Con instituciones débiles llamar a la unidad es inútil: Meyer

El escritor y académico considera que la sociedad mexicana está dividida y el gobierno no cuenta con la solvencia necesaria para encabezar protestas

FRANCISCO NIETO 09/02/2017 10:09 p.m.

Con instituciones débiles llamar a la unidad es inútil: Meyer

Ante la crisis externa que representa la presidencia estadunidense de Donald Trump, el gobierno mexicano se encuentra imposibilitado para llamar a una unidad verdadera, pues la sociedad está dividida y la administración federal no cuenta con la solvencia necesaria para encabezar estas protestas, aseguró el académico y escritor Lorenzo Meyer.


En entrevista con La Silla Rota, el profesor emérito del Colegio de México charló sobre su reciente libro “Distopía Mexicana, perspectivas para una nueva transición”, editado por Debate, en el que cuestiona y reprueba el actuar del gobierno mexicano en las distintas etapas de su historia, pero se centra en los gobiernos panistas y la actual administración federal.


Explicó que su libro es un testimonio de lo que se hizo mal en materia política, económica y social, de política interna y de política externa, “por lo que es el examen de la crisis que ahora tenemos”.

El libro aborda una crisis interna que México ha venido arrastrando a lo largo de décadas, sin embargo, llega a los lectores cuando el país está viviendo otra crisis: la externa ¿Cómo compaginar ambas historias?
Compaginarlo no es nada difícil, es casi obvio. En esta segunda crisis, esa que estamos tratando de asimilar, la que viene de fuera, del norte, es una crisis en la política exterior de México y al proyecto externo de México.
Pero ¿cómo hacerle frente a algo tan serio e inesperado? Como es el hecho que el país central de la América de Norte, el que define quién es y quién no es de la América del Norte, haya dicho de repente: ‘ustedes no son de este club; éste es exclusivo para países dominantemente de origen europeo, de habla inglesa y protestantes, y ustedes no son ninguna de esas cosas, por lo que deben buscar su propio camino’.
Para hacerle frente a todo esto se necesita una muy buena política interna. En otras ocasiones lo he dicho, y no es mía la idea, pero la mejor política externa para México es una buena política interna.
Si nos falla la política interna, estamos pisando un terreno muy débil en el exterior. Si no ocurren cosas inesperadas en el exterior, pondríamos seguir por ese camino, pero que no ocurra algo inesperado porque los cimientos tiemblan y nos damos cuenta que la fuerza interna no existe.


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¿Y cómo hacerle frente?
Repensando y rehaciendo nuestro sistema de poder interno. Si las instituciones no fueran lo que son ahora, si no fueran tan débiles, tan carcomidas, tan debilitadas por la corrupción y por la ineptitud, esas instituciones podrían resistir esta salida del club de los blancos y podríamos –no sin sacrificios, desde luego—buscar el proyecto nación alternativo, fincado en dejar de depender de los Estados Unidos; en no ser un apéndice de su economía, no en ser su gran maquilador, sino algo distinto, pensado en función de México como un país que tiene una unidad política, cultural y económica.

Efectivamente hay crisis, pero sus raíces vienen de mucho tiempo atrás. Nunca hemos roto con el pasado autoritario que nos heredó la revolución mexicana y el PRI.
Ese pasado no ha pasado, sigue siendo presente; distinto, porque hace poco, en 2012, todavía estaba el PAN en Los Pinos, pero no hizo gran diferencia, pues ese PAN que durante dos sexenios tuvo la responsabilidad de dirigir el destino de México, lo hizo de manera irresponsable y adquirió muchos de los vicios del PRI.
Entonces, la transición que se suponía era una ruptura con las formas y la historia política de México del Siglo XX no sucedió. Yo no sé cómo ponerlo, pero el PAN asimiló la esencia del PRI o el PRI asimiló al PAN y lo convirtió en algo muy similar. Entonces, no habido esa ruptura de fondo.

Ahora se ve más esa debilidad interna. Supongamos que hubiera sido Hillary Clinton la triunfadora y que las aguas hubieran discurrido por el mismo canal que el presidente anterior, la crisis interna iría en aumento, pues hay una disminución del nivel  --que de tan bajos, son ridículos-- de la aceptación del presidente (Enrique) Peña Nieto y no tiene nada que ver con el mundo externo, pues es una crisis que viene casi cantada desde hace tiempo.
Si no tuviéramos esa debilidad institucional y sí tuviéramos a Donald Trump, tendríamos la posibilidad de enfrentarlo. No soy experto en la historia de Finlandia, pero deberíamos estudiarlo, porque es un país pequeñito que tiene un vecino enorme, el cual es Rusia, antes URSS, y que en más de un momento ha tenido que enfrentar la agresión del vecino grande, pero ha tenido una estructura sólida interna, mucho más sólida que la nuestra y lo ha enfrentado bien.

