y social y el acuerdo social con el régimen. Para sostener esta falacia y el rígido orden imperante el gobierno hegemónico priísta estaba dispuesto a hacer lo necesario, lo que fuera, con tal de que ningún grupo actuara en contra del sistema que había logrado imponerse por décadas. Para los representantes del régimen lo más peligroso eran las ideas y ellas eran impulsadas por los estudiantes.

 

Hasta el día de hoy se desconoce la cifra total de estudiantes y personas asesinadas el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco, pero hasta el día de hoy esa huella ha marcado a las generaciones que en esa noche perdieron a algún integrante de su familia bajo el fuego aéreo y terrestre, o quienes supieron que sus familiares fueron tomados por el Ejército para ser cautivos, torturados y desaparecidos. Ese acontecimiento marcó un antes y un después en la historia política del país, quedo claro que el consenso social se había colapsado y que el sistema era severamente condenado por la juventud.

 

Desde entonces, cada 2 de octubre, cientos de personas marchan al grito de ¡2 de octubre, no se olvida!, pero ¿en realidad no se olvida?

 

Es cierto, esa fecha se mantiene en la memoria colectiva pero con cada generación el verdadero significado disminuye, además de que como sociedad permitimos que se olvide cada vez que en las votaciones favorecemos al mismo partido que las cometió y que desde entonces ha hecho que el 2 de octubre no se olvide pero sí se repita.

 

Desde entonces, nuestro país se ha visto bañado en sangre por las decisiones de los gobiernos que han silenciado movimientos de resistencia o que han decidido emprender “guerras” para las que no tenían estrategias ni conocían las consecuencias.

 

No podemos olvidar lo ocurrido en Acteal, Aguas Blancas, Atenco, Tlatlaya, Chalchihuapan o a nivel nacional cuando cientos de mujeres y hombres fueron asesinados en fuegos cruzados entre el Ejército y grupos del crimen organizado en una fallida estrategia contra el narco que tiene consecuencias graves hasta el día de hoy, cuando ese mismo Ejército continúa en las calles haciendo tareas que corresponden a la policía.


Este mismo panorama de violencia es el que ha señalado tanto la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, así como el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes convocado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y la propia CIDH. Estos tres organismos en sus respectivos informes derivados de las investigaciones sobre el caso Ayotzinapa han hecho mención de realidades terribles sobre nuestro país: En México no se respetan los derechos humanos, no hay protocolos de búsqueda inmediata de personas desaparecidas ni un número exacto de las víctimas, la tortura es un elemento presente en las investigaciones policiales y el arraigo continúa siendo un elemento de refuerzo a todas las violaciones antes mencionadas.

 

 

En su visita de cinco días por el país la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) expresó que México vive “una situación extrema de inseguridad y violencia; graves violaciones, en especial desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales y tortura; niveles críticos de impunidad y una atención inadecuada e insuficiente a la víctimas y a familiares”. Este problema estructural de las violaciones graves a los derechos humanos en el país que señala este organismo internacional, el mismo día que se cumplen 47 años de los hechos de Tlatelolco, fue descalificado por el gobierno federal que responde más con cerrazón queriendo tapar el sol con un dedo, que asumiendo un compromiso para terminar con el cáncer de la impunidad.

 

Este año en particular, el 2 de octubre ha sido fuertemente vinculado con las protestas sociales por los hechos cometidos en Ayotzinapa, Guerrero, en los que se desapareció de manera forzada a 43 estudiantes. Tanto las familias de los normalistas como la sociedad civil se unieron en protesta y reforzaron su construcción de resistencia civil el 2 de octubre, recordando los atroces hechos del 68.

 

Sin embargo, por primera vez en 47 años, el día de ayer se logró desarticular esta movilización histórica a manos de un grupo de provocadores que incitaron a la policía federal a actuar, involucrando de manera posterior a las fuerzas del orden capitalinas.

 

Es importante que el 2 de octubre se siga construyendo a sí mismo en la memoria de quienes recordamos esa fecha, pero es aún más importante que sigamos construyendo la memoria colectiva del rechazo a las injusticias que han provenido históricamente del PRI, a fin de que podamos reconquistar el país que tenemos y construyamos el que merecemos.

 



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