Carmen Aristegui llegó al auditorio sonriente y de buen humor. Conversamos muy brevemente; a una broma sobre el clima contestó entre risas que algo malo tenía que tener Chicago. Unos minutos después, Emilio Kourí, director del Centro Katz para Estudios Mexicanos de la Universidad de Chicago, uno de los organizadores del evento, la presentó ante unos 300 asistentes, no sólo alumnos de la universidad, sino hispanoparlantes de toda la ciudad.

 

Debo reconocer que escuchar a Aristegui al micrófono instantáneamente me produjo nostalgia. Por unos momentos recordé el programa que durante un buen tiempo tantos en la Ciudad de México escuchábamos por las mañanas, antes de la obscena censura que siguió al reportaje de la “Casa Blanca”. Dimensioné entonces la importancia de su presencia: Carmen Aristegui es uno de los personajes sin cuya actuación pública no puede entenderse este sexenio en México.

 

La periodista comenzó con un retrato conocido: El grave momento que vive nuestro país en materia de Derechos Humanos. Ayotzinapa, Apatzingán y Tlatlaya como muestras de la barbarie y el ocultamiento sistemático de información. En el último de los casos fue autocrítica, “nos tragamos el boletín de prensa”.

 

Después, Aristegui se refirió a la peligrosa situación que viven muchos comunicadores en México y la incapacidad del Estado para proteger las vidas de quienes ejercen esa profesión; continuó hablando de las condiciones en las que se ejerce el periodismo: El cuantioso gasto discrecional de los gobiernos en comunicación social como elemento de censura y la concentración del espectro radioeléctrico en unos cuantos grupos empresariales.

 

Casi al final de la charla, tocó el tema que todos esperaban: La serie de escándalos comenzados con las revelaciones de la casa del presidente Peña –registrada a nombre de una empresa contratista del gobierno– y, finalmente, su salida del radio. A punto de entrar en materia, sonó fuerte el teléfono de alguien en el auditorio. Aristegui bromeó: “Bueno… Enrique, íbamos a hablar de ti pero mejor ya no”. El público se llenó de risas.  

 

En este punto quedó entonces claro el trayecto que había dibujado Aristegui a lo largo de su presentación: México es un país con graves problemas sociales, en el que hace falta el periodismo y, sin embargo, su ejercicio está sujeto a la aprobación del gobierno y los poderes fácticos.

 

Fue de lo más interesante escuchar de viva voz el relato del litigio que siguió a censura orquestada por MVS. El centro del juicio por supuesto era si el grupo empresarial había ejercido funciones de autoridad por ser concesionaria de un bien público, el espectro radioeléctrico, y por tanto el Poder Judicial podía otorgar la protección del amparo; más importante aún: ¿Debe un particular concesionario tutelar el derecho a la información de la sociedad y, si no, quién debe hacerlo? Ahora conocemos la respuesta del Gobierno mexicano: No hay tal tutela.

 

Carmen Aristegui terminó la charla diciéndose optimista por la reacción de la sociedad ante su caso, una ciudadanía que buscó ejercer sus derechos y acudió a la justicia, aunque ésta siga sin estar a la altura de las delicadas circunstancias que vive México; se le veía además profundamente tranquila, como quien sabe que un mal gobierno tan sólo dura seis años. Por lo pronto, Aristegui dejó en la Universidad de Chicago un importante testimonio: Aún frente al autoritarismo rampante, es posible enfrentarse al poder.

 

@r_velascoa

 



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