Entonces, se puede ser un país relativamente débil, pero enfrentarse a una potencia enorme y tener éxito, pero en México eso es imposible. 

 

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Entonces hay que leer la historia de Finlandia...
Al menos para ver qué si se puede ser pequeño y defender bien el interés nacional, pero si se está tan dividido internamente, pues no se puede llamar a la unidad ¿unidad, en torno a qué?

¿En torno a un Presidente cuestionado, a un grupo en el poder que lo caracteriza su corrupción y su ineptitud? ¿Se puede ser lo suficientemente crédulo como para aceptar que torno a eso nos vamos a unir y eso nos va a fortalecer frente a la amenaza externa?
¿Cuál es la peor amenaza para un mexicano, la externa o la interna? ¿Quién es su peor enemigo, un gobernador ladrón, una policía que no protege, pero que sí roba?

¿Una estructura fiscal que saca lo puede, de dónde puede, sin procurar balancear de tal manera que ponga impuestos altos a los que tienen altos ingresos y los redistribuya para lo que tienen pocos? Pero nada de estos supuestos se da, entonces ¿en torno a qué nos unimos?

 

¿Es falso, ficticio, ese llamado?

El llamado sí existe, pero es un poco inútil, porque están recogiendo lo que sembraron.

 

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¿Y cómo se pasa de instituciones débiles a fuertes y quién es el encargado de hacer eso?
Las instituciones fuertes, en los países que las tienen, son resultado de muchos años, de una evolución y sobre todo de la vigencia del Estado de Derecho y eso significa que la ley realmente rige.
Si hay una institución que se llama Secretaria de Educación Pública, está  realmente educa y produce jóvenes con el conocimiento y las habilidades que requiere la época en la que están saliendo al mercado y al mundo.
¿Cómo se hace una Secretaria de Educación que eduque? Pues se requiere de maestros competentes de un entorno adecuado, con un compromiso de la familia, a la cual se tiene que meter en dicho proceso?

Tarda mucho y requiere de una convicción de quienes lo llevan a cabo. Probablemente, José Vasconcelos --a un siglo de distancia-- lo entendió y lo entendieron un buen número de los maestros de aquel entonces.
Finalmente, no se logró la educación que él quería, pues estuvo muy poco tiempo y a veces se le pasó la mano, pero había el propósito. Existieron las misiones culturales, las campañas de alfabetización, los maestros como apóstoles, pero eso fue cambiando hasta llegar al SNTE y la CNTE. Nuestro problema es que hemos perdido mucho tiempo, pero el que lo hayamos perdido no quiere decir que no podamos hacer algo.

El libro habla del legado de Lázaro Cárdenas y hoy parece que se requiere de un personaje de ese calibre...
Esos personajes no aparecen de momento; se hacen. El general Cárdenas se hizo a través de su experiencia, como joven, en la Revolución y luego como General y eso lo hizo viajar por muchas partes, pero hay algo que yo supongo en buena medida se nace y es la sensibilidad, es decir, el sentido de pertenecer a un país, un patriotismo y empatía, sobre todo a los que están por abajo de uno y tratar de sentirlos y elevar el entorno en el que viven.
El general Cárdenas si tenía empatía con esos mexicanos que eran herederos de una historia muy trágica: la de una colonización dura. Pero después de él, la mayoría de los presidentes –por no decir todos— se han identificado con las élites y han aceptado con un gusto enorme seguir ese patrón histórico de que el poder sirve para explotar.
Y Cárdenas llega en el momento en el que México estaba movilizado por la revolución, movimiento que aún tenía sentido, por lo que se combinaron dos cosas: una sociedad salida de la revolución, con un líder honesto y empatía, y fue ahí donde se produjo el cardenismo.

Llegó el año 2000 y la confianza estaba depositada en Vicente Fox...
Sí y no porque se pareciera a Cárdenas, sino porque la sociedad mexicana parecía más participativa, ya no por la revolución, sino porque se había modernizado, urbanizado, tenía un nivel de educación mayor y había logrado –vía una especie de insurrección en las urnas— deshacerse del PRI.
Y como fue esa la primera elección realmente digna de una buena definición de elección, porque antes no las habíamos tenidos. Ya hablamos de Cárdenas, pero su elección no suficiente democrática, pues lo puso (Plutarco Elías Calle), pero Fox tenía esa legitimidad; lo que no tenía era el compromiso y una buena parte de los que votaron por Fox les gustó creer que iba ser fácil y que realmente cambiando un presidente priísta, por uno panista dicharachero iba sin sacrificios y sin pagar gran cosa, iba ser distinto. 
Pero no, es más complicado y hay poner allí a alguien que vaya a enfrentar a los intereses creados.

 


Llegamos 2017 y ya se conocen algunos aspirantes a la Presidencia. ¿Ve en alguno al personaje que se necesita para fortalecer las instituciones?
Cuando Cárdenas llegó al poder y muy pocos pensaron que tuviera los tamaños. Hay caricaturas de la época muy fuertes, pero sí se enfrentó a las inercias y a los intereses creados.

Hoy, en 2017, realmente no hay más que un candidato que ya está de tiempo atrás y que es Andrés Manuel López Obrador.
¿A quién pondrá el PRI? Aún no se sabe, pero está tan desgastado ese PRI. Es cierto, aún tiene dinero y puede volver a las estrategias de las tarjetas Monex, Soriana y a usar su vieja maquinaria política que está en todos los estados, pueblos y colonias, es decir, usar el dinero para echar mano de una política clientelar.
El PAN, después de dos sexenios fallidos, no agarró a los peces gordos que prometió (Vicente) Fox y la guerra contra el narcotráfico lo que hizo fue incrementar la violencia en el país.

Ahora tenemos a un líder de partido que quiere ser candidato presidencial; a una esposa de un presidente que francamente no tiene salvación histórica y a un ex gobernador de Puebla que tampoco tiene una distinción.
El PRD, fragmentado en extremo, cayó en las mismas prácticas de corrupción y su gran gobierno en la Ciudad de México y me pregunto ¿la gente estará conforme con sus gobernantes y logros?

No hay ahorita más que ese candidato que viene de dos elecciones en las que no ganó, pero que tuvo en su contra a todo el aparato del Estado y a los poderes fácticos más fuertes.
No ganó, pero tampoco lo destruyeron y está en su capacidad de resistir a ese grupo de poderes y viene acompañado por un partido que no ha tenido todavía la responsabilidad del poder y tal vez en este momento es una ventaja, porque no se ha desgastado como las otras oposiciones. 

 

¿Estamos a tiempo para construir esas instituciones?

No, no estamos a tiempo; vamos tarde y tal vez es el drama de México, porque llegamos tarde a mucha cosas o llegó demasiado temprano: se convirtió en Estado nacional cuando no tenía los elementos para serlo y luego perdimos tanto tiempo en el Siglo XIX y nuestro vecino, muy peligroso, no lo perdió y ahora vamos muy tarde para ponernos a tono.

 

Hoy Trump nos dice que el TLC es no es el camino a seguir ¿cómo cambiar ese imaginario?

El punto hoy es recuperar un proyecto que no nos haga depender tanto de Estados Unidos y (para eso) es necesario volver a imaginar un país que no va ser de la América del Norte; geográficamente está ahí, pero culturalmente, económicamente, políticamente, no está.

Hay que pensar como en un tiempo lo pensamos y hasta se llevó a cabo. El México de la década de los 30, 40, 50 y 60 tenía como meta una modernización material, pero en buena medida hacia adentro, aunque tenía un mercado muy raquítico.

Se necesita una economía abierta, pero ya no ligada a los Estados Unidos y muy dirigida la inversión a la reindustrialización de México. Trump no es un personaje exótico, que a veces parece lunático, que ha creado este ambiente, pero él representa a una enorme cantidad de norteamericanos que lo pusieron ahí y que lo están apoyando ahora.

 

¿Cuál es la moraleja que nos deja este libro?

Está pensando en los últimos años del país. Es un testimonio de lo que se hizo mal en materia política, económica y social, de política interna y de política externa.

Es el examen de la crisis que ahora tenemos y de las crisis se tienen que sacar lecciones y ahí sí que cada quien saque la suya… es un diagnóstico. Se pueden curar, pero sólo si hay voluntad, recursos y suerte.

Si hay que resumirlo, es la lucha contra la corrupción; en lo lograr lo que es la esencia de la democracia y el exigir cuentas, y cuando se falla entonces se saca alguien del poder y se le da a otro.

 

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¿Debemos confiar el nuevo Comité de Participación Ciudadana del Sistema Nacional Anticorrupción?

No de gratis, porque ya se dio mucha confianza; seriamos idiotas. Cuando se puso la confianza en el IFE --y el primer IFE estuvo más o menos bien-- los partidos lo capturaron.

¿Esta nueva fórmula no la capturaran? Tienen todos los incentivos para hacerlo. Vamos a esperar. Si lo hacen bien, hay que darles la confianza, apoyemos, pero hay que esperar.


